He de confesar que, cuando pasé y vi la puerta abierta, dudé por un instante. En tanto tiempo de andar por esos lugares, ruta habitual a mi centro de trabajo, jamás había visto señal alguna de invitación al interior.

Puerta cerrada, ventanas tapiadas, algún que otro hueco en un viejo vitral por el que la luz del sol tímidamente invadía el interior, eran toda la muestra de vida del Palacio de los Gritos, aquel que una vez tuvo una existencia cotidiana bien agitada, pero que el cáncer de la muerte le ha ido corrompiendo hasta no ser más que un retorcijo de hierros, madera y cemento.

Tímidamente y parado en la puerta, pregunté: “¿Hola?”. Al no recibir respuesta decidí darle prioridad a mi instinto periodístico y una necesidad editorial. Picaba demasiado la curiosidad y entré.

El inicio

“El 7 de mayo del año 1901 fue inaugurado el frontón ‘Jai-Alai’ o ‘El Palacio de los Gritos’. El Jai Alai fue llevado a Cuba por los vascos en el año 1898, pero no fue hasta el 7 de mayo de 1901 que nació el primer templo de la pelota vasca en el Nuevo Mundo, cuando se inauguró en La Habana el frontón ‘Jai Alai’ en la famosa esquina de Concordia y Lucena”.

Así reza la información sobre el Palacio de los Gritos  en la página oficial de Facebook de la Federació Catalana de Pilota. Agregan que Rufino Osorio, su primer administrador, era un español bastante peculiar, al que le gustaba andar por La Habana con par de mulas llenas de cascabeles y moñas de colores tirando de su carro. Un buen día, Rufino decidió dárselas de “magnate”, y con la promesa del buen clima para el nuevo deporte, se fue a España y regresó “cargado de talento”.

Palacio de los Gritos Cuba pelota vasca
Foto: tomada de Trabajadores

Lo cierto es que, lo que haya prometido Osorio en la Madre Patria, dio resultado, y los mejores del mundo empezaron a aterrizar en La Habana, para impregnar de prestigio el lugar. Macala, Trecet, Arnedillo, Altamira e Ibacota fueron solo algunos de los tantos que desfilaron por el majestuoso edificio y también le dieron mayor popularidad a este deporte, intercambios que no solo se iban a limitar, como ya sabemos, a la pelota vasca, pues con el béisbol y el fútbol se vivirían instantes más intensos en la Cuba republicana.

“Las temporadas comenzaban el primer domingo de octubre y terminaban el 20 de junio. Después de esa fecha todos los pelotaris, corredores de apuestas y catedráticos de tan fascinante juego, regresaban a la península con los bolsillos llenos de dinero”, indica la citada página de la Federació Catalana.

¿Por qué el Palacio de los Gritos? Pues sencillo. Además del fragor de la competencia y las emociones propias del respetable, la gritería también estaba dada por las apuestas. Los corredores gritaban, el público también, entre ellos y a los jugadores, pues su dinero estaba en juego. Y el que no apostaba, gritaba simplemente de emoción. Un espectáculo inigualable.

“El hecho de pagar una localidad no exime de mostrarse educado, se leía en la pared izquierda de la cancha. Sin embargo, vencía la pasión. Animaban tanto las ‘finísimas, bellas y arrogantes damas’, cruzaban con tanto fragor sus apuestas los caballeros de bigote y canotier, que el frontón de Concordia pasó a conocerse como El Palacio de los Gritos”, dice una pequeña crónica publicada en 2016 en El Correo.

Luego de la crisis que sobrevino al final de la Primera Guerra Mundial, con las llamadas “Vacas Flacas”, el juego entró en un estancamiento y debió incluso reinventarse. Pero poco duró el letargo y ya en 1920 y bajo nueva administración, volvió el griterío a la esquina del barrio de Centro Habana. Marategi e Ituarte, los Erdoza y Cazalis, Ugartechea y Larrescaín, Larrinaga y los Irigoyen fueron los pelotaris que robaron los corazones de habaneros y visitantes en esta segunda corrida, que incluso fue tan impetuosa que llevó a la inauguración del frontón de Cienfuegos.

Muchos años de bonanza siguieron, hasta que llegó 1959 y como reza la canción de Carlos Puebla, “se acabó la diversión”. El gobierno liderado por Fidel Castro atacó los “vicios”, y el jai alai, con su entorno marcado por las apuestas, no pudo sobrevivir. La Federación Cubana de Frontón sustituyó por aquel entonces a la de Jai Alai, y el silencio cayó sobre el lugar.

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Palacio de los Gritos. Foto: Gabriel García Galano

La esquina muda del Palacio de los Gritos

La citada nota de El Correo apareció el 30 de julio de 2016, como un recordatorio de esa mole de granito que aún persiste eterna en la esquina habanera. Pero fuera de esas reseñas pescadas con pinzas en Internet, poco o nada se sabe del lugar… o de su interior.

Por eso la posibilidad de entrar, al descuido, como turista curioso que otros llamarían intruso molesto, se pintó inigualable. Sobre todo porque muchos amigos hablaban del lugar, donde decían que hasta hacía poco incluso se colaban a jugar fútbol, pero para mí permanecía misterioso, siempre cerrado.

Pasillos en penumbras atravesados por la claridad o algún fuerte rayo de luz guían al explorador dando vueltas a izquierda o derecha hasta llegar al frontón. Dos porterías de fútbol, tamaño sala, estaban colocadas equidistantes en el medio, alrededor de un vacío y limpieza que denota un buen trabajo para recoger los pedazos de techo que han caído.

Al voltearse, la ruina, cual coliseo romano, invitaba a imaginarse la agitación recogida, absorbida durante tantos años de escándalo y deporte, y uno casi podría ver a los hombres en mangas de camisa, con un sombrero de paja o al estilo panamá agitando dinero o papeles al aire, mientras las damas a su vez gritaban a voz en cuello o se reían de sus maridos. No dudo que más de uno haya encontrado el amor entre aquellos asientos, o en alguno de los pasillos. O se haya llevado par de cuernos a casa.

Hoy, la ruina es lo que prevalece, definitivamente. Años de descuido y de imposibilidad de “pasarle la mano” por las ya sabidas cuestiones económicas o porque simplemente querría sepultarse su pasado “sucio”, no han dejado más que un esqueleto que malamente se mantiene en pie. Quizás digan que no, que no es así, que el lugar “está de piedra, salvo el techo” … y sí. Piedra es lo único que queda. Pero jamás será lo que una vez fue.

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Palacio de los Gritos. Foto: Gabriel García Galano

En eso andaba pensando cuando esa voz, que uno se teme llegará en algún punto aunque su presencia se retrase, apareció. “Oiga, ¿cómo entró usted aquí?”, me dicen respetuosamente desde una cerca que increíblemente y no sé cómo, daba de la esquina del frontón hacia lo que parecía el patio de una casa. Yo le habría preguntado a la vez “¿cómo es que usted vive aquí?”, pero para qué. A esa hora solo dije que me llamó la atención que estuviera abierto y pasé.

“Todos los días agarro por acá en algún punto de mi camino al trabajo, y siempre quise ver por dentro”, le dije al hombre a quien llamaron para que se hiciera cargo de mi intrusión. El miedo o la discreción, luego de haber fallado en la inexpugnabilidad de su santuario, le llevó solo a una pregunta: “Ah, que bien….bueno, pero no hiciste fotos ni videos, ¿verdad?”. A esa hora, ¿a quién le dice uno que sí? Que no, que no hice fotos, que tranquilo. Mientras daba la vuelta para escoltarme fuera del lugar, como quien no quiere las cosas, hice dos fotos más.

En lo que caminaba por los pasillos del Palacio de los Gritos, con mi guardián siguiéndome de cerca, le hice varias preguntas, pero el hombre no tenía ni la menor idea de qué le estaba hablando. Seguro no era lo suficientemente viejo para haber oído de la historia del lugar, o no le importaba, o el temor por el hecho de que yo hubiera sacado fotos solo lo impulsaban a quererme fuera de ahí de una vez. Me inclino por lo último.

Me dejó fuera y cerró cuidadosamente la puerta. Sentí los pestillos pasándose y así di por finalizada mi aventura. Como llevábamos tiempo queriendo reunir información sobre el lugar, el primer instinto fue encender los datos móviles y mandar un mensaje: “No te podrás imaginar dónde acabo de colarme…”.

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