Las postemporadas siempre dejan una larga estela de lesionados en la Gran Carpa de cara a la campaña regular. Por otra parte, a muchos peloteros se les acaba la fiesta justo antes de comenzar los campeonatos debido a fracturas o sobrecargas en los entrenamientos.

En Japón, son ciento cuarenta y dos desafíos por campaña. Una serie igual de larga y exigente como la MLB. Sencillamente, es la segunda mejor liga del mundo, con entrenamientos muy rigurosos casi todo el año.

Los peloteros que participan en estas lides son profesionales. Todos, o la gran mayoría, reciben un salario alto que nada tiene que ver con sus colegas amateurs en ningún lugar del mundo.

Ustedes dirán, ¿por qué digo esto para comenzar a hablar de algo totalmente diferente, como es de un simple pelotero cubano? Bueno, un simple pelotero no, pues en eventos que atañen a Cuba es la esperanza de toda una provincia y de un país. El problema es que, conociendo este background de entrada, introduciremos un tema que pide análisis a gritos a partir de lo que hace un solo pelotero: Alfredo Despaigne.

Sí muchachos. El recordista en bambinazos en una campaña cubana. El llamado “Caballo de los caballos”, al que más de una vez le deben haber puesto una vela para ayudarle en un turno al bate, a estas alturas, debe ser un pelotero cansado.

Despaigne terminó su campaña 2017 ostentando varios lideratos, entre ellos el de cuadrangulares de la Liga del Pacífico en Japón. Luego de todos esos juegos y unas vacaciones que, en mi opinión, fueron cortas, regresa y declara que (y parafraseo) “jugará con Granma si el equipo clasifica a los play off”.

Granma gana, pero en la post-temporada no se ve al mismo Despaigne. Claro, ya esta vez matanceros y tuneros no fueron tan condescendientes, no le regalaron tantos boletos de libre tránsito. Igual, no lució bien. Le daba duro a la pelota, sí; pero a pesar de lo que representaba tenerlo ahí, no se vio el pelotero que de veras necesitaba el equipo con su accionar.

Luego, la Serie del Caribe. Ahí va Despaigne, representando a Cuba. Y casi sin respirar, de nuevo a Japón. En este momento (23 de abril), el granmense batea para un famélico .194, producto de 13 hits en 67 turnos, con cuatro cuadrangulares como extrabases y 11 remolques.

Despaigne parece un pelotero cansado. FOTO: José Raúl Rodríguez/Trabajadores

Dirán que el año anterior Despaigne hizo lo mismo, jugó en la tierra del sol naciente donde conectó para .280 con 24 cuadrangulares en 134 juegos, y 92 remolques. No obstante, en su primer año con Softbank, si bien jugó solo dos partidos más que en la campaña precedente, se ponchó 30 veces más. ¿No es esto algún tipo de señal?

Luego regresa y dice de todo corazón que quiere jugar aquí con su equipo de Granma. Y ahí es donde veo el problema. Ese acto de filantropía y de amor por el terruño que le está caracterizando, le puede pasar factura. Y sabemos lo que eso significa.

El ser un pelotero que juega un torneo profesional y regresa a jugar en uno amateur, método que seguramente seguirán otros en el futuro “por amor al deporte” y tal, atenta sobremanera contra el rendimiento de los atletas en algún lugar. Y mejor que no sea fuera, donde están los mejores contratos y las mejores posibilidades de desarrollo.

Por muy duro que pueda parecer sugerir que Despaigne sólo debería jugar en Japón y en los eventos internacionales que reclamen gran importancia (léase Clásico o Premier 12) en detrimento de quienes le quieren ver jugando con los colores de su provincia, esta es una realidad inevitable de abordar.

Es lo mismo que hacen la mayoría de los jugadores profesionales clave, juegan su temporada y luego a veces valoran la posibilidad de representar a su país en un evento de gran nivel. Muy pocos terminan de jugar casi 200 juegos para regresar a su país a disputar otra campaña y de ahí ir a la Serie del Caribe, por ejemplo. Los nuestros no deberían ser la excepción.

Ese, señores, es el precio que hay que pagar por el profesionalismo. El de verdad. El de salarios altos y temporadas largas. El que aún es un espectáculo y llena estadios de pelota. Y alguien tiene que entender que, si queremos a nuestros peloteros allí, a ese nivel, no pueden estar ellos en misa y en procesión, aunque sea su mayor deseo, pues terminaremos acabándolos. Y si el problema es que el INDER y las autoridades en sus territorios los obligan o presionan como una especie de pago o retribución, peor todavía.

Piénsenlo y díganme si no tengo algo de razón. Recuerden lo que se viene alertando desde que empezó toda esta locura: no se puede tener a tantos hombres jugando en diferentes niveles todo el año. Y hay algunos que se lo van a sentir más que otros…aunque sin dudas, cuando lleguen los malos resultados, el problema será otro, y los más perjudicados volveremos a ser nosotros, los fanáticos.