En el 2009, Hanser García era probablemente el nadador no profesional más rápido del mundo, pero no teníamos ni idea de ello. En ese momento, caminaba como un completo desconocido que, tres años después, se convertiría en finalista olímpico y séptimo lugar en la lid estival de Londres.

A simple vista, esto representa una gran evolución en muy poco tiempo, aunque por el desmedido triunfalismo cubano, tal vez muchos no le den el correcto valor a su escalada.

«La gente no tiene cultura de lo que significa un resultado como ese, pero he aprendido a convivir con ello. No te voy a mentir, en Londres quería más, yo no me veía séptimo en la final porque clasifiqué con el tercer tiempo y, como mínimo, esperaba un bronce», relata Hanser con un halo de ese triunfalismo cubano.

Sentado en un muro de concreto en el Centro Nacional de Deportes Acuáticos Marcelo Salado, el villaclareño de 28 años recuerda que en tierras británicas lo mataron varias cosas. «En primer lugar, la falta de competencia. Tú mirabas para cualquier lado y el único novato era yo, entre Nathan Adrian, James Magnussen, César Cielo, unos auténticos monstruos campeones mundiales y de todo lo que se pueda ser campeón.

»Además, la presión acabó conmigo; cuando me agacho para aguantarme del cajón de arrancada, me temblaron las manos. Ahí me di cuenta que tenía la tensión por las nubes. Yo no había dormido nada en casi 48 horas, y solo cuando entré al agua, después de los primeros 25 metros, me sentí mejor», asegura el único cubano que ha inscrito su nombre en una final olímpica durante el presente siglo.

A Hanser le vienen muchas ideas a la cabeza y las suelta de golpe. Habla rápido, con el mismo ritmo vertiginoso que logra en el agua, como impulsado por dos motores. Así, a esa velocidad de crucero, al borde de la piscina del Marcelo, donde ha entrenado durante el último mes de cara al Campeonato Mundial de Budapest, nos contó buena parte de su vida, desde los éxitos, las frustraciones y los traspiés, hasta la incondicionalidad de algunas personas, el doble rasero de otras…

Tú eres un ente extraño en la natación, pudiera decirse que la llegada tardía ha hecho que muchas personas no te hayan apoyado lo suficiente.

«Nadie recomienda empezar con 19 años en la natación, lo que yo digo que arranqué tarde, pero seguro. En esos inicios, era como una esponja, poniendo mucho oído a lo que me decían y con muchas ganas. Además, no desconocía el deporte, lo practiqué cuando chico, y si te pones a pensar, solo seguí haciendo lo que mejor hacía: nadar.

»En el polo era el más rápido del equipo, el que buscaba la bola, el de los contragolpes, pero pesaba 85 kilos y no podía entrar en ningún debate con los más fuertes».

Entonces, ¿por eso saltas a la natación?

«Esa pregunta me hace recordar cosas de las que ya casi no hablo. Pero te explico, el polo es un deporte colectivo, en el que dependes del rendimiento de seis compañeros en el juego, y la natación, en cambio, depende de ti, del sacrificio diario. Cuando yo decidí el cambio, recuerdo que hablé con Tino Jérez, entrenador de la selección nacional de polo, y le dije que me encantaba, pero como era uno de los más jóvenes del equipo, me iba a costar mucho codearme con los más experimentados, por lo que iba a probar suerte individualmente.

»Yo tenía hambre de formar algo con mi propio esfuerzo, probar cosas nuevas. Además, vi la posibilidad de surgir como líder de un deporte apagado. A mí me decían que no era lo mismo ser cola de león que cabeza de ratón, y en el polo era la cola, aquí podía convertirme en la cabeza. Claro, aunque podía sobresalir, nunca pensé nadar para 48 segundos, pero afortunadamente, con los entrenamientos vinieron las marcas».

Si practicaste la natación desde pequeño y después has tenido la oportunidad de conocer más interioridades del deporte, por qué crees que su estado en Cuba sea tan deplorable

«Por lo que he podido ver, creo que se está quemando la base, en el sentido de que se quieren tener resultados con niños de 10 o 12 años que, hablando en plata, con esa edad no tienen ninguna opción de ser campeones olímpicos o mundiales. He visto pequeños haciendo trabajos de liga, aeróbicos de mucha intensidad y cuando llegan a categorías superiores, vemos que no pueden más. Muchos se enferman de la presión, y a otros la cabeza no les da para más porque están agotados mentalmente de las mismas rutinas. Ese es el gran error que veo en las categorías inferiores. Siempre hay sus excepciones de gente que trabaja bien, pero por lo general los niños llegan quemados de sus áreas».

Crees entonces que las carencias materiales no incidan tanto…

«Mi punto es que siempre van a existir problemas materiales. Yo estoy en el equipo nacional, soy una de las principales figuras y tengo ese contratiempo. En la piscina no se ven las rayas, no hay climatización, nadamos con el agua en 15 grados en pleno invierno, la comida no es buena… En fin, creo que con eso hemos aprendido a vivir, ya que el país tiene un montón de problemas económicos y hay cosas que sabemos cuestan mucho resolverlas. Pero el tema de la sobreexplotación sí está en nuestras manos, no hay necesidad de que llegue un niño de 12 años con contusiones por un trabajo de liga mal indicado, eso es inconcebible».

Por lo visto, hay que ser muy duro para llegar al equipo nacional…

«Como te dije, este es un deporte individual, luchas contra ti. Por ejemplo, en el equipo nacional somos bastante unidos y nos llevamos bien, siempre con algún dime que te diré, como en todos los lugares. Eso sí, cuando toca entrenar, aunque nademos en la misma piscina, cada cual tiene muy claro lo que quiere, cada cual establece sus metas, enfrenta sus propias adversidades e incomprensiones. En mi caso, estoy casado, tengo dos niños chiquitos, y ya con eso puedes imaginar todos los retos y adversidades que me vienen arriba. Desde el punto de vista deportivo, ahora me enfrento a la posibilidad de ser otra vez medallista centroamericano».

Hablas de incomprensiones y me viene a la mente todo el tiempo que estuviste fuera en los dos últimos años. ¿Qué tanto hubo de incomprensión en tu castigo?

«Primero debo decir que ver los Panamericanos de Toronto desde la sala de mi casa fue muy fuerte. Me senté, vi los resultados y me caí. Lo mismo con los Juegos Olímpicos. Fue doloroso, porque siempre estuve ahí, en ese nivel. Pero yo me equivoqué, y me sancionaron por errores que uno comete en la vida. A veces piensas que tienes la razón, y a lo mejor de verdad la tienes, solo que no empleas la mejor forma y pierdes la pelea.

»Estuve un tiempo que no quería saber de nada ni de nadie. Incluso, me fui a trabajar fuera de Cuba, en Bolivia, donde entrené a un grupo de 30 muchachos por cinco meses. Con uno de ellos fui a buscar su clasificación olímpica en un evento en Perú. El chico entrenaba muy bien, pero le faltó sangre en la competencia. De clasificar, hubiera estado en los Juegos Olímpicos de Río, al menos como entrenador».

Si estabas tan alejado de todo, entonces por qué regresaste.

Hanser García

«Nadie recomienda empezar con 19 años en la natación, lo que yo digo que arranqué tarde, pero seguro» FOTO: Pedro Enrique Rodríguez

«No puedo aspirar a que nadie tenga resultados por mí, y me di cuenta de eso cuando el muchacho boliviano falló: por eso regresé en agosto del año pasado. Le escribí a la Federación Cubana para saber si podía incorporarme a entrenar y me dijeron que sí. Empecé en septiembre y un montón de veces Lulu Mojarrieta, mi entrenadora, me aclaró que sería muy duro recuperar la forma, pero siempre le dije que iba a volver, y aquí estoy, en un Mundial».

Tú retorno le ha dado aire otra vez a la natación cubana…

«Hemos metido a Cuba en el mapa de nuevo, pero ha sido bastante complejo llegar hasta aquí. En primer lugar, yo regresé gordo, con110 kilos, no podía ni moverme en el agua. Empecé nadando por el carril uno y la primera semana me ganaban algunos de los más jovencitos. Al principio, con tres meses de preparación, me tiré en 200 metros y terminé con 1:58 [minutos], pero casi hay que sacarme a remolque de la piscina, por poco me muero. Era muy frustrante para mí.

»Además, pensé que el regreso iba a ser alegría y felicidad para el INDER, para el pueblo, y todo lo contrario. Aquello fue “candela” y “pica pica”, la gente del INDER diciendo que yo estaba viejo porque tenía 28 años y no podía más. Para colmos, después estuve ocho meses sin cobrar porque no me querían dar la plaza, con dos niños chiquitos, uno de nueve meses y otro de tres años».

¿Y ahora estás cobrando?

«Sí, después de la Copa Marcelo Salado en abril comenzaron a pagarme. No tengo idea si fue por los resultados, o por la campaña de Pavel Otero y la prensa en la televisión y los demás medios, pero afortunadamente ese tema se solucionó, y también me dieron la oportunidad de competir en el circuito mundial Mare Nostrum en Barcelona. Allá, cuando hice la marca clasificatoria para el Mundial, lloré, lloré muchísimo, porque veía la luz al final del túnel, después de tanto trabajo, perseverancia, sacrificio y tanta incomprensión».

Tras dos años alejado del deporte de alto rendimiento, ¿pensaste que sería posible acercarte a tus mejores tiempos?

«Honestamente, cuando empecé a entrenar en septiembre solo tenía en mente el Mundial, no una marca en particular. Nunca pensamos hacer 48 segundos otra vez, por eso estábamos eufóricos cuando lo logramos. Dimos una lección y volvimos al ámbito internacional, donde, después de tanto tiempo fuera, los extranjeros ni me saludaban. Pero ya cuando me tiré al agua y dejé a todo el mundo atrás, entonces querían hablar conmigo. Eso es reconfortante, que atletas de primer nivel reconozcan tu resultado, la sensación es inigualable».

¿Tienes las pilas cargadas para el Mundial?

«No te creas, la preparación ha sido dura, difícil. No estoy como en el Mare Nostrum, para el que hice puesta en forma porque quería buscar la marca A y avanzar al Mundial. Ahora he tenido que subir las cargas con mucha intensidad y volver a bajar en un plazo de cinco semanas. Como siempre decimos los deportistas en todas las entrevistas, se está haciendo el mayor esfuerzo y voy a dar lo mejor de mí, pero las condiciones no son las mejores».

En este largo recorrido, cuáles han sido las personas más importantes en tu vida, tanto en el aspecto positivo como en el negativo.  

«Mi familia es un pilar súper trascendental. Te pongo un ejemplo, dos semanas antes de los Centroamericanos del 2014, yo caí con dengue, pero quería competir, porque había hecho toda la preparación y era duro perderme los Juegos. En ese momento, mi esposa hizo de todo para que me recuperara. Me dejaba con mi hijo en la casa y ella salía a buscarme pata de gallina, gelatina y un montón de cosas. Al final pude ir a Veracruz y gané un oro y un bronce, medallas que son de ella y de mi entrenadora Lulu, que también ha estado conmigo en las buenas y en las malas. Ahora mismo con el regreso, cuando nadie confiaba en mí y todos tenían dudas, siempre me dio su apoyo.

»En lo negativo, igual hay muchas personas, algunas de alto nivel, no “mindundis”, pero prefiero no decir nombres. Yo siempre he pensado que tener gente en contra es bueno, porque así puedes dar galletas sin mano y, después, como nos enseñaron que la hipocresía es parte de la educación, saludarlos con la mejor sonrisa. Lo que más me divierte de esas personas es que, cuando estás en alza, te dan la mano, pero cuando estás en baja, entonces Matojo no nada nada. Así es la vida».