Bernardo Pilatti, periodista de prestigio en la cadena deportiva ESPN, es uruguayo de nacimiento, pero tiene una parte de su esencia ligada a Cuba. Es de esos periodistas que ya no existen, de esos músicos, poetas y locos que creen en el todo y desechan la nada.

La pasión por el boxeo, tal como a Cortázar, y se ha convertido en una de las voces más encumbradas en esa disciplina dentro de la prensa deportiva en hispanoamérica. Su columna semanal en el portal web de ESPN es de las más seguidas.

Pilatti conversó con Play Off Magazine sobre diversos temas vinculados al periodismo, al deporte y a la literatura.

Con su amplia experiencia en radio, televisión y prensa escrita, tanto en Uruguay como en Estados Unidos, ¿cómo ve al periodismo hoy?

Desde mi perspectiva, el periodismo pasa por un largo proceso de transformación y de mucha confusión. La irrupción de la tecnología ha sido beneficiosa sin dudas, pero la dinámica cambiante de la misma ha desbordado los métodos. Eso significa que el periodismo actual no consigue ser uniforme, no logra armonizar los métodos elementales con el uso y abuso de los recursos digitales.

Apareció el periodismo de datos, el periodismo digital, cada día se suman nuevas opciones promovidas como formas de periodismo y que en realidad no son formas, son “herramientas de exposición”. O son parte de la logística, un complemento al método, pero nunca el método. Eso, por paradojas está provocando un fenómeno.

Las nuevas generaciones de profesionales están obviando los aprendizajes básicos, fundamentales de la profesión, las de las destrezas únicas, humanas, sin las cuales es imposible alcanzar la excelencia profesional y aterrizan directamente en un mundo cargado de ofertas hacia donde dirigir sus carreras sin tener muy clara la ruta.

O sea, el periodismo hoy es una suerte de un moderno avión de carga que funciona controlado por una tecnología de punta que asombra y fascina, pero viaja vacío. No encontramos aún el secreto para llenarlo. En el periodismo deportivo ese factor tiene más peso aán que en el tradicional, debido a su crecimiento acelerado en tan poco tiempo.

¿Cómo recuerda sus inicios?

Vengo de la prehistoria del periodismo. Me tocó conocer – felizmente- lo peor y lo mejor de los dos mundos. Empecé en noticieros de radio a comienzos de los 80’ y casi enseguida sumé la prensa escrita. Poder formarse en un país pequeño como Uruguay tiene muchas ventajas: es un mundo mínimo donde todo está cerca y facilita el crecimiento profesional.

Uno vive cerca de las fuentes. El alcalde era vecino, el intendente (una suerte de gobernador de provincia) caminaba por mi cuadra y podía entrevistarlo a la hora que fuera. No había mucho protocolo para acceder a los archivos policiales y husmear en los mismos. Empezar en la profesión de esa manera es una bendición para cualquier profesional.

Luego de su paso por la prensa escrita, abordando temas policiales, de sociedad, política y deporte, ¿qué lo lleva hacia el boxeo y las artes marciales mixtas?

En realidad, pasé del periodismo tradicional al deportivo cuando llegué a Estados Unidos. A finales de los 90 se produjo ese giro que desembocó en el éxito actual del periodismo deportivo. Fue cuando la web recibió mucho dinero para que se desarrollaran muchos portales informativos y en general le apostaron al deporte. Faltaban profesionales, faltaban especialistas y aparecieron muchas oportunidades. El boxeo era donde más carencias había y por allí me fui. Las artes marciales mixtas llegaron por añadidura. Eran los deportes que practiqué en mi juventud y se hizo fácil asumirlos con pasión profesional.  

¿Cuál es la mejor pelea que ha podido ver?

Es difícil señalar alguna y luego recordar otra que fue mejor. Me inclino por destacar momentos. Los años 70 de Alí, y luego la increíble generación de los 80, fueron años gloriosos para el fanático pese a las dificultades para presenciar peleas por las obvias limitaciones de la época. Pero Durán, Chávez, Leonard, Hagler, eran dignos de disfrutar. Se enfrentaban los mejores entre sí, las batallas eran sangrientas. Era boxeo, de individuos que a veces pelean una vez por mes y acumulaban un millaje que no tenía grandes campamentos previos ni los recursos o cuidados infinitos del presente. En el boxeo, inevitablemente, todo tiempo pasado fue mejor.

¿Qué piensa del boxeo cubano?

El boxeo cubano es una de las mejores escuelas. Este deporte es parte del ADN de sus futuros atletas y es un semillero permanente. Precisamente, el factor social ayuda a que siempre surjan nuevos prospectos a los cuales (como la pelota, por ejemplo) les pueda permitir salir de la pobreza. La Serie Mundial es una prueba: el equipo cubano ha sido, por lejos, el mejor siempre. Pero, no pasa por un buen momento.

Creo que se dejó perder a toda una generación reciente que pudo construir una base enorme, y la ausencia de promotores capaces, experimentados, con relaciones al primer nivel y con vista larga, ha impedido ese crecimiento. En lo inmediato, hay poco futuro, por más que el material humano sobra.

Existe cierta mezcla entre Saramago y Onetti en su narrativa, en su manera de contar. ¿Qué ha buscado con sus novelas? ¿Cuál es su mensaje?

Cuando puedo y el tiempo me lo permite, escribo ficción sarcástica, me gusta recurrir al humor negro, me inclino por relatar historias pueblerinas y busco retratar vidas comunes que intentan no ser comunes. De la zona de Uruguay de donde procedo, tenía un escenario ideal para encontrar esos estereotipos humanos y reflejarlos en mis historias. De allí surgió mi libro La Leyenda de Abelardo que ganó el XXXI Premio Trigo en España y ni bien pueda, escribiré la segunda parte de esa historia.

Tengo otras dos novelas publicadas y cuando da el tiempo, avanzo con otra historia volcada a la novela negra, también inspirada en aquella zona. En eso no hay mensaje, solo entretenimiento. El mundo verdadero, el que abunda, el que nutre historias es ese, el de las pequeñas cosas y con las cuales la gente es más proclive a sentirse identificada.

Por cierto, en mis historias siempre aparecen personajes inspirados en figuras cubanas, hasta en sus nombres. Elpidio Carnales es una figura inolvidable en La Leyenda de Abelardo, mientras que mi última novela, Siete Días en el Pueblo sin Nombre, hay un abogado sinvergüenza llamado Éufrates del Valle

¿Cómo entender la mezcla entre deportes y literatura?

Era tiempo de que ocurriera. Hoy la narrativa literaria está presente en los estilos periodísticos. Yo recurro a diario a esos recursos. Son una buena fuente de variación en la presentación de los textos.

¿Cuán importante es el acervo cultural para un periodista?  

Los es todo. La humildad bien entendida es la primera premisa en esta profesión. Ser humilde significa poseer la capacidad del reciclaje permanente de los conocimientos. Esta profesión es cambiante, dinámica, y uno debe acompañar esos cambios desde una única premisa: ser un permanente aprendiz. Educarse, es el principal requisito para ser un verdadero periodista; otra cosa es incompleta. Nuestra profesión es tan fascinante como compleja y llena de vericuetos, con un desafío en cada curva. Quien no se prepare para sortearlos, será engullido por los cambios.

¿Qué mensaje les deja a los amantes del deporte en la Isla y al público cubano en general?

A mi manera, yo soy medio cubano. Mi esposa lo es y mi familia también; Cuba es parte de mi vida. Soy un admirador de la esencia del cubano, y sus facetas malas o buenas las adopté como propias. El deporte en Cuba de manera independiente a los procesos políticos, crecerá en breve. Seguramente el fútbol es el próximo fenómeno.

El deporte está en el ADN del cubano, así que no demorará en llegar a otros planos. Cuba es una potencia deportiva y no hay razón para imaginar que el mal momento actual dure para siempre.