Por: Reynaldo Cruz / Universo Béisbol

Cinco triunfos y 16 descalabros en la CanAm League, dos victorias y tres derrotas ante el equipo universitario de Estados Unidos (USCT), y pésimos números en todos los indicadores de juego han sido las cartas que ha mostrado lo que queda del Equipo Nacional de Cuba en su periplo por Norteamérica. El segundo equipo, que fue rumbo a Rotterdam, tuvo un buen comienzo, pero sufrió varias derrotas que lo encasillaron en el último puesto de la justa. Ahora, como siempre, todo el mundo comienza a desgastarse en teorías de culpa, incluso entre los mismos grandes responsables del fenómeno.

No importa hasta dónde se llegue en los análisis sobre la situación del béisbol cubano, y lo que podamos decir o no de hasta qué punto la responsabilidad de lo que sucede es de cada una de las partes implicadas. Lo que realmente deberíamos preguntarnos es si ciertamente se quiere mejorar el béisbol en Cuba.

Lo que sucede con la pelota cubana va mucho más allá de los problemas en la base, la falta de recursos, la falta de seriedad para con la Serie Nacional, los bajos salarios a los peloteros, la falta de estímulo verdadero más allá del equipo Cuba, la inundación de fútbol por la televisión, la lentitud de los contratos con ligas extranjeras o la inexistencia de un acuerdo entre Cuba y la Major League Baseball. El problema es que aparentemente no existe tal voluntad para mejorar ninguno de los factores internos y externos que han lastrado al deporte nacional y amenazan con arrancarlo de cuajo de la cultura y la idiosincrasia nacional.

Mientras los directivos del béisbol en Cuba se desgastan en un discurso reiterativo de cómo intentan mejorar, de cómo se están dando importantes pasos o se están estudiando variantes, las cosas van de mal en peor. La situación del béisbol cubano y el estado anímico de los peloteros tanto en la Serie Nacional como en eventos internacionales se nota bien deprimido.

Lo que sucedió en Rockland al final de la gira por la CanAm no fue más que una muestra de la desesperación, la impotencia, el acorralamiento y la decepción que rige los corazones de los que aman el béisbol en Cuba. Roger Machado, Mario Vega, Noelvis González, Víctor Mesa y todos los que salieron en busca del árbitro en aquel fatídico momento no estaban haciendo otra cosa que pedir auxilio de manera desesperada para el béisbol cubano y su selección nacional.

Durante más de cinco décadas, el equipo Cuba fue la joya de la corona del sistema deportivo cubano, pero luego de un improbable segundo lugar en el Clásico Mundial de Béisbol de 2006 — que provocó recibimientos heroicos y una arrogancia desmedida a creernos que éramos los mejores del mundo — las cosas comenzaron a colapsar, y la incapacidad de ganar en cuanto torneo se jugaba se vio aparejada a la aparatosa decisión de intentar llevar a los mejores peloteros que se tenía en el momento a cuando torneo se jugara. Esto trajo como consecuencia que se ganara en la Serie del Caribe de 2015 con el equipo de Pinar del Río (que no era más que un equipo Cuba disfrazado) y que se utilizara ese triunfo para hacer pensar a la gente que todo estaba bien y que se trataba de una mala racha o simplemente mala suerte.

La no transmisión por la televisión de los juegos de la CanAm y la ignorancia total a la posibilidad de hacerlo con los juegos amistosos contra el Equipo Universitario de Estados Unidos (estos últimos se encontraban disponibles de manera gratuita en el sitio de USABaseball) no son más que un intento de esconder la basura debajo de la alfombra y no dejar ver todo lo que está mal con el béisbol cubano. Las causas son más que evidentes: la raíz de los problemas no son ni las deficiencias en la base, ni la falta de implementos, ni los peloteros cubanos que juegan en las mayores, ni los centenares de jugadores que se encuentran varados en República Dominicana.

Estos fenómenos no son más que las consecuencias de todo lo que se ha ido haciendo mal con la pelota en Cuba, comenzando por una dirección que pasa más tiempo diciendo que se quiere mejorar y que se están haciendo las cosas para hacerlo, que realmente trabajando para sacar al béisbol cubano del atolladero; y terminando por nosotros: una prensa centrada en justificarlo todo y no buscar realmente las causas de los problemas.

Pese a ello, el béisbol cubano vive, en cada batazo de grandes ligas, cada atrapada en Japón, o cada inning lanzado en cualquier otro nivel. Pretender no verlo ha sido durante años una de las causas de la apatía que ha inundado a la afición, que busca alternativas en otros deportes donde haya menos censura, menos política, menos prejuicio y menos estupidez. Fingir que no somos todos culpables de lo que sucede no hace más que maximizar el hecho de que en realidad somos parte del problema. Buscar culpas en otros sitios sin asumir nuestra propia responsabilidad e intentar cambiar nuestro proceder solo nos destierra aún más de la solución.