Ya es algo oscuro, son cerca de las 8 de la noche, pero gracias a la luminosidad que emite el foco de la entrada puedo distinguir sin problemas sus facciones juveniles, las caras medio agotadas, brillosas por el sudor pero destellando esa energía que parece no acabarse a los 15 años.

“¿Ustedes practican fútbol aquí?”

“Sí, allá en el Fajardo”, responde Yoan, un chico rubio de mediana estatura, con el cabello ensortijado, quizás a lo Pavel Nedved.

Entre dos cargan un saco con balones, mientras se retiran. En sus caras solo se ven las ansias de que llegue el nuevo día, nuevamente, para empezar a correr tras la pelota.

Con sigilo nos acercamos más hasta ponernos debajo de la luz: “Aquí en la Ciudad Deportiva jugamos también, pero organizamos el proyecto y estamos más tiempo allá en el Fajardo, se entrena mejor”, dice Richard, un morenito de unos 13 años

Muchas veces con recursos propios, sin apoyo institucional; gestionando los implementos por su cuenta: así vive el fútbol cubano su particular competencia por sobrevivir y desarrollarse desde la base, para sustentar la pirámide, y buscar el éxito de una selección menguada.

Pero detrás también hay una variable importante: el impacto del balompié en la sociedad. Además del aspecto deportivo, ese proyecto en el Fajardo, y otros, son conocidos por sus dimensiones sociales, por el rescate de jóvenes promesas inmersas, muchas veces, en ambientes marginales.

Foto: Alexander García

Un día en la base del fútbol cubano

Hoy es otro día, es más temprano, sobre las cinco de la tarde; estamos en diciembre y el 2019 toca fondo. Y no hay barreras temporales, y es como una epidemia la pasión futbolera que se vive en toda Cuba.

Son rostros juveniles, la mayoría juveniles, algo magros, de mirada medio perdida, con camisetas viejas y nuevas del Real Madrid, del PSG. La gran mayoría son de Cristiano Ronaldo, unas gastadas de su estancia con los merengues, otras mejores, ya algunas de la Juve.

A veces todo se circunscribe a eso: camisetas, cosas nuevas y viejas, pero veo chutar un balón y entra un chico bien flaco a rematar en el segundo palo. “¡Golazooo!”, gritan todos al costado de la pista. Es la Ciudad Deportiva y cuatro pedazos de madera gastada hacen de porterías y ponen a tiritar de emoción a cientos de chicos.

“Esto aquí es así, se vive a full todo el tiempo, los chiquillos llegan desde temprano, sobre las 4 y 30 o 5 pm: entonces rompemos hasta que oscurece”, afirma Javier, un muchacho de 16 años que dice estar de lunes a viernes en los trajines del fútbol.

Ahora corre el tiempo, avanzan las principales ligas en el viejo continente; todo es realidad otra vez. El Madrid y el Barca son algunos de los temas de conversación para muchas de las liguillas que se juegan en la capital cubana.

Veo un rostro de quizás 13 o 14 años, pelo largo, recogido, con un moño, con mirada fija. “¡Pásala Milko, coñoo!”: le gritan desde un lateral. Pocos piensan en béisbol o en básquet, la diferencia es abrumadora: el fútbol se lo traga todo.

Sacando chicos de la marginalidad

Se llama Rafael y es entrenador de fútbol de las categorías 14-15 y 15-16 en el municipio Cerro: “A estos niños los saco de la calle, del barrio”, dice señalando a los chicos que juegan en el terreno ubicado en el centro de la pista de la Ciudad Deportiva. “¡Marca Yoandy, pégatele!”, le grita a un muchacho bastante alto para su edad que cumple funciones de defensa central.

Jugar fútbol en Cuba en la base, como sucede en otros deportes, es un reto mayúsculo. Las carencias de recursos, de implementos como pelotas y zapatos, así como el mal estado de muchos terrenos, afecta la práctica y el juego, lo cual incide en el desarrollo de los practicantes.

“Aquí apoyo no tenemos ninguno por parte de las autoridades, los balones, los trajes, todo lo tenemos que buscar nosotros”, explica. En su cara hay buena dosis de tedio. Él, en esencia, es activista, pero es entrenador y en esta temporada 2019-2020 tiene clasificados a sus dos equipos para la fase final del campeonato provincial en La Habana.

En estas situaciones, los entrenadores son verdaderos innovadores para poder entrenar y competir. “Por aquí no se asoma nadie y eso dificulta bastante el desarrollo del trabajo”, acota y entonces alega: “A esto súmale que las condiciones de los terrenos no son las mejores, a estos de aquí les quitaron la yerba hace poco más de un mes”.

Cuando escucho las palabras de Rafael al instante pienso en teorías conspirativas, en fantasías, en rumores, a sus argumentos los mido con escepticismo- “es siempre igual con los funcionarios”-. Después constato que sí, pues ningún funcionario dio el visto bueno para hablarme de la calidad de los terrenos ni de las condiciones en las que entrenan los muchachos.

Alejandro, otro profesor, pero la de categoría 11-12 años, confirmó que hasta ese nivel sí se percibe el apoyo por parte del INDER y demás entidades, pero de ahí para arriba, juveniles y demás categorías, la cosa es diferente, y ahí sí se palpa el abandono.

La realidad es que las áreas donde se juega fútbol en la Ciudad Deportiva carecen de condiciones elementales, los hierros de las porterías están bastante oxidados, en apariencia a punto de desmoronarse.

No existe tampoco un marcaje de las rayas, ni por los laterales ni en los córner, cuando caminas y te vas acercando tal parece que llegas a un pueblo en el lejano oeste: ahí juegan cientos de niños y jóvenes.

Pero solo importa jugar, correr tras el balón y punto.

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Sin los padres tampoco sería posible explicar el éxito del movimiento deportivo cubano. Muchas veces, junto a los entrenadores, son quienes propician que se compita y se practique en los niveles más bajos de la pirámide deportiva.

“Mi niño sí jugo fútbol, en Toronto, durante estas vacaciones. Jugó en las menores de ese equipo, pero fue hasta ahí, aquí el fútbol no tiene futuro, él viene aquí a jugar para divertirse con sus amigos, no porque sueñe realmente con ser futbolista”, dice la madre de un muchacho, Yoel.

Los criterios al respecto difieren, pues los mencionados profesores, Rafael y Alejandro alegan la existencia de calidad y de las condiciones físicas, aunque hacen alusión a la carencia de cuestiones elementales como la organización.

“Existe masividad y bastante dominio de la técnica pero todo queda relegado a los esquematismos, no se cambian o se adaptan sistemas de juegos, antes del desastre de la Copa de Oro habíamos levantado, ahora estamos en un punto muerto”, asevera Alejandro.

“Nosotros jugamos aquí fútbol once, al menos tres veces a la semana, en aquel terreno grande que esta al costado de la pista”, indica Asiel, de 15 años, quien apunta a lo lejos, donde otro grupo juega con vallas en un pedazo más reducido de la instalación.

“Aquí viene mucha gente, chamacos así como nosotros, otros más viejos, hasta hombres ya algo mayores”, afirma Yarián, otro chico de unos 14 años. Habla con una seriedad que denota concentración, enfoque en lo que hace; para él está jugando las eliminatorias europeas o un partido decisivo en la Liga Española.

Para muchos de estos jóvenes, el fútbol va más allá de patear una pelota y correr en fuertes sprints en la cancha. El fútbol los mantiene alejados del mal ambiente, de los vicios, de las drogas incluso, me refiere Daimy, la mamá de Ángelo, un pequeño de diez años que con una camiseta de Luis Suarez pretende comerse a todos con esas ganas desaforadas con la que sale a jugar.

El tiempo del deporte es un tiempo en que sus hijos se mantienen enfocados, entrenando. Aquí el deporte mantiene para mantener a los chicos concentrados. El entrenamiento funciona como un motor del cambio, de oportunidades formar en ellos valores como la disciplina y la responsabilidad.

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Las noticias se mezclan y develan sensaciones encontradas, sensaciones de ayer, sensaciones de hoy, de búsqueda, de encuentros; Luis Javier Paradela firma con el Club Reno en Estados Unidos y crecen efímeras esperanzas; entonces en Canadá, durante un tope, desertan Andy Baquero y varios de los futbolistas de mejor nivel con que cuenta la Isla hoy.

Los ecos de Onel Hernández debutando en la Premier League, de Osvaldo Alonso en la MLS son notas que le dan un toque de afinación a la sutil armonía que destella el balompié en esta parte del Caribe; deserciones, encuentros, el límite, más allá, siempre

En estos muchachos que frisan o pasan ya los veinte años, en aquellos más jóvenes, casi niños, con 13 o 15 años, en los otros aún más pequeños pude notar como el deporte les hace ver la vida de un modo diferente, mucho más sano.

Las historias del fútbol allí en la Ciudad Deportiva son historias de encuentros y desencuentros, de dudas, de pasiones; son reflejo de una parte de esta Isla que sueña.