Por Amílcar Pérez Riverol / Tomado de El Toque

En Cuba suele suceder tan poco que casi siempre las expectativas acaban siendo mayores que los hechos. En muchos casos, el hecho todo. La lista podría ser extensa. Ahora sí el cambio de moneda. Ahora sí los deportistas emigrados de regreso a las cuatro letras. Ahora sí Las Mayores en vivo por la TVC. Aspiraciones que periódicamente alimentan la crecida. Crecidas que vuelven a quedarse sin desembocadura. El rumor sin cauces definidos como único acontecimiento en un país que se salta el presente y va del augurio al recuento diferido de los hechos. Que no se atreve a ser en directo y sin edición.

Sucedió nuevamente esta semana. El martes pasado se iniciaba la Serie Mundial (2016-2017) entre los Astros (Houston), campeones de la División Americana y los Dodgers (Los Ángeles), campeones de la Nacional. En sus respectivas nóminas el Yuli Gurriel (G10) y Yasiel Puig pondrían clave cubana. Cada uno había estado con la espada encendida en la lucha por la supremacía  Divisional. Carburado por estos ingredientes, el lunes 23 comenzó a circular el rumor de que la Serie sería transmitida -casi- en vivo por la televisión nacional. Para el final de la tarde, el rumor era ya una avalancha.

Y como en toda avalancha que se respete, no sabemos quién puso en movimiento el primer gramo de nieve. Sabemos, eso sí, que alimentada por el apetito de que algo suceda en tiempo real, más con el béisbol, por la idea de un hipotético alegrón post-Irma, el argumento del linaje del Yuli, y sobre todo por el dúo que armaron las redes sociales y un texto publicado en Granma, la avalancha creció arrastrando cada vez a más cubanos. El 24, día del play ball, gran parte de la afición beisbolera en Cuba repetía ese, “esta vez sí”, que tantas ocasiones ha saboreado. Esta vez sí.  A la vida -léase la Serie Mundial- en directo. Sin cortes y empalmes. Sin nombres tachados o en modo off. Al hecho más allá de la expectativa. Al presente sin ediciones.

No fue. Tal vez porque el nuevo peinado del Yuli no gusta donde se decide. O por la amenaza que para la cultura nacional representa el rollinstónico gesto de la lengua de Puig y la peligrosa duda de no saber a quién va dedicada. O tal vez, porque era Carles Puigdemont el encargado de esta decisión, y como en Cataluña aplicó su fórmula. Hoy no, mañana, tal vez sí. Argumentos todos ilógicos. Pero que, como todo argumento ilógico, surgen cuando a quien corresponde exponerlos, no los da. O porque, en efecto, no existen argumentos lógicos para que esto vuelva a suceder.

Hay quien ha alegado conflictos de derechos de transmisión televisiva no cedidos por la MLB. El dato podría constituirse en respuesta si no fuera porque a falta de una explicación detallada multiplica las preguntas.  ¿Cuándo y cómo se han negociado los derechos de La Liga, de la Champions? ¿Qué negociaciones se han intentado en este caso con la MLB? ¿Cuándo dejó de ser el bloqueo una justificativa suficiente para el uso sin derechos de materiales audiovisuales norteamericanos?

Como si no fuera suficiente tanta incertidumbre, la expectativa fue resuelta a golpe de toda la ironía. Quienes buscaron la transmisión en vivo del primer partido de la Serie Mundial, los rostros de Puig y el Yuli, se encontraron con un  filme, por enésima vez proyectado, sobre el amor a un club de fútbol.  Para colmo, el Arsenal. Que no gana un gran título desde 2004. Que debe tener el mismo número de seguidores en Cuba que el Albacete FC. La FIFA tiene que estar feliz con el ICRT.

Este miércoles 25 de octubre, con 24 horas de retraso, fue transmitido en Cuba el primer choque de Serie Mundial. Ante este nuevo batazo a las costillas del béisbol en Cuba no sé apartar de mí esta certeza. A  fuerza de vivir en diferido y en editado, ya no sabremos cómo actuar cuando todo sea en directo. Ayer -como escribió un colega- Cuba continuó viviendo en el huso horario del día después. Acumulando horas y acontecimientos a un vuelo, tan largo y por tanto tan incómodo, que asusta pensar en la gravedad de los síntomas y el tamaño del jet lag. De paso, pensar en el país que nos espera al final. Cuando asome la pista -si es que alguna pista queda-. Cuando finalmente dejemos el asiento desde donde hace tanto hemos sido espectadores de la vida en diferido.