Casi siempre, las incursiones rurales de los grandes peloteros profesionales no aparecen consignadas en sus biografías o estadísticas ¿Y qué se supone buscaran en un batey o pueblo luego de haber triunfado en la Liga Cubana? En definitiva, la mayoría de ellos habían salido de zonas agrícolas, pero la clave de hacer tales visitas tenía que ver con el alto pago que eran capaces de ofrecer las administraciones azucareras en el llamado receso de la pelota invernal.

Aunque pudiera hablarse de incursiones y más incursiones de Méndez, Dihigo, Mayor, Jiquí, Limonar, Marrero, Catayo, Roger, Duany o Willy Miranda, por citar a algunos, hoy les comentaré de la estancia de un jonronero de Cumanayagua, llamado Ultus Álvarez, pero que fue apodado como el simio asesino Kong en predios de la Cunagua S.A, adscripta a la American Sugar.

Era tanta la porfía entre los dos colosos de la empresa estadounidense que desde los albores de las chimeneas del Cunagua y el Jaronú, estos desarrollaron cada fin de semana amplios espectáculos de excursiones ferroviarias en la vía norte, encarnizados partidos entre los azules del hoy municipio avileño de Bolivia y los rojos del patrimonial asentamiento camagüeyano de Esmeralda.

Cada año ambos buscaban algún “arma secreta” para vencer al contrario. En la Liga Intercentrales (con sede en Morón) el Jaronú B.B.C contó nada más y nada menos que con el jovencito Mike Cuéllar (lo fueron a buscar a un cocal con un carretón de caballo) y con el corpulento pecoso Ultus Álvarez, quien superó las 100 impulsadas por temporada durante casi todo el decenio de los 50 con los Elefantes de Cienfuegos.

Pues “arresulta” (como dice el guajiro de pocas luces) que el hombre llegó con tanta fama que intimidaba a todo el mundo. Le decían el Gorila Blanco, porque el negro lo ponían en los cines, trepado en el Empire State, pero fue más rollo que película.

Sucedió que Ultus llegó fuera de forma y, amén de que los lanzadores de los centrales le alejaran la bola, temerosos de un estacazo, muchas veces sufrió groseros ponches.

Nunca destacó por ser de tacto, sino el típico slugger, muy “ponchón”, aunque venir de tan lejos para hacer papelazos hizo que el mismo atleta se llamara a capítulo con la más ocurrente de las autocríticas. Se apareció al cajón de bateo en Jaronú con un bate con un ojo pintado.

 “¿Eh, y eso?” Expectación hasta en el ampaya, quien al preguntarle el por qué y si era lícito por reglamento recibió la simple respuesta: ¡Es para que el bate la vea, porque yo ando que no la veo! Menos mal que no le puso una lengua travesada por un cuchillo, para los malos ojos, que eran varios.

La tendencia a sustituir jugadores locales por “extranjeros” de mayor rango resquebrajó el ambiente beisbolero del lugar. En 1956 no llegaban los profesionales contratados y fue necesario comenzar con el segundo equipo, integrado por trabajadores de las colonias y el central.

Ellos hicieron un gran papel, entregaron al Jaronú B.B.C en el primer lugar del circuito, pero paradójicamente los profesionales no pudieron mantener el ritmo y fueron relegados en el campeonato. De nada sirvió tener un Gorila Blanco.

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