Rolando Macías Rodríguez sentó un precedente en nuestras Series Nacionales. Este extraordinario lanzador de los equipos de la región de Las Villas marcó una época en conjunto con José Antonio Huelga, Modesto Verdura, Aquino Abreu y otros integrantes de un gran staff de picheo que poseían los desaparecidos Azucareros.

Macías fue dueño de un gran repertorio que, aderezado con una buena velocidad en sus envíos y una fortaleza mental indiscutible, lo llevaron a eslabonar la increíble racha de 21 victorias consecutivas en la Serie Nacional 1968 – 69, récord absoluto para el béisbol cubano y que cada día luce más irrompible. 

También tuvo la cualidad de saber simultanear por un tiempo su labor monticular con la música. De ahí viene el sobrenombre que lo inmortalizó ante la afición, «El músico de San Fernando de Camarones», y que hace alusión también a su terruño natal en la actual provincia de Cienfuegos.

Con sus 79 años recién cumplidos, Macías accedió a compartir con nuestros lectores algunas interioridades de su vida personal y deportiva, además de opiniones acerca del estado actual de nuestra pasión nacional.

¿Cómo fueron sus inicios en el béisbol?

Mi familia se trasladó para La Habana cuando yo era muy pequeño aún y nos asentamos en la localidad de Lawton. Comencé a jugar béisbol y siempre me destaqué mucho, tanto así que me seleccionaron para los famosos Criollitos. Imagínate si era fuerte el equipo que entre mis compañeros estaban Rigoberto «Chico» Fuentes, quien años más tarde hizo carrera con los Bravos de la MLB y también Luis Zayas que destacó en la pelota profesional cubana. Al principio yo jugaba center field y un día me trajeron de relevo porque el niño que estaba picheando estaba descontrolado y empecé a tirar duro para home e impresioné a todos los entrenadores presentes. A partir de ese momento me quedé como lanzador para siempre.

Cuando terminé mi 12 grado, me localizaron enseguida los scouts. Al lado de mi casa vivía Vicente Amor, quien era profesional y después jugó en la MLB. Entre él y Carlos Paula me llevaron a realizar las pruebas en la Academia de los Cuban´s Sugar Kings y fui aceptado.

Varios me valoraron bien, como René Friol que me decía que tenía mucho en la bola. Pero no le caía en gracia a Napoleón Reyes y no sé qué me pasó por la cabeza que decidí abandonar la Academia. Me fui de La Habana rumbo a mi natal Cienfuegos y allí empecé a trabajar y jugar en el Central Constancia.

Una de las peculiaridades de su historia es que fungió por varios años como músico profesional. Descríbanos esta etapa de su vida

Durante mi adolescencia en La Habana siempre me iba en las vacaciones para mi pueblo de San Fernando de Camarones. La región de Las Villas era prolífica en cuanto a la música y yo empecé a recibir clases mientras estaba allí.

Primero empecé con el saxofón, pero me duró muy poco porque en realidad no era lo mío. Enseguida cogí un par de baquetas y comencé a practicar con ellas, me convertí en baterista. Toqué con la mejor orquesta que había en toda la región que se llamaba Melodía Antillana, con un gran formato de 45 músicos. En esa época hice tres evaluaciones como músico y llegué a ostentar la categoría «B».

Esta etapa duró hasta el año 1965, cuando Domingo Perdomo me citó a La Habana para decirme que tenía que decidir si era músico o pelotero. Para mí el béisbol era lo más grande, así que decidí quedarme en él y no me arrepiento en lo absoluto.

Como dato curioso, una de mis hijas lo hizo a la inversa, empezó como atleta de Tiro con Arco y terminó como pianista con una gran carrera en la música.

Coméntenos acerca de su paso por la Liga Azucarera y otras Ligas Amateur. ¿Cómo funcionaban estas?

La Liga Azucarera era muy fuerte, se pagaba muy bien a los atletas, tanto así que varios se trasladaban de un territorio a otro para jugar. Se jugaba solo los fines de semana. La región de Cienfuegos, que era donde yo jugaba, no era tan fuerte como otras, solo tenía par de equipos duros de verdad. Yo empecé con el Central Constancia y después pasé al Central Espartaco de San Fernando de Camarones. Allí pude ser campeón nacional de esa liga y ganarle un juego al estelar Modesto Verdura en la cuadrangular final.

En esa época jugué en la liga de Pedro Betancourt y ese sí era mucho más fuerte, tenía categoría semipro. Pero también pude jugar en otras que eran más fuertes aun, la Liga de los Mulos de Ñícaro o Liga Popular como también se le llamaba.

También jugué en la Liga Henequenera, que era bien fuerte y participaban varias regiones del occidente del país. Esta pertenecía a la cooperativa henequenera Ramón del Sol. Ellos para tener equipos competitivos te pagaban bien y te falsificaban (documentos). Por ejemplo, yo jugaba bajo el nombre de Rafael Martínez y era ayudante de mecánico supuestamente. Los días en que había juego me embarraba de grasa, porque los equipos contrarios desconfiaban y te hacían preguntas sobre cuántos mazos de henequén cortabas en un día y yo estaba preparado para responder. Pero como te dije anteriormente, la paga era muy buena y te daban otras facilidades como la posibilidad de llevar dos invitados a un hotel que había en el mismo Juraguá, que era mi equipo.

Rolando Macías lanzador cubano
Rolando Macías. Foto: Hansel Leyva.

Demoró un poco en consolidarse dentro de la Serie Nacional. ¿A qué se debió esto?

No participo en la primera Serie Nacional porque en la regional tuve una discusión con un árbitro y fui suspendido por un año. No nos fuimos a las manos ni nada, pero la pelota en aquel entonces era distinta y solo por discutir me sancionaron.

Ya en la segunda Serie Nacional no me dieron mucha oportunidad de lanzar, a pesar de que Gilberto Torres opinaba que yo era el que más potencial tenía en el equipo, solo por detrás de Modesto Verdura. En la tercera me dejaron fuera del equipo simplemente por haber discutido con el director Pedro Carrillo, a pesar de que había sido el champion pícher de la regional oriental y voy con Orientales bajo Roberto Ledo, que tampoco me dio la oportunidad de pichear.

Ya en el cuarto año voy con Centrales y es cuando Asdrúbal Baró me da finalmente la oportunidad. Él me puso a inaugurar el estadio Augusto César Sandino de Santa Clara, ese día tuve mucho éxito y le pude ganar el juego a los Industriales. A partir de ahí las cosas se empezaron a dar y al año siguiente empezó a dirigir el equipo «Natilla» Jiménez y pude consolidarme bien.

Todos sus contemporáneos cuentan que usted poseía un gran repertorio de lanzamientos, además de su buena velocidad. ¿Cómo fue que desarrolló esa variedad?

Yo siempre fui seguidor de un lanzador que tenía el Almendares que se llamaba Orlando Peña y me fijaba mucho en sus movimientos. También en Lawton tenía como referente a Vicente Amor que se ponía a lanzar con Carlos Paula en un placer que estaba cerca de mí casa. Yo trataba de observarlos y recepcionar todo lo que pudiera. Recuerdo con cariño como ambos me decían «…Qué duro tira ese negrito…». Por mi parte, yo no perdía tiempo, siempre trataba de captar todo lo que me enseñaban.

Ya en la Serie Nacional cuando fui dirigido por «Natilla» Jiménez, llegó Pedrito Pérez al equipo y me empezó a enseñar. Así incorporé lanzamientos como el screwball y la sinker que me ayudaron mucho en mi carrera, sumados a mi buena recta y una slider que controlaba muy bien. Hoy me pongo a ver cómo cantan nuestros árbitros con relación a mi época y te aseguro que no perdía un juego de pelota.

¿Cuáles son las principales diferencias que ha podido observar en la actualidad con respecto a los métodos de entrenamiento que se usan en relación con los que se implementaban en su época?

Lo primero que te voy a decir es que en mi época el lanzador tenía que lanzar, todos los días tenías que tirar al menos sesenta lanzamientos y no tirarlos por gusto como he visto hoy. El calentamiento lo hacíamos pícher con pícher, siempre teníamos que hacer los movimientos correspondientes a nuestra posición. Hoy en día un lanzador calienta lo mismo con un jardinero que con un jugador de cuadro.

Otra cosa es que un lanzador que no trabaje en fortalecer su brazo no llega a ser nadie. Por eso me pregunto, esa «toallita» que se ve en los entrenamientos de hoy, ¿qué significa? Porque eso no fortalece ni hace nada. Me han dicho que es para ver dónde vas a lanzar, pero eso no tiene sentido ninguno. Ese ejercicio en mi época lo hacíamos con dumbbells de cinco libras, para fortalecer y ganar en movilidad en la muñeca, muy útil a la hora de incorporar nuevos picheos a tu repertorio.

Por usar métodos como estos, es que les duele el brazo a los pícheres, no son capaces de tirar 140 lanzamientos como nosotros, por eso es que no tienen control sobre sus envíos, porque no tienen fuerza, ni lanzan todos los días.

Todos conocemos su impresionante récord de 21 victorias de manera consecutiva. ¿Qué lo llevó a lograrlo?

Fueron varios los factores que se unieron para poder eslabonar esa racha. Yo me sentía muy bien físicamente, estaba en la flor de mi rendimiento, apoyado también en el hecho de que entrenaba muchísimo. Por lo general, me tenía que quedar en el estadio porque me era muy difícil regresar a San Fernando de Camarones. Eso lo aprovechaba al máximo con los entrenamientos, me levantaba a las 4 a. m.a correr.

También la mentalidad era sumamente importante, cada vez que subía al box estaba convencido de que iba a derrotar al equipo contrario. También estudiaba mucho a los contrarios a pesar de que ya los conocía a casi todos, nunca me confiaba y Pedrito Pérez me ayudaba mucho a realizar esto. Por ejemplo, si estaba enfrentando a Industriales, él me decía cuando terminaba una entrada y llegaba al banco, «… la próxima te toca Osorio, Germán Águila y Marquetti…» y ahí empezaba a recordarme las principales características que poseía cada uno y cómo debía de enfrentarlos. Así era el béisbol de antes y por eso fue que pude lograr el récord.

Rolando Macías como jugador.

Descríbanos el día en que la racha terminó

Yo me lesioné el brazo y el mánager Servio Borges me mandó para La Habana a recuperarme. Pero yo lo engañé y le dije que ya me habían dado el alta médica porque estaba impaciente por regresar y este me puso a lanzar contra Las Villas.

Estuve bien hasta la sexta entrada, pero en ese momento ya me había empezado a doler bastante el brazo y aflojé un poco. Trajeron un relevista y yo había dejado un corredor en primera base. Edgar Domínguez conectó triple y Las Villas se fue arriba en el marcador. No pudimos recuperarnos más en el partido y perdí ese juego.

Fue lamentable, porque después de ese partido conseguí 6 victorias más de manera consecutiva. Te repito, yo estaba en unas condiciones con las que hubiera podido extender un poco más esa marca.

¿Cómo eran las condiciones de vida de los jugadores en su época?

Eran muy malas, sin lugar a dudas. Nosotros no teníamos condiciones para transportarnos de una provincia a otra, viajábamos en guaguas Leyla que solo alcanzaban los 50 Km/h y eso significaba que eran 14 horas desde el estadio Sandino hasta Guantánamo. Nos daban un pequeño almuerzo en Camagüey y solo nos daban 1 peso de dieta. La alimentación era otra cuestión complicada, por ejemplo, yo nunca fui capaz de descubrir qué tipo de carne era la que nos daban en Pinar del Río.

Las literas donde dormíamos eran muy incómodas, hechas con unos barrotes de cabilla corrugada. El mismo juego de sábanas que te daban en febrero lo tenías en agosto. Yo soy asmático y no podía usar colchas, por eso nos tenían que dar tres sábanas bien planchadas cada vez que dormíamos ahí. Además, seguramente has escuchado que nos quedábamos en los estadios y los mosquitos nos obligaban a sacar el colchón para las gradas altas. Los únicos estadios donde se podía dormir bien eran el Latinoamericano de La Habana y el Guillermón Moncada de Santiago, porque los colchones tenían más calidad y las literas estaban mejor hechas.

Sin embargo, a pesar de todo esto cada día me siento más orgulloso de haber sido pelotero y de haber logrado representar a mi país.

¿Considera que se fue injusto con usted a la hora de realizar el equipo Cuba?

Creo que yo podía haber sido seleccionado muchas veces más para integrar el equipo Cuba, por mi capacidad física, mis resultados y mi trayectoria como revolucionario.

No podemos olvidar que en aquella época éramos solamente seis lanzadores los que íbamos al equipo y había una calidad extrema en la Serie Nacional. Por ejemplo, en mi equipo estábamos yo, José Antonio Huelga y Gaspar Legón, entre los tres ganamos 42 juegos en una temporada, sin embargo, nunca coincidimos los tres en el Cuba.

No obstante, considero que sí se fue injusto conmigo en diversas ocasiones. Un ejemplo claro fue cuando en la «Serie de los diez millones» quedé como Champion Pícher y me llevaron a la preselección. Allí lance 12 entradas en par de juegos sin permitir carreras. Pero después no me pusieron más a lanzar y no me llevaron a los Juegos Centroamericanos de Panamá. La excusa que me dieron fue que no iba porque los Centroamericanos eran de menor nivel que los Panamericanos y, por tanto, querían probar figuras nuevas. Lo peor de todo es que no podías discutir nada y yo sentía tremenda impotencia de no poder representar a mi país, a pesar de que me lo merecía por mi rendimiento.

¿Su mayor decepción?

El Campeonato Mundial de La Habana en 1971, porque yo creo que lo que sucedió en ese momento fue el causante de mi salida del equipo Cuba.

En los dos primeros partidos del evento no me ponen a lanzar y yo estaba preparado para salir al box en cualquier momento. Pero da la casualidad de que nace mi hija mayor y no me dan permiso para ir a verla.

Cuando llegamos a Santa Clara, Servio Borges me dijo que me iban a poner un carro para ir a ver a la niña, que me estuviera atento para hacer el viaje. Yo no dormí en toda la noche esperando y nunca llegó dicho carro. A las 8: 30 am, apareció Servio y me dijo que el chofer le iba a llevar unas cosas a mi esposa, pero que no me iba a llevar porque yo iba a lanzar esa noche contra Panamá. Como es lógico, después de la mala noche, exploté en la tercera entrada, ya que no había dormido y tuve que soportar el disgusto de todos.

Cuando terminó el partido, Servio me dijo que me iban a llevar a ver a la niña, pero que al día siguiente tenía que irme para La Habana por mis medios porque solo nos tenía a mí y a José A. Huelga para enfrentar a Puerto Rico. Mi disgusto fue tal que le dije, lleno de rabia, que no importaba: si ya me habían obligado a esperar tantos días iría cuando terminara el torneo.

En resumen, tuve que espera 24 días para poder conocer a mi hija y mi relación con Servio a partir de ahí fue solo problemas. No me llevaba a los equipos Cuba porque no le daba la gana.

Varios aficionados de la época refieren que la segmentación del picheo de la región de Las Villas fue un grave error de las autoridades de la época. ¿Cuál es su opinión al respecto?

Sin dudas fue un disparate, nosotros teníamos un staff sólido que era prácticamente un equipo Cuba. Precisamente, ese fue el argumento de los directivos de la época, que se debían balancear los equipos de la región y nos separaron, cuando años más tarde vimos equipos como Henequeneros e Industriales que lo hicieron y no hubo ningún problema.

A mí me sacaron de Azucareros y me mandaron para Las Villas con entrenadores distintos y un nivel de exigencia menor que al que estaba acostumbrado como atleta. De hecho, mis últimas temporadas fueron con los Arroceros y Cienfuegos, equipos poco competitivos y esto afectó en demasía mis números. En lo personal, creo que esta injusticia fue una falta de respeto al béisbol cubano.

Rolando Macías pelota cubana
Rolando Macías. Foto: Hansel Leyva.

¿Cómo llegó la decisión del retiro?

Una de las razones, la que prácticamente me obliga a dejar de jugar, fue que con la nueva división política administrativa me llevan para Cienfuegos como jugador, pero también me ponen como entrenador. Era muy agotador estar al tanto de los demás y trabajar en tu entrenamiento personal y siempre terminas priorizando a los otros jugadores.

Por otra parte, ya estaba viejo, tenía 37 años y no era nadie. Estando en el equipo Cuba ganaba 98 pesos como operario. Era soldador y no me daban la posibilidad de hacer la prueba para poder ganar más. Entonces llega el sistema de licenciaturas y decido irme a estudiar. No obstante, en el segundo año de la carrera me dicen que el que tenga más de 40 años no puede seguir estudiando y por tanto, afectó a muchos de mis contemporáneos que habían tomado la misma decisión que yo de hacerse licenciados en Cultura Física.

Algunos años más tarde bajó del Ministerio de Educación una orden que eliminaba por completo el límite de edad para poder estudiar. Pero ya era tarde y no valía la pena.

Después de su retiro fungió por varios años como entrenador de las categorías inferiores en Cienfuegos. ¿Qué le gustaría que se mejorara en la base de nuestro béisbol?

Algo que siempre me ha molestado mucho y veo que casi nadie habla de eso, es que no premian la labor de los entrenadores en la base a la hora de dirigir los equipos en los distintos niveles.

Por ejemplo, si eres entrenador y llevas varios años teniendo resultados a nivel nacional en la categoría sub-15 casi nunca podrás aspirar a dirigir el equipo Cuba de esta. Simplemente, traen a alguien de la Serie Nacional que no conoce ni ha visto a ninguno de los muchachos y lo ponen a dirigir.

Así funciona en casi todas las categorías y niveles del béisbol, algo muy desafortunado porque quita mucha motivación a la hora de trabajar y alcanzar resultados.

Un reclamo de muchos periodistas y aficionados es que se cuente más con atletas experimentados como usted para trabajar y asesorar en nuestro béisbol actual. ¿Estaría dispuesto a trabajar si se le llama?

Una de las primeras cosas que hice cuando me mudé para La Habana fue presentarme en las Oficinas del INDER para declarar mi total disposición para colaborar en lo que ellos entendieran.

Me gustaría mucho que me llamaran para poder aconsejar a los muchachos jóvenes que nos necesitan bastante, porque están llenos de errores y yo pudiera ayudarlos a mejorar su repertorio, su manera de pensar cuando lanzan, sus movimientos técnicos.

Pero no solo yo puedo ayudar, pues en Cuba contamos con una gran cantidad de veteranos y casi ni se les menciona. Por ejemplo, ahí tenemos Ihosvanny Gallegos, que lanzaba un «tenedor» tremendo y nadie lo invita a nada.

¿Es un hombre feliz?

Yo no me arrepiento de nada de lo que he hecho nunca. Mi conciencia está tranquila porque lo di todo en el terreno por mí equipo y por mí país. Como entrenador en Cienfuegos traté de formar lo mejor que pude a todos mis muchachos y ahí están los resultados, en Adiel Palma, Iday Abreu o Norberto González, por solo mencionar algunos.

Hoy vivo tranquilo con mi esposa y nuestra familia, recibo el amor de la afición que no me olvida. La verdad es que no tengo mucho de que quejarme.

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