Una vez más un equipo cubano de béisbol sale por la puerta estrecha en un evento internacional: ya no estaremos en el mundial de la categoría sub 23. Una vez más hemos sido derrotados y pisoteados por cualquiera, masticados y escupidos en el terreno de juego.

Una vez más se pierde la oportunidad de levantar la moral histórica del piso arcilloso y con piedras donde duerme hace años. Otra vez, de nuevo, hemos quedado en ridículo.

Más allá de los aficionados, los cubanos todos estamos asqueados de golpes, de poner la otra mejilla a cuanto equipo aparece con bates en las manos, a cuanto grupillo uniformado nos convoca y nos emplaza en un diamante de béisbol.

La historia es corta y avergüenza: Cuba llegó al Panamericano Sub 23 como el equipo mejor rankeado del evento y se fue en sexto lugar, sin cupo mundialista y sin poder ganar ninguno de sus cinco compromisos en la ronda final ante México, Venezuela, Panamá, Puerto Rico y República Dominicana.

Otra vez lo mismo, el mismo ciclo que empalaga: convocatoria, expectativa, preselección, entrenamiento, expectativa, equipo, expectativa, optimismo desmedido, discursos, arengas, más expectativas, abanderamiento, patria o muerte, competencia y… decepción. Otra vez, y estas repeticiones hacen daño.

Una vez más vemos peloteros desorientados que ríen después de las derrotas y que solo buscan resultados individuales, que les suena vacía la palabra Cuba y que no entienden de compromisos ni de vergüenzas patrióticas. Una vez más toca soportar directores que no se han ganado los grados en el campo de batalla, con hojas de servicios en blanco y libros polvorientos bajo el brazo. Hemos vuelto a ver el toque de bola, la base por bolas intencional, la falta de estudio, el aburrimiento por los números y la ignorancia. Hemos apostado por los nombres y no por los resultados.

Aunque llegó como el equipo mejor ubicado del ránking mundial, Cuba terminó por ser una gran decepción. Foto: WBSC.

Aunque llegó como el equipo mejor ubicado del ránking mundial entre los participantes, Cuba terminó por ser una gran decepción. Foto: WBSC.

Ahora, por supuesto, seguirán los dedos acusadores señalando a Higinios y a Heribertos, a Aragones y a cobardes. Otra vez llegarán las justificaciones estúpidas y la ausencia de culpables, una vez más la basura en el béisbol cubano irá a parar debajo de la alfombra. Seguiremos dudando de sistemas sociales y deportivos, con los bolsillos vacíos y las añoranzas llenas, suplicando patrocinios salvadores y con el agua al cuello. Otra vez, seguramente, asistiremos a la misma película.

Mientras tengamos chivos expiatorios en quienes descargar nuestro descontento y no miremos allí, en la verdadera matriz del problema, cargaremos con la cruz de las derrotas, nos tocará seguir viendo el desastre en el que se ha convertido lo que años atrás fue la pasión de un país.

Todo se mantendrá igual, no pasa nada. Las glorias deportivas seguirán durmiendo en oscuros rincones, el salón de la fama continuará siendo un chiste de mal gusto, los estadios mantendrán nombres de héroes ajenos a las bolas y los strikes, las escuelas de iniciación deportiva (EIDE) seguirán siendo ruinas que se mantienen sobre los pilotes de la esperanza eterna, las categorías infantiles respirarán por obra y gracia del espíritu santo (y de los padres), y nuestros mejores entrenadores seguirán regados por el mundo. Todo igual, como una foto antigua perpetuada en un álbum amarillento.

Todo sigue en el mismo lugar, ¨los de origen cubano¨ que juegan en las Grandes Ligas continúan esperando un espacio en la prensa oficialista. Por desgracia sus nombres siguen siendo peste contagiosa —y peligrosa— en periódicos y revistas, sus números parecen invisibles para ojos serviles y obedientes. Nada cambia y nuestro deporte nacional se pierde, lo dejamos ir, mientras nuestra identidad se tiñe de colores exóticos sin que nadie haga nada.

Otra vez escribo un artículo desesperado, solo eso. Yo tampoco hago nada. Nadie lo hace. Mañana a trabajar o a tomar ron, a ver el fútbol y a ondear banderas azul grana o de color merengue sin nada que perder.

Una vez más vemos peloteros desorientados que ríen después de las derrotas y que solo buscan resultados individuales. Foto: WBSC.

Una vez más vemos peloteros desorientados que ríen después de las derrotas y que solo buscan resultados individuales. Foto: WBSC.

Mañana, luego de la frustración, regresamos a lo mismo: a refugiarnos en el torneo doméstico, a tirar piedras contra ciertos directores y a gritar por leones y cocodrilos, por leñadores o por alazanes. Otra vez volveremos a olvidar y nos asombraremos con los veteranos que batean sobre .400 o con los párvulos que blanquean a equipos históricos; a encerrarnos en un bunker a soñar con bloqueos que se rompen o con milagros extraterrestres; y a nuestra letanía de que somos una potencia beisbolera para —a fuerza de repetirlo— ver si nos lo creemos.

No estaremos en el Mundial categoría sub 23. Pero, ¿a quién le importa? Aquí no ha pasado nada. Ya vienen los play-off, la Serie del Caribe, otra vez el ciclo que empalaga y que se alimenta de nuestra amnesia transitoria. Nos vemos en el terreno.