Fue, en su momento, la final más importante de fútbol que yo recuerde. Comparable, quizás, a la ocasión en que el equipo de Cienfuegos perdió en el último juego un campeonato nacional. Esta que hoy les narro, sucedió en el mes de junio del año 1984, pero ochenta kilómetros al norte de la Perla del Sur. Ocurrió apenas un mes antes de finalizar el curso escolar.

La ESVOC “Ernesto Guevara”, su equipo de fútbol, enfrentaba en sus terrenos en la final de no sé qué Copa o campeonato cuadrangular, o hexagonal, a un equipo de Zulueta.

Las malas lenguas decían que Zulueta traía algunos forros. O sea, jugadores de primera división o juveniles; o lo que es lo mismo: futbolistas hechos y derechos —o en vías de serlo—, incluso con tacos y espinilleras de las de verdad.

Enfrente, una tropa de muchachitos que apenas llegaban a los 1,70 de estatura, algunos, incluso, con tenis. Por espinilleras llevaban puesto un pedazo de yeso de alguien que tuvo algún día una fractura. En el equipo también militaban dos profesores. Ese, y no otro, era el team que la escuela Vocacional plantó aquel día sobre el terreno.

Las apuestas, si las hubo, fueron apabullantes. Se pronosticaba una goleada absoluta, de escándalo. Zulueta es la meca del fútbol en el centro del país. En el Occidente lo es San Cristóbal y en el Oriente, Banes, en Holguín.

¿Espectadores en aquel encuentro? Quizás quinientos. ¿Quinientos? Tal vez exagero. Eso sí, eran bullangueros como pocos. Como hooligans, ingleses borrachos. Muchachitas chillonas, criticones de montón. Lo de siempre. Directores técnicos de banda. El jugador número 12 le llaman.

Ya lo dije: esa final era la Italia vs Alemania del ‘82, y la que luego sería la Alemania vs Argentina del ‘86, pero dentro de una Escuela Vocacional en el centro del país.

El partido comenzó de manera trepidante. Zulueta agobiaba cada dos y tres minutos el arco rival con alguna jugada de lujo; o quizás no, probablemente era la superioridad técnico-táctica más que evidente de aquel equipo preparado hasta la médula, que jugaba al fútbol como solo la gente de Zulueta sabe jugar al fútbol.

Aquel arco, el nuestro, apenas resistía.

En ocasiones fue una mano salvadora de nuestro portero, el único, junto a Florentino, que no era alumno: un profe. Otro. Un mulato alto y flaco y que lucía orgulloso un espendrú. No recuerdo su nombre. Valeroso y dispuesto como ninguno iba por alto como Fernando Griñán con los reflejos de un Máximo Iznaga: o lo que es lo mismo, o algo parecido: un Gianluca Buffón cubano.

Algunas veces fue un palo vertical el que desvió la pelota; en otras fue el larguero. Fuera, rodeando la línea de cal, los aficionados se desesperaban. Las muchachitas del Pre, que no entendían nada —para casi todas ellas el fútbol se limitaba a “este es mi equipo” y “mira a fulanito: ¡qué lindo!”—, gritaban con más estruendo, pero el equipo local no atacaba, no concretaba una jugada, ni corta ni en profundidad. Apenas si podía traspasar la media línea. Entonces, finalizaron los primeros 45 minutos.

La segunda mitad fue una copia fiel de la primera. El equipo de casa resistiendo como podía; sacando el balón del área lo más lejos posible. Como quien se empeña en sacar lo más pronto posible toda el agua de una cubeta con una taza de café. Un portero, cuatro defensas —o diez, dadas las circunstancias que narro—. Media ninguna, ataque cero. Y mientras, pasaban los minutos. Diez, quince, veinte…

El técnico de Zulueta maldecía. Le dio una patada a un termo de metal y botó la única agua que tenían los jugadores de su equipo para beber. Alguien salió corriendo hacia un grifo con el termo vacío, mientras otro corrió hacia la cocina central con un pullover a buscar un bloque de hielo.

Aún recuerdo la cara de aquel DT. Hosco como él solo. Se movía de un lado a otro del banquillo. Gritaba miles de palabrotas. Era comprensible su furia. Aquel equipito de mala muerte, el equipito de fútbol de la Vocacional de Santa Clara, aguantaba con su catenaccio mal estudiado todo lo que se le venía encima; en ocasiones con mucha suerte, en otras, con suerte también; o con más suerte que las dos primeras. ¡Once veces la pelota fue a dar contra los tubos en el segundo tiempo!

Mientras, las muchachitas fueron entendiendo mejor el juego. Ya sabían que había que colar la pelota en la otra puerta, pero todavía no habían llegado a la página del libro donde se explicaba por qué la pelota estaba siempre en el lado nuestro, y por qué nuestros jugadores siempre tenían que estar en el piso y con el corazón en la boca.

Veinticinco minutos. Treinta, treinta y cinco. Cuarenta, cuarenta y cuatro… entonces, apareció Misael.

Bajito, medio regordete, rubio, de piel blanca, ojos azules y gruesas piernas, “El Misa” no era lo que uno pudiese llamar “un cerebro del medio campo”. Ni siquiera era el medio central. No. Pero era pícaro, y siempre, siempre, antes de que la pelota llegara a sus pies, él alzaba la cabeza y decidía de antemano qué iba a hacer. Un concepto básico del fútbol. Quienes lo practican en serio, saben de qué hablo.

El balón le llegó a trompicones. Y, en fracciones de segundos, dos zulueteños se le encimaron, voraces, y dispuestos a arrebatarle el balón.

Misael hurtó el cuerpo hacia su izquierda, luego a la derecha, dio un pequeño brinquito y, sin tocar el balón, se quitó a los dos hombres de encima. Entonces, pisó la bola. Puso su vista hacia delante. Allí, a escasos centímetros de su pequeño cuerpo, tenía un mulato de aproximadamente 30 centímetros de estatura más grande que él, que lo miraba con ojeriza. Detrás de este, otro más, pero lejos, a quince metros. En lo último, la portería contraria. A sus espaldas, los dos defensas recién burlados se incorporaban del suelo. No había de otra: había que jugársela. “El Misa”, entonces, tocó corto, y emprendió la carrera.

La única ventaja que tenía aquel equipo sobre el de Zulueta era que conocía la cancha sobre la que se estaba jugando. Era el terreno donde entrenaban todos los días a las cinco de la tarde; y Misael, vivaracho, decidió que la mejor opción era llevar la pelota pegado a la banda. Si corría pegado a ella, tenía grandes posibilidades de adelantarse en la carrera al mulato, porque el terreno, en el lado de Zulueta, excepto por una franja ancha e intermitente de cuatro metros de ancho pegada a la banda izquierda, estaba resbaladizo. Misael lo sabía, y sabía dónde estaban los bajíos, y los charcos, y el fanguizal más pequeño y el más grande dejado por las lluvias.

Su estrategia dio resultado. Misael sacó un par de metros de ventaja a aquel hombre que nunca enfrentó y, con un toque en diagonal y en recorte, giró súbito hacia el centro, cuando este último desesperado intentó alargar una pierna apenas se percató del quiebre de “El Misa”. Entonces quiso recortar y frenar su ímpetu defensor. Tantas murumacas, sin balance en las piernas, lo dejaron sentado de nalgas en la hierba. Uno menos.

Sin embargo, Misael no calculó que “irse para la banda” le hizo perder metros en relación con los dos primeros que había dejado detrás. Y cuando enfiló hacia el último hombre, cuando emprendió su carrera hacia el área grande, hacia aquel que cuando empezó todo estaba a quince metros, ya no era uno, sino tres, los rivales potenciales. Uno que tenía de frente y dos que le venían encima, en vendetta. Esta vez, seguramente, con la cuchilla más alta. Sin bondad ninguna; sin miramientos por aquel chiquillo, quinceañero, que en menos de veinte segundos había “tirado” al piso a dos hijos del futbolístico terruño de Zulueta.

“El Misa” sudó frío. Tres contra uno. Buscó como encarar al que tenía de frente; si por la derecha o por la izquierda. Era hábil con ambas piernas, y su calidad le permitía perfilar una y mil maneras de tocar la bola. Si hacer varios toques cortos o dar un toque largo. Valoró incluso provocar una falta. No sería penal, pero a 20 metros de la portería se podía intentar algo. Quizás un tiro en comba, o un disparo potente y esperar el rechazo del portero.

Y allí, en esos milisegundos de dudas, cuando más las chiquillas gritaban, se alzó una mano y se escuchó una voz como un trueno que resaltó por encima de todo aquel bullicio.

—¡Enjentra Njael, enjentra!

Era Florentino, el profesor de fútbol que, sudando la gota gorda, y con la boca retorcida luego de tantos minutos de juego, había venido acompañando silencioso casi que, a hurtadillas, la carrera de Misael, pero por el otro lado de la cancha. Y lo mejor: ya se encontraba a escasos pasos de verse frente a frente contra el portero. Solo. Y de nuevo el grito:

—¡Enjentra, enjentra!… —esta vez, agitando ambos brazos. Solo, como John Wayne frente a una tribu de indios a caballo. Ya casi frenando la carrera para no pasarse de la vertical del manchón de penal.

—¡Enjentra, ojone, enjentra!

Pero Misael no lo oyó.

Agobiado por el esfuerzo, tras 90 minutos de angustia defensiva, luego de una carrera desenfrenada y veloz in extremis, con sed, con hambre incluso, golpeado y reducido a cualquier cosa menos a un ser humano, Misael trasbilló justo cuando los tres defensas se le juntaron, y perdió el balón.

—Ojone Njael, e ije que enjentraras —gritó Florentino, tan alto como hasta ahora no lo había hecho, cuando vio a Misael en el suelo, bocaarriba, piernas abiertas, intentando agarrar un soplo de aire.

—¿Qué tú dices Florentino? ¡Fañoso de mierda! ¡No se te entiende! ¿Qué cosa?

—Ale a la inga… —gritó Florentino, justo unos segundos antes de que Zulueta anotara en superioridad númerica, tras un efectivo contragolpe, el gol que definiría el partido, y la victoria sobre el equipo de la Vocacional.