La selección cubana está en crisis. El reciente paso del elenco nacional por Copa Oro y Liga de Naciones así lo demuestra. Solo contando las presentaciones en estos dos eventos la selección ha archivado siete derrotas en igual número de salidas, con un saldo de cero goles a favor y 35 en contra, actuación que ha despertado la preocupación de toda la afición y prensa especializada.

Todos intentan buscar una explicación racional al hecho de que esta generación —que parecía destinada a cambiar la historia de nuestro balompié— se desmembrase de tan estrepitosa manera. Los más señalados han sido los directivos, aunque tampoco han faltado dedos que apunten a jugadores y cuerpo técnico.

Sin embargo, a nuestra consideración, el máximo culpable de esta debacle se ha escurrido entre las críticas logrando salir prácticamente ileso.

¿Quién es el culpable?

Para entender la verdadera causa de este fenómeno, tomaremos como referencia las últimas presentaciones de los nuestros ante Canadá.

Y es que en 2013, durante la clasificación al Mundial sub 20 de la disciplina, esta misma generación de jugadores canadienses sucumbió ante un grupo de futbolistas cubanos que hoy rondan los 25 años de edad. En aquel entonces, muchos de los jugadores del país norteño recién comenzaban sus andanzas por filiales y clubes profesionales. El nivel entre los futbolistas de ambos conjuntos era aún muy cercano.

Apenas dos años más tarde, durante la clasificación olímpica de 2015, estas escuadras volvieron a verse las caras. Entonces, aquellos mismos cubanitos debieron sufrir para sacar un empate a dos ante una plantilla llena de jugadores que habían experimentado un notable crecimiento en clubes profesionales. En los dos goles marcados por los canadienses, salieron a relucir las inocencias defensivas de un conjunto cubano que había comenzado a estancar su nivel en la liga local.

Hoy, Canadá nos endosa 14 goles en apenas tres partidos, sin que podamos siquiera inflar sus redes en una ocasión. Nuestra escuadra es vapuleada sin piedad por aquellos mismos jugadores a los que más de una vez les jugamos de tú a tú. Han pasado seis años desde aquella victoria en el Pre Mundial de Puebla. Seis años en los que el futbolista canadiense ha estado sometido al rigor diario del fútbol profesional, lo que se traduce en un inherente perfeccionamiento de sus capacidades técnico tácticas.

Sin embargo, nuestra generación de oro se ha desvanecido entre aquellos que buscaron labrar un futuro profesional lejos de la selección, y los que se quedaron a merced de un fútbol amateur que paraliza el crecimiento deportivo. El verdadero culpable de la debacle de esta generación ha sido el amateurismo.

¿Solución a los problemas del fútbol cubano?

Llegado a este punto, se impone la pregunta: ¿Es posible revertir la situación actual de nuestro fútbol? La respuesta es sí. Y —contrario al pensar de muchos— no necesariamente tiene que ser a largo plazo. Si queremos llegar donde han llegado otros, sólo tenemos que hacer lo que otros hacen.

No podemos esperar que —en el fútbol moderno— un plantel henchido de jugadores amateur saque un resultado medianamente positivo contra rivales cuya plantilla es enteramente profesional. Necesitamos que el dilatado, evadido (y hasta cansino) tema de la convocatoria de los legionarios termine de hacerse efectivo de una vez por todas.

Nuestra selección necesita jugadores que igualen el oficio de sus adversarios, las horas césped, los minutos disputados al máximo nivel. Y las justificaciones para su ausencia no pueden ser aquellas que hemos escuchado recién entre los funcionarios de nuestro deporte.

Es inadmisible, que en la era de las redes sociales, se exija a estos jugadores su presencia física en las oficinas del Marrero para tramitar su elegibilidad. Es —cuanto menos— una evasiva intragable que la causa de su no convocatoria sea que “se debe continuar profundizando sobre los temas concernientes al seguro médico”, como pudo conocer este redactor de fuentes cercanas al proceso. No existe un solo argumento que justifique el hecho de que llevemos dos años estudiando un procedimiento que el resto de naciones del planeta hace en 30 días.

El llamado de estos jugadores ha dejado de ser una opción para convertirse en una necesidad. Y como en toda necesidad, se impone desarrollar acciones que, lejos de obstaculizar, viabilicen el proceso.

Obviamente, la llegada de estos futbolistas debe ser complementada con la contratación masiva de todos los miembros de la selección nacional en el fútbol foráneo. Si bien una vez se guardó cierto recelo ante ofertas del exterior atendiendo al nivel de la liga o el salario del jugador, a estas alturas, da exactamente igual. Cualquier oportunidad que le permita a un jugador vivir de su fútbol será suficiente para poner un stop al éxodo de generaciones completas.

Esto, igualmente, tiene una repercusión favorable en el orden deportivo. Durante la última participación en Copa Oro, pudo verse una diferencia notable entre aquellos jugadores que habían conseguido un contrato profesional y los que se desempeñan en nuestra liga doméstica.

Aun conociendo las diferencias cualitativas que esto puede marcar, la inserción de futbolistas cubanos en el extranjero se ha visto constantemente obstaculizada por los oficinescos procedimientos de contratación de atletas instituidos por la parte cubana.

En un deporte en el que las fechas establecidas para la contratación de un atleta son cortas y estrictamente delimitadas por la FIFA, los clubes buscan inmediatez, respuestas rápidas. Y la ausencia de estas no sólo ha frustrado más de un contrato; sino que empieza a hacerse conocida entre los clubes del área, siendo cada vez menos las instituciones futboleras dispuestas a apostar por una negociación con el INDER.

La AFC necesita mayor independencia y libertad de acción en esta temática que —junto a la anhelada incorporación de los legionarios— le daría a nuestro plantel nacional el roce necesario para afrontar las competiciones del área.

En fin, la solución al problema está –aparentemente- en manos de nuestros máximos decisores deportivos, y no puede ser la inoperancia o la falta de voluntad de los que tienen el deber de implementarla, quienes dejan en el fondo del abismo aquello que todavía es rescatable.