Por treinta años los deportistas cubanos han emigrado, justo como emigraron profesionales de todos los campos. Por treinta años, a las autoridades deportivas cubanas les ha convenido tachar de traidores a quienes escogen una vida más allá de la isla y, como traidores, les han intentado borrar de nuestra historia. En ese mismo tiempo, los resultados internacionales de Cuba se han desplomado.

Parapetado tras consignas y frases añejas, el INDER ha trazado una política excluyente en la cual obvia —a conveniencia— su propia actuación y trata de hacer “cuenta nueva” sin asumir responsabilidades con los errores cometidos en su gestión. Si es que el INDER, alguna vez, ha gestionado algo con autonomía.

Hace dos semanas, en el sitio digital Trabajadores.cu fueron publicados tres textos con un eje central: cómo pautar la relación entre el deporte cubano y su ya muy numerosa diáspora. Según este medio, la idea es plantear un debate en torno al tema.

Hablar públicamente de una renovación de las relaciones entre la institucionalidad cubana y nuestros emigrados es un paso de avance para los periódicos oficiales. Uno mayor si este debate busca, realmente, tender puentes imprescindibles y poner a Cuba y su deporte como centro de atención.

Sin embargo, tratar aún a los deportistas cubanos que emigraron como traidores es un síntoma inequívoco de reticencia. Siempre cabe preguntarse quien ha traicionado realmente, si la persona que decide marcharse, o el país que pone cota al desarrollo de sus hijos y no consigue ofrecerles la certeza de un futuro. Iniciar un debate descalificando a los otros es la mejor manera de sabotearlo.

Por ello, centrémonos en los argumentos aportados en los textos y dejemos a un lado la hojarasca política que tanto mal ha hecho a este país.

Si queremos llegar juntos a algún sitio, partamos de nuestros puntos de consenso. Yo, como los autores, creo que los tiempos exigen —lo hacen desde hace una década— una renovación total de las relaciones entre el INDER y los deportistas cubanos que viven y compiten fuera de Cuba; pero creo, además, que tal renovación no puede basarse en una posición de fuerza por parte de las autoridades cubanas, especialmente, porque esa posición de fuerza no existe.

Tratar de pautar las relaciones con la diáspora deportiva cubana teniendo en cuenta solo las aspiraciones del INDER es jugar a la encerrona; es, cuando menos, adoptar la postura de quien desea dialogar mientras empuña un garrote.

Alexei Ramírez es uno de los tantos jugadores cubanos que se marchó legalmente del país. ¿Le exigiremos que juegue la Serie Nacional?. FOTO: Hansel Leyva.

Alexei Ramírez es uno de los tantos jugadores cubanos que se marchó legalmente del país. ¿Le exigiremos que juegue la Serie Nacional?. FOTO: Hansel Leyva.

Según los textos publicados, para que nuestros atletas sean llamados nuevamente a las selecciones nacionales es necesario que cumplan con dos requisitos fundamentales: no haber abandonado delegaciones oficiales en el exterior y cumplir con “el régimen de participación establecido” en el “sistema de competencias en el país, dígase específicamente eventos locales”.

El abandono de las delegaciones oficiales en el extranjero es un tema delicado. Si bien es cierto que constituye una violación extrema de la ética profesional, este fenómeno no podría ser entendido sin recordar las numerosas trabas migratorias que el Estado cubano ponía a sus ciudadanos hasta hace un lustro. Para muchos jugadores, una salida al exterior fue, por décadas, la única oportunidad viable de comenzar una vida fuera de Cuba.

Aún así, análisis puntuales de cada caso serían necesarios. No estarían en el mismo nivel quien decidió probar suerte una vez concluida su participación en el evento al que acudió, y quien desbarató la dinámica de un equipo con su ausencia en medio de un torneo. En el segundo caso, es comprensible que no se incluyan nuevamente en las convocatorias; no porque traicionaran a la Patria y a los ideales del Socialismo, sino porque traicionaron, en primer término, a su equipo.

Sin embargo, cada vez son menos los deportistas en esta situación. Las políticas migratorias implementadas por Cuba desde 2012 hacen que no sea necesario esperar por un evento deportivo para salir de la isla y, en consonancia con ello, la migración de atletas en ese tiempo ha tomado los caminos de la legalidad.

Veamos entonces lo que se me antoja la mayor traba y tozudez planteada por el INDER: la obligación de jugar en Cuba.

Restringir la participación en los equipos nacionales a la absurda perreta de querer que los atletas compitan en nuestros deslucidos certámenes domésticos es, por las claras, una muestra del nulo espíritu de diálogo del INDER.

Pero es, sobre todo, un absurdo por dos cosas: primero, porque Cuba apenas tiene tres eventos medianamente serios, la Serie Nacional de Béisbol, la Liga Superior de Baloncesto y el Campeonato Nacional de Fútbol; y segundo, porque en poco o nada aportarían esas competencias al desarrollo de atletas que ya participan en ligas más competitivas.

Más que beneficiar al jugador, conociendo el estado de las instalaciones deportivas cubanas, se le expone a una lesión innecesaria. Además, no se cuenta con el desgaste físico del atleta, ni se respetan los tiempos de descanso necesarios. Fuera de ser un pataleo desesperado por recuperar el brillo que alguna vez tuvieron los torneos domésticos, esta exigencia —llevada al extremo— será un escollo si se quiere llegar a un acuerdo satisfactorio.

En 2016, tras concluir la Serie del Caribe, Yulieski Gurriel abandonó la delegación cubana. ¿Nunca más contaremos con sus servicios en el equipo Cuba?. FOTO: Pedro Enrique Rodríguez Uz.

En 2016, tras concluir la Serie del Caribe, Yulieski Gurriel abandonó la delegación cubana. ¿Nunca más contaremos con sus servicios en el equipo Cuba?. FOTO: Pedro Enrique Rodríguez Uz.

Pensemos en hechos concretos. Ningún país del mundo, en medio de un contexto tan competitivo, se da el lujo de renunciar a sus mejores atletas solo porque no compitan en casa. José Altuve no participa en la Liga Venezolana de Béisbol, Yu Darvish no lanza en Japón, Lionel Messi no chuta la bola en la Primera División de Argentina, ni los hermanos Gasol juegan ya en la Liga Endesa; pero todos ellos son convocados puntualmente con sus selecciones nacionales.

Por qué tiene que ser diferente para Robertlandy Simón, José Dariel Abreu, Wilfredo León, Yoandy Leal, Yoennis Céspedes, José Iglesias, Raifer Turiño, Marvin Cairo, Alexander Guerrero y otros tantos jugadores que buscaron otros horizontes sin esperar por las (lentas) vías institucionales.

¿Qué nos hace creernos tan especiales como para poder prescindir de nuestros mejores exponentes deportivos? Seguramente no son los resultados obtenidos en los últimos diez años.

Por si fuera poco, la excusa de jugar en Cuba se desmonta fácilmente. Javier Justiz fue elegido en junio de este 2017 como el mejor pívot de la Liga Argentina de Baloncesto, pero no participó en la Liga Superior cubana. Sin embargo, Justiz ha alineado como regular por Cuba en las recientes clasificatorias mundialistas de basket. Además, desde que en 2015 el balonmanistas Yoan Balázquez fuera contratado en las ligas de Portugal y España, no ha vuelto a jugar en la primera categoría cubana, pero Balázquez vistió el uniforme nacional en los Panamericanos de Toronto 2015 y seguramente estará presente en los Centroamericanos de Barranquilla 2018.

La vara, si se quiere ser justo, ha de ser la misma para medir a todos. No hacerlo denota, claramente, la doble moral de un discurso que no busca soluciones.

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