Trillos polvorientos y enyerbados, paralelos a la vieja vía férrea del central Agramonte, Florida, Camagüey, me llevaron a un simulacro de vivienda a medio enladrillar. Más allá hay un patio y en su fondo una ruinosa casucha aplastada por un tronco muerto, tumbado por el último ciclón. Más parece aquella lejana casa la de un hechicero o un olvidado ermitaño que la de un ser humano, aunque los platanales y el sepulturero pedazo de aguacatero que abate al techo nos devuelven a la ínsula. Algunas gallinas son la custodia de un reducto de un Ti Noel sin muebles: no hay puerta de entrada, apenas una ventana, calderos mugrientos, tabacos a medio fumar, objetos y lo que parece una habitación entre cordeles de ropa, mosquitero sucio y algo donde debe dormir.

“Esta casa cogió candela en 1958 y esto es lo que queda. Lo único que quiero es que ese tronco se acabe de caer y me mate, para descansar”, dice.

Hace varias décadas, en 1952, sin muchas letras de su idioma natal, se fue a Estados Unidos él, negro pobre, campesino, sin una pizca de inglés en los labios, ni en la mente, y con muy pocas pertenencias. Para llegar a su destino coleccionaba tickets y papeles con instrucciones anglófonas para quien lo pudiera reorientar en las terminales de la otra Florida, la que está “del otro lado del charco”.

Cuando bajó de uno de esos plateados autobuses, pensó que la estera del andén era como aquella de caña en el central Agramonte, pero solo le quedó el asa de su valija. Era tan precaria la indumentaria que la humilde maletica de cartón se hizo añicos y el reguero de la poca ropa paralizó el servicio entre los transportistas rubios. Tuvo que amarrar aquello con una corbata y echárselo a cuestas como el ratón Casimiro de la Warner Bros. De milagro, completó el periplo entre Daytona, Jacksonville y Fernandina. En el destino final, por fortuna, procuraban en un auto por Galarraga, y se montó.

El nombre de Ángel Galarraga Soria no dice mucho, tal vez si habláramos de Chita los más viejos sí lo recuerden por los bateyes del Oeste del antiguo gran Camagüey o en el Norte de Oriente. Me hablaron de él en Banes, en San Germán, en Tacajó y en Mayarí, incluso en La Habana, casi todos refiriéndose a un negrito flaquito con algunas malas mañas en los dormitorios ¿Cuál manía? A veces todos los pájaros picotean arroz, pero le echan la culpa al totí.

“Mi papá me tuvo tres meses, amarrado y encuero, con un candado en la puerta, para que yo no me fuera a jugar pelota. Desde que tuve uso de razón estuve jugando”, cuenta.  

Así empezó la historia, algo después de venir al mundo el 14 de diciembre de 1935.

Casa de Galarraga
Oreidis Pimentel Casa de Galarraga

-¿Por qué le apodaron Chita? ¿No es acaso racista?

“Fue un nombrete de los muchachos del barrio y se me ha quedado eso. Fue por las aventuras de Tarzán, me mortificaban con eso, ya tú sabes”.

Galarraga es hombre resignado, de hablar muy bajo, pausado y con frases cortas. Había tan poco en su pequeño cubil que tuvimos que pedir prestados unos balances en el patio vecino. Se reclinaba con cada preciso recuerdo, mientras amasaba un gastado mocho de tabaco con los callosos dedos llenos de anillos baratos.

“No te puedo decir cuando empecé en serio. Cuando me fui de aquí de Florida, Camagüey, llegué hasta Banes en 1951, con la United Fruit Company, para la Liga Popular de Oriente; de allí pasé a Jaronú en la Intercentrales del 52 y en la Liga de Pedro Betancourt con el central Tinguaro ese mismo año. Volví para el central Agramonte…después, José Antonio Eugellés, quien fue el que hizo el estadio del ingenio y era director de pelota, me invitó a participar en la práctica de los Cuban Sugar Kings. Se terminó el juego, pero cuando iba por la parada, cerca del actual terreno, me llamaron al dugout de primera. ‘¡El que falta!’ Estaba allí Joe Cambria…bueno, el intérprete era el que hablaba…me pidieron que me cambiara de ropa y le dije que así mismo, sin zapatos. Calenté y a la cuarta pelota dura con el cácher Ballester me dijo ‘No tire más’ y me mandaron al dugout de tercera.

“Me preguntaron si estaba dispuesto a irme con ellos y yo les dije que sí, que me iba para donde fuera. Entonces, me mandaron a bañar y dijeron que me esperaban para comer en el Bar de los Moros. Comí con ellos…menos mal…y nos fuimos a Camagüey, Victoria de Las Tunas y a Chaparra. Antes de cada juego tenía que irme a los jardines a tirar pelotas, luego a correr, aunque ya en Chaparra decidieron que debía abrir el juego. Gané 3 por 1. Viajamos a Matanzas, de vuelta para Oriente hicimos escala y en el banco de Florida me tomaron los datos, la dirección y a los tres días ya tenía un telegrama donde me citaban para el Estadio del Cerro. ¡Primera vez que iba a La Habana!

“La gente me advertía de los peligros, y bueno…llegué con mi maletica y al preguntar me indicaron por las torres del estadio. Caminé como diez cuadras. Enseñé el telegrama y me llevaron a una oficina, después a Cambria a las oficinas de la Panamerican en el Vedado ¡Bueno! Estuve hospedado en el hotel Zulueta, desde donde mismo me buscaba Fermín Guerra o Patato Pascual y me llevaban a lanzar al central Toledo contra el Círculo de Artesanos u otros equipos hasta que me encontré por casualidad con unas amistades de mi pueblo y me llevaron a vivir con ellos, en Perseverancia 211, entre Concordia y Virtudes”, recuerda Galarraga.

Vinieron luego los momentos como Tom Hanks en una terminal, perdido, desorientado entre la barrera idiomática y la poca instrucción de un negrito muy humilde…

“Todos los días debía ir a ver a Cambria a su oficina hasta que yo no sé el momento en que me llevaron a retratar. Me dieron el pasaporte y me embarcan solo para el Norte, sin saber nada de inglés. La primera advertencia fue que en el sur ahorcaban a los negros. ¡Primera vez que montaba en avión! Yo no sabía ni qué cosa eran los cinturones. Me guiaba por lo que hacían los demás. No sé ni qué me dijeron en la aduana de Miami, hasta que escuché ‘pelotero cubano’, y me indicaron que caminara para unas luces rojas. Pude comer algo por señas, café con leche a 50 kilos, e incluso dormí allí.

“Al otro día escuché a un matrimonio hablando español y me les acerqué para que me indicaran a dónde ir y qué hacer. Por los papeles que me dieron en la embajada supieron que yo debía ir para Fernandina Beach, y yo no sabía dónde rayos quedaba, por eso debía ir al andén 22 para llegar hasta Jacksonville y hacer otro trasbordo. Esa gente me indicó lo necesario, hasta que al fin en el destino final unas gentes en un carro me ubicaron”, narra.

Mejores vituallas, otros tiempos…

“Ocho cubanos y dos americanos nos esperaban en una casa, donde para comer había que obligado rezar primero. Estaba al lado de un campo de entrenamiento para 400 y pico de peloteros para integrar nueve teams. Dos o tres semanas después me citaron para la glorieta 17. Allí estaba un americano sentado, me dijo: ¡tira, tira… tira! y después ¡sigue, sigue, sigue!…Desde que caías en el terreno había que estar corriendo cada tres innings, agarrando toques de bolas, o haciendo algo, pues de buenas a primera uno escuchaba ¡Juan Pérez, recoja! Y te botaban, no se te veía más el pelo. Cuando hicieron el corte yo quedé para irme a Texas, donde estaba Patato Pascual, José Álvarez, Rigoberto Minnie Mendoza. Me fue bien y mal a la vez. Vivía con un mexicano hasta que viré en 1958”, recuerda.

expelotero Chita Galarraga
Oreidis Pimentel Expelotero Chita Galarraga en su casa

El regreso y la vida de un “profesional” después de 1959

Chita me habla de lugares inexistentes en la toponimia estadounidense y entiendo su confusión al recordar tal y como en su analfabetismo cree sonaban los nombres de los lugares y equipos. Rememora un buen juego en Savannah. Ojo ¡No aparecen sus registros en la SABR! ¿Entonces todo es mentira? Casi todo es verdad…

“El triunfo la Revolución me sorprendió sin nada, pues aquí donde estoy estaba mi casa de madera y se incendió. Lo perdí todo, no me queda ni una foto”, explica Galarraga.

Entonces, ¿cómo el Inder le reconoció a Galarraga su condición “rentada” a partir del programa especial para veteranos del 2004? Fácil. Ni investigan, ni saben investigar, cortan y pegan testimonios incoherentes, y como todos dan fe de que Chita estuvo en el Norte, pues los datos fueron volcados a un papel. Yo he visto varios casos de amateurs que jamás estuvieron en el sistema salarial del béisbol y por el hecho de pertenecer al “pasado capitalista” clasificaron para obtener una discreta cuota mensual de CUC.

“Desde que perdí la casona de madera me dediqué a la albañilería, y a lo que apareciera en el central, porque aquí en el municipio de Florida el comisionado provincial de Camagüey, Vinicio Quevedo, no me dejó ayudar en la pelota por haber sido yo profesional. Hice una carta al Liceo y Cuco el Guajiro me dio un chance en las clases en la Ondi, con la primera categoría. Después, más nunca me llamaban al central Agramonte para enseñar, solo una vez fui a Céspedes”, explica.

En su terruño Chita Galarraga vino con los olivos de lanzar en Estados Unidos, aunque allá tal vez solo fuera spring training y exhibiciones antes de que se perdiera un reloj de oro. La culpa del totí quedó como una niebla, así como parte de la historia de vida de este hombre. Hay demasiadas nubes en su soledad. Los historiadores locales lo sitúan en Texas, pero eso es un estado, no un equipo, mucho menos de doble A, tampoco aparecen sus actuaciones en Jacksonville (hubo varios desde los Red Carp hasta otros en la East Texas League, clase c, y otro en clase A en South Atlantic League), ni en Peoria Chief, ni en el Emira Pioneers, mucho menos en la racista región de Georgia, aunque asegura haber estado en Callister y Pasto, que ni aparecen en el mapa ¿Dónde te metiste Chita? ¿Estuviste en ligas independientes o en equipitos de condados?

“Tengo seis hijos, dos en La Habana, uno en Santa Clara y otro en Oriente (¿los otros dos estarían en Camagüey?). No viene nadie a verme. Estoy aquí botao como un perro, menos mal que me dan 30 CUC de subsidio especial. Pasó un ciclón y se llevó lo poco que tenía. No me han dado nada, así que tengo aguantada con una horqueta parte del techo, duermo ahí abajo y eso se moja. No me arrepiento de no haberme quedado en Estados Unidos. Del recuerdo se vive, pero no estoy arrepentido”, afirma.

Poco después su mente y su cuerpo siguieron quebrándose. Me dijeron languidece en un camastro con la ayuda de los vecinos. La alienación carpentiana del Ti Noel rodeado de gansos se hizo paralela: Chita Galarraga sueña con los campos de béisbol en el fondo de un patio alborotado con cacareos.

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