Por: Mayli Estévez

La última vez que Yoanka González compitió con las cuatro letras del Cuba, era noviembre de 2014, le había nacido una hija, y tenía 38 años. La subcampeona de Beijing 2008 se había descalabrado hasta el sexto puesto de la ruta en un mero Centroamericano seis años después de convertirse en la única medallista olímpica del ciclismo cubano.

Yoanka había vuelto luego de dos largos descansos en su carrera, porque «estaba como enferma en casa, porque se sentía muy mal», pero Marlies Mejías, una ciclista 16 años menor, le hacía volver a sus palabras: «No quiero estar por pasar el tiempo, sino para seguir teniendo resultados. El día que no pueda ser así, me retiraré». Después de 2014 Yoanka volvió a su casa de Cojímar y consiguió no ahogarse en el tedio y la adrenalina.

Pero Yoya, como le dicen a la oriunda de Cifuentes, debió desintoxicarse de los pedales cuando en Guadalajara 2011 le hicieron aquel desplante, que ella misma calificó de doloroso. Sucedió que Yoanka quería su tercera medalla a ese nivel y se enroló en la clasificación de la persecución por equipos. Le dijeron que correría, la anunciaron en los diarios, ella entrenó y sudó encima de la bicicleta, pero a última hora Yoanka no corrió.

«No tengo nada en contra de las que integraron el equipo. Es más, las apoyé mientras competían, pero me duele, porque quería irme del deporte de otra manera, con un resultado a la altura de mi trayectoria. A este país le di la primera medalla mundial en mi deporte, el primer título y su única presea olímpica. Y no es que viva de aguas pasadas, pero hace pocos meses, sin estar a tope, gané dos medallas de oro en el panamericano de Colombia. Luego perdí el embarazo y me fueron a buscar para que siguiera en el ciclismo. Sabían que esta era mi última competencia y me llevaron prácticamente de turista con los problemas de recursos que tenemos». En ese instante Yoanka repensó su sitio en la selección nacional de ciclismo.

Mas regresó, tres años después, con un panorama más agreste que el de Guadalajara. Quizás aupada porque era una competencia «menor», quizás por inocencia, como cuando le hablaba a las cotorras. Decía el sitio web de Veracruz que Yoanka había ganado el oro en la persecución por equipos, pero esta vez, la de Cifuentes tampoco dio pedal en el velódromo. Era la competidora fantasma, la paciente protagonista de los dejavu. Por eso cuando salió a la ruta y terminó sexta no era Yoanka González, si no la sombra de ella misma. La titular mundial del scratch en Melbourne intentó despedirse con un final menos ingrato, pero el desgaste, la treintena en el almanaque, los descansos a intervalos y las decepciones, halaron más del pelotón que ella misma.

«No me gusta ser cuarta—dijo en una ocasión— porque quiero que la gente me recuerde como ganadora». Seguramente le gustó mucho menos ser sexta en la pista de ensayo que es un centroamericano y decidió alejarse de todo. Por estos días regresa, el 21 de febrero la retiran en el Parque Vidal de Santa Clara, cuando se corra un tramo del Clásico Guantánamo-Habana.

No será nada suntuoso, ni reclutará a tanto público, pero al menos esta ocasión se pinta, para que de una vez y por todas, Yoanka González diga adiós cómo se le antoje.