Armando Capiró Laferté es uno de los nombres que ha permanecido en el imaginario popular beisbolero cubano contra viento y marea. Idolatrado por todos los que lo vieron jugar y fielmente lo mencionan como un sólido argumento en las discusiones acerca de quién es el mejor pelotero de la historia de Cuba. Considerado por varios especialistas y aficionados como el primer pelotero de “cinco herramientas” que tuvo la Serie Nacional, y el más grande de todos los capitalinos.

A punto de cumplir setenta años, Capiró, a secas como le conocen los aficionados, ha vivido en Santiago de la Vegas toda su vida. Es un hombre de raíces fuertes: un solo pueblo, un solo equipo, un solo país y una gran pasión, el béisbol. La misma que no abandonó jamás, ni siquiera cuando las autoridades deportivas cubanas trataron de marginarlo.

Hoy su gigantografía adorna la pradera izquierda que tanto defendió del Estadio Latinoamericano, capturando la imaginación de los que no lo vieron jugar como yo. A título personal, nunca imaginé que algún día escribiría su biografía en conjunto con mi amigo el Dr. William A. de Jongh Peri. Como preámbulo de dicho libro, Capiró recibió a Play-Off Magazine para narrarnos algunas interioridades de su trayectoria deportiva y darle respuesta a los numerosos mitos que existen acerca de su persona.

Heeney Figueroa: En tu etapa como juvenil eras mayormente conocido como lanzador, de hecho, llegaste a lanzar un no hit – no run. ¿Por qué abandonaste el montículo?

Armando Capiró: Incluso llegué a integrar el equipo Cuba como pitcher en mi primer año en la categoría. Sin embargo, como muchos a esa edad, yo compartían las funciones, porque también bateaba bien, el día que no picheaba jugaba primera base o jardines. En el campeonato juvenil al año siguiente me encontré con Pedro “Natilla” Jiménez que estaba de entrenador del equipo de Las Villas y él fue el que me aconsejo que dejara de lanzar y que me enfocara en el bateo, que así iba a durar más. Ya en la Serie Nacional me sacaron una vez de relevo contra los poderosos Azucareros y retiré las dos entradas que me tocaban sin problemas. Esa victoria fue a mi cuenta, pero nunca más lo volví a hacer.

HF: ¿Cómo fueron esos primeros años en la Serie Nacional?

AC: Fueron muy duros, el salto a la primera categoría era muy brusco debido a la calidad extrema que existía en la Serie Nacional. Imagínate que eran solo seis equipos, por tanto, no tenías respiro con el picheo, siempre te tocaba un estelar. Ya en la temporada de 1969 fue que comencé a adaptarme y a sentirme cómodo realmente, en ese año con el equipo Habana fue que formamos la llamada “Tanda del Terror” con la cual quedamos campeones bajo la dirección del “Coco” Gómez. Al año siguiente integré mi primer equipo Cuba a los Centroamericanos de Panamá.

Capiró despachó un total de 162 vuelacercas en 14 Series Nacionales. FOTO: Julio Batista.

HF: ¿Cómo fuiste capaz de siempre ocupar turnos al bate de responsabilidad en los equipos Cuba, cuando los line ups estaban llenos de bateadores extraordinarios durante toda tu carrera en esa década del 70?

AC: La verdad es que el manager Servio Borges, quien dirigía al equipo Cuba en aquellos años, siempre me ponía de tercer o cuarto bate. A pesar de contar con bateadores muy buenos como Marquetti, “Cheito” Rodríguez o Antonio Muñoz. Yo creo que fui capaz de mantenerme porque a pesar de tener una vida social muy activa, para mí el béisbol siempre fue lo primero.

Nunca me importo a qué hora llegara a la casa de una fiesta, al otro día era el primero que llegaba al entrenamiento. También era uno de los pocos peloteros del equipo nacional que jugaba íntegramente en los campeonatos provinciales con mi equipo del Hospital Psiquiátrico. Te repito, la pelota era lo más importante en mi vida y yo estaba constantemente tratando de entrenar y jugar para cada día ser mejor.

HF: En 1973 implantaste la marca de 22 cuadrangulares para una temporada ¿Nárranos algunas vivencias de esa campaña?

AC: Sin dudas ese fue el momento cumbre de mi forma deportiva, estaba que cortaba, como se dice. Siempre fui muy bueno contra pitchers zurdos, pero ese año los asesiné. Varios de esos jonrones los conecté contra ellos. Todo me salió bien a pesar de que las condiciones no eran las mejores, para que tengas una idea, muchos de esos jonrones los di con bates partidos que yo mismo había reparado.

HF: Por muchos años sostuviste una encarnizada rivalidad con uno de los mejores lanzadores de todos los tiempos de nuestro país, Braudilio Vinent ¿Coméntanos acerca de este enfrentamiento?

AC: Vinent era un fenómeno, extraordinario en todo sentido. No solo era veloz, también se hacía especialmente incomodo cuando lanzaba pegado. El duelo era parejo, yo le conectaba, pero a su vez él me dominaba. En Series Nacionales nunca pude darle un jonrón. En el año 73 él se jactaba bastante acerca de esto, pero al terminar la etapa regular llegó la Serie de Estrellas y le di dos jonrones.

No te voy a negar que tuvimos algunos roces, pero eso eran cosas de muchachos. Por lo general nos llevábamos bien y fuimos compañeros en el equipo Cuba por muchos años. Hemos compartido dentro y fuera del terreno y en lo personal yo le tengo mucho cariño. Él es mi amigo.

HF: Ya que salió el tema, ¿háblanos de las condiciones de vida de los atletas en aquella época?

AC: La verdad es que eran muy malas, ya te hablé de los bates que en su mayoría eran de fabricación casera. Pero las pelotas de la industria nacional no se quedaban atrás, no avanzaban, para dar un jonrón había que pegarle en serio de verdad. Otro factor adverso era el del alojamiento, cuando viajábamos dormíamos por lo general en los propios estadios y era difícil descansar entre el calor, los moquitos y hasta los niños que se asomaban por las ventanas y te gritaban cosas como “… Oye mañana Vinent los va a coger…”.

Cuando íbamos a Santiago, por ejemplo, prácticamente no podías dormir. Más de una vez tuve que agarrar las sábanas y el colchón e irme a dormir a las gradas de los estadios.

A pesar de las trabas que le impusieron para jugar béisbol en La Habana, Capiró nunca pensó en vestir otro uniforme que no fuera el de la capital. FOTO: Julio Batista.

HF: Las lesiones marcaron inevitablemente el desenlace de tu carrera ¿Coméntanos al respecto?

AC: La primera grande fue jugando en el terreno del Central América, en Contramaestre, Santiago de Cuba. Recuerdo que me dieron un pelotazo y después salí al robo de segunda, a pesar que Zuasnábar, el coach de primera me había dicho que no lo hiciera. El terreno estaba muy duro y cuando me deslice, me quede clavado en la tierra y me fracture el tobillo, aun hoy estoy pagando las consecuencias de esa lesión. La segunda fue en la rodilla derecha, me tuve que operar dos veces. A raíz de esa lesión, sumado a otras cuestiones fuera del deporte, fue que vino mi suspensión del béisbol.

HF: ¿Nárranos todos los pormenores de tu suspensión?

AC: Todas estas cosas se empezaron a formar a partir del año 1976, cuando mi primera esposa, Luisa, que era muy celosa, comenzó a crearme una campaña de desprestigio que ponían en duda mi moral, mi integridad, incluso hasta mis preferencias sexuales.

Todas eran puras mentiras salidas de una mujer despechada, pero por desgracia encontraron oídos receptivos en algunos dirigentes como Oscar Fernández Mell, Presidente del Poder Popular de La Habana en esos años. De hecho, ese propio año yo me acerqué a él para gestionar una casa, para independizarme de mi esposa. Él se negó rotundamente y yo inmediatamente fui a ver al “Gallego” Fernández y me dijo que se lo iba a elevar a Fidel, a la semana me llamó y me dijo que el problema estaba resuelto, que yo era el ídolo del Comandante, era fanático a mí.  No obstante, a partir de ahí fue que empezó la persecución en mi contra por parte de algunos de los dirigentes del país.

El resto vino a partir de la lesión de la rodilla que te mencioné. En el 79 los médicos determinaron que no podía participar en la Copa Intercontinental que se iba a celebrar aquí ese año. La recuperación no fue buena, pero así todo pude jugar la Selectiva del 80 que fue mi último torneo bajo un dolor insoportable. Entonces me recomendaron que me operara por segunda vez y a Fernández Mell no le gustó, el decidió suspenderme del béisbol por tiempo indefinido con el argumento de que había abandonado a los equipos de la capital. Después de eso jamás volví a jugar en un campeonato nacional, fue así de sencillo.

HF: ¿Cómo fueron esos años fuera del béisbol?

AC: Terribles, estaba totalmente desorientado, me había quitado la posibilidad desempeñar mi profesión. Cada vez que iba a las oficinas del INDER a preguntar por mi situación apenas me atendían. Incluso pasé por la inmensa vergüenza de que me botaran de un torneo de Softbol, sin explicación alguna. Por suerte tuve el apoyo del Comandante Bernabé Ordaz, quien era el director del Hospital Psiquiátrico de La Habana donde yo siempre jugué y trabajé, él nunca me dio la espalda. Pero lo único bueno que me pasó en esos años fue conocer a mi actual esposa Roneida, quien fue la que realmente me salvó la vida.

HF: ¿La medida que tomaron contigo era exclusiva de La Habana?, ¿pensaste alguna vez jugar en otra provincia o incluso abandonar el país?

AC: Como te dije, cada vez que iba al INDER a preguntar no sabían responderme y no me ayudaron en nada. Cuando me casé con Roneida fuimos a Guantánamo por la Luna de Miel a conocer a su familia y allí compartimos con el hermano de Andrés Telemaco que trato de convencerme para que jugara por con ellos. Pero nunca me vi jugando con nadie que no fuera por algún equipo de la capital.

Por otra parte, no te voy a negar que me hubiera gustado jugar en las Grandes Ligas, pero eso hubiera significado dejar atrás a mi familia, a mis amigos, a mi país, yo no creo que hubiera soportado ese desarraigo.

HF: ¿Pero tuviste ofertas para desertar?

AC: Directamente nunca, en esos años no era como lo fue después. Nosotros nos cuidábamos mucho que nos vieran hablando con personas que tuvieran que ver con el béisbol profesional, porque te podías buscar un problema. Ni siquiera pude conversar con Roberto Clemente en Nicaragua ´72, que de ahí es donde sale el famoso mito de la competencia de brazo, y créeme que yo lo idolatraba y me hubiera encantado compartir con él.

Lo más cercano que tuve a un contacto directo con un scout fue en una competencia en México, donde conocí a Santos Amaro, quien había jugado profesional en Cuba y en ese momento trabajaba con los Phillies de Philadelphia. El mostró mucha simpatía por mí y después un funcionario del equipo me comentó que Amaro estaba interesado en firmarme, pero eso quedó ahí, yo no le hice mucho caso.

HF: Ya que tocaste el tema del mundial de Nicaragua en 1972, ¿háblanos del Memorial Stanley Callazo y tu posterior reinserción en el mundo del béisbol?

AC: Si, ese fue un torneo de veteranos de ese mundial a pedido del presidente Daniel Ortega en 1987 y fue la primera vez que me dejaron reaparecer en la palestra del béisbol. Casualmente te diré que la invitación para jugar ese torneo vino después de que mi esposa Roneida que estaba cansada de tanta injusticia conmigo y le escribió una carta a Fidel. En ese torneo me pude enfrentar al gran Dennis Martínez que estaba activo en la MLB todavía, fui el único que no ponchó y pude obtenerle un boleto. Fue una experiencia inolvidable.

Después me preparé para ver si podía regresar a la Serie Nacional con los Metros. Entrené con todo y tuve un gran torneo provincial, quedé líder en jonrones con 14. Pero me dijeron que le diera un chance a los más jóvenes y por tanto no pude regresar. Después de eso me organizaron un retiro en el estadio del Hospital Psiquiátrico como parte de la Provincial y así concluyó oficialmente mi carrera deportiva.

En los años que siguieron las autoridades comenzaron a atenderme mejor, sobre todo bajo la presidencia de Humbertico Rodríguez. Tuve la posibilidad de cumplir misiones de colaboración en Japón y Colombia, por tanto, mis condiciones de vida mejoraron considerablemente. Pude participar en la delegación que acompañó a Cuba al tope contra los Orioles de Baltimore. Fui elegido entre los 100 mejores atletas del siglo XX en Cuba. También me llamaron para participar como entrenador en la preparación de los Industriales de Guillermo Carmona a principios de los años 2000, una experiencia muy bonita para mí. Yo siempre he estado presto a cumplir cualquier tarea que se me ha asignado.

La excelencia dentro del terreno fueron el sello de Capiró, quien sigue siendo hoy un referente para los fanáticos cubanos. FOTO: Julio Batista.

HF: También participaste en la delegación que viajo a Miami por el cincuenta aniversario de los Industriales en 2012. ¿Cómo viviste esa experiencia?

AC: Fue maravilloso, un día me llamó el humorista Otto Ortiz, quien estaba organizando el viaje por la parte cubana junto al periodista deportivo Yasel Porto, y me dijo que yo me encontraba entre los invitados. Yo estallé en felicidad porque ese viaje implicaba primero el reencuentro con varios de mis antiguos compañeros a los cuales hacía años no veía y a los que nunca renuncié, lo cual fue una causa de peso que me achacaron en mi suspensión de por vida del béisbol. Y además, porque podría ver a uno de mis hijos que reside allá y conocer a mi pequeño nieto.

Pero las autoridades deportivas de la provincia nos hicieron mucha presión para que no fuéramos, convocaron una reunión en la cual nos plantearon que iba a ver consecuencias si íbamos. Algunos se echaron para atrás y no fueron. Yo por mi parte cogí tremendo disgusto que me trajo como consecuencia una isquemia cerebral que dejó secuelas, las cuales después desaparecieron con fisioterapia. Pero no cedí en mi empeño y, cuando llegó el momento, viajé junto a mis compañeros.

Una vez allí todo fue maravilloso, el público enloqueció cuando llegamos al aeropuerto, por cierto, todos muy preocupados por mí, debido a que tuve que hacer el viaje en silla de ruedas por lo débil que me encontraba aún. Participamos en varias actividades y nuestros hermanos como “El Duque” Hernández, René Arocha, Rey Ordoñez, Osvaldito Fernández, Yobal Dueñas y muchos otros se desvivieron en atenciones con nosotros. Me sentí muy feliz y de verdad que valió la pena todo el sacrificio. Al regresar nos convocaron a una reunión en la sede provincial de deportes a la cual no pude asistir por problemas de salud. Pero en ella nos felicitaron por el éxito que habíamos tenido allá y nos entregaron un bate a cada uno a nombre de Gerardo Hernández Nordelo, es increíble que un hombre en prisión, haya tenido la suficiente visión para darse cuenta de la importancia del mensaje de unión que llevamos a Miami. Nosotros demostramos que todos los cubanos somos uno.

HF: ¿Armando Capiró siente que le quedó algo por hacer en el béisbol?

AC: No tengo frustraciones personales, a pesar que de una forma u otra todos los deportistas siempre guardamos algún que otro remordimiento. Logré todo lo que me propuse en la pelota y en la vida. Fui campeón de todos los torneos que juqué, tanto dentro como fuera de Cuba. Di todo lo que pude a mi familia, amigos, aficionados y en especial a mi país. En la calle, en las peñas deportivas o en cualquier lugar que me paro recibo constantemente el amor de los míos. Aunque unos pocos se empeñaron en manchar mi imagen, al final el pueblo es lo único que me importa y él siempre tiene la razón.  Solo me hubiera gustado que no me quitaran la posibilidad de poder jugar más, pues aún tenía mucho que dar en el béisbol, que es mi vida, mi pasión y mi gran amor.