El Mundial se acerca. El tiempo se hace largo por las ansias por ver a los mejores futbolistas del planeta. En Rusia, entre la melodía de primavera de Stravinski y las Noches Blancas de Dostoievski, las noches de San Petersburgo, de Samara, de Ekaterimburgo; el próximo 14 de junio dará inicio una nueva versión de la Copa Mundial de la FIFA.

En Cuba la fiesta se vive igual que en cualquier rincón del orbe. La fanaticada es inmensa. Unos hinchan por Messi y la Argentina, otros por Neymar y Brasil, también por la maquinaria teutona de Reus, Ozil, Neuer y compañía, la furia roja, la España de Sergio Ramos, Andrés Iniesta y Piqué, no deja de tener adeptos.

Pero, volviendo a Rusia, y haciendo un poco de historia, hablaremos de una leyenda que marcó un hito en el balompié eslavo, alguien que aún vive, enclaustrado en la pobreza y el ostracismo, orgulloso de lo que fue, de lo que logró cuando nadie esperaba…

Salenko hoy

Es 1994, Rusia volvió a ser Rusia, la Unión Soviética quedó atrás. La bandera roja, la Internacional, Lenin, Stalin…, la gente quiere olvidar, hacer que todo pasó, que fue un sueño, anhelan algo nuevo. Boris Yeltsin gobierna al más puro estilo de los Romanov y tal parece que el Mundial de Fútbol en Estados Unidos es algo de tomar y dejar… Un joven de veinticinco años quiso, tal vez sin pretender, que no fuera así.

Hace un tiempo la cadena Fox lo revivió en una antología de momentos cumbres de los mundiales. Tiempo después, tal vez un año atrás, Sky habló otra vez de aquel Mundial y de su figura.

“Nos habíamos propuesto llegar más lejos, sobre todo porque era posible entonces pasar terceros, pero no nos acompañó la suerte. En el grupo había dos selecciones muy fuertes, Brasil y Suecia que acabarían siendo campeona y tercer lugar, respectivamente”, explica Oleg Salenko, el protagonista de la historia en una de las entrevistas.

A Salenko, le incomoda que todos resuman su carrera a aquel partido Rusia-Camerún de la fase de grupos del Mundial de Estados Unidos ‘94. Allí marcó cinco goles y saltó de un tirón a la fama. Pese a ello, sigue tomando con mente positiva el asunto y, a sus cincuenta años —gastado por la bebida y con tristeza en su mirada— acepta que esa actuación forma parte de la historia, de la selección rusa y de su vida misma.

El partido celebrado en Palo Alto no fue el único momento glorioso de la carrera de Salenko. En 1986, teniendo apenas 16 años, debutó con el club de su ciudad, el Zenit de Leningrado, y marcó el gol de la victoria por 4-3 sobre el Dinamo de Moscú, en un partido en que había comenzado como suplente, ganándose de inmediato el cariño de los hinchas.

En 1989 su fichaje por el Dinamo de Kiev acaparó titulares, al tratarse del primer traspaso de la Unión Soviética en el que dos clubes intercambiaban oficialmente dinero.

Para el ex delantero, Kiev fue como un segundo hogar. A Ucrania regresaría después de recorrer el continente durante diez años, con momentos buenos y malos en clubes de España, Escocia, Turquía y Polonia.

Oleg Salenko jugando para el Logroñés de España

“Camerún había tenido sus propios problemas antes del torneo, pero cualquier discrepancia que hubiese en el plantel desapareció antes del partido contra nosotros, en el que sólo le valía la victoria. Era prácticamente el mismo equipo que tanta sensación había causado en el Mundial de 1990, aunque cuatro años más viejo. ¡Roger Milla ya tenía 42!”, recuerda Salenko, mientras esgrime cortas sonrisas desviando la mirada del lente de la cámara.

Salenko ya había dejado un anticipo, años antes del Mundial, en el torneo Sub-20 de la FIFA celebrado en Arabia Saudita, al ver puerta cinco veces en cuatro encuentros, lo que le valió la primera Bota de Oro de su carrera.

A suelo estadounidense llegó en un gran estado de forma, tras firmar diecisiete dianas en una increíble campaña con el Logroñés español.

Sin embargo, y a pesar de los problemas que tenía dentro de la cancha el conjunto ruso por aquel entonces, la competencia por la titularidad era intensa. Salenko tuvo que conformarse con jugar unos minutos al final del primer compromiso, frente a Brasil.

Es sorprendente constatar que Oleg Salenko vistió por última vez la camiseta rusa en aquella histórica actuación contra Camerún. Después del torneo, el nuevo seleccionador optó por renovar el plantel y las lesiones que sufrió posteriormente el delantero le impedirían figurar de nuevo en el combinado nacional.

Rusia registró sendas derrotas en sus dos primeros partidos del ‘94, a manos de Brasil y de Suecia (2-0 y 3-1), y su situación en vísperas del duelo ante Camerún era precaria, aunque no totalmente desesperada. El formato del torneo hacía que el tercer clasificado de la liguilla conservase posibilidades de acceder a la siguiente ronda.

Salenko, que ya había causado sensación contra Suecia, hizo lo necesario para que su equipo tuviese opciones.

Oleg Salenko en el partido ante Brasil, en el Mundial de 1994. Foto: Getty Images

“Yo era compañero de habitación de Dmitri Radchenko y los dos terminamos marcando contra Camerún. La noche anterior al partido, soñé que iba a marcar muchos goles, a veces se tienen premoniciones así. ¡Pero no pensaba que fuese a conseguir cinco! La psicología es muy importante en el fútbol, saber cómo debe prepararse uno para jugar. No teníamos nada que perder y estábamos obligados a ganar por el mayor margen posible. Fue lo que hicimos”, Salenko vuelve a reír.

En el minuto 16, el ariete abrió el marcador con gran sangre fría, al colar un potente disparo entre las piernas de Jacques Songo’o, que jugaba ese día en lugar del legendario arquero de los Leones Indomables, Joseph-Antoine Bell.

Luego, en el 41, puso el segundo de la tarde al empujar el balón a puerta vacía desde la entrada del área, sorprendiendo desprevenidos a los cameruneses.

Un minuto antes del descanso, el 9 ruso logró una tripleta al transformar un penal, por falta cometida sobre Ilya Tsymbalar.

Transcurridos diecisiete minutos de la segunda parte, Salenko materializó el cuarto de su cuenta particular al aprovechar un pase en diagonal hacia atrás de Omari Tetradze, igualando así a leyendas del fútbol como el brasileño Leônidas, el húngaro, Sándor Kocsis, el francés, Just Fontaine o el portugués, Eusébio.

Solo le hicieron falta otros tres minutos para superar a todos ellos, al lanzarse como un rayo hacia un pase entre líneas de Dmitri Khlestov y batir a Songo’o mediante un tiro bombeado, que supuso el 5-1.

Varios documentales sobre el Mundial, reflejan que en ese momento la pantalla gigante del estadio, sin que Salenko se molestase en mirar, colocó el cartel: “Récord de la Copa Mundial”.

Salenko, puso la guinda efectuando también una asistencia, al habilitar a su compañero de ataque Dmitri Radchenko, con quien había dado sus primeros pasos en Leningrado, para que marcase el sexto gol de su equipo.

El partido también tuvo la distinción poco habitual de deparar un segundo récord mundialista, además de los goles de Salenko: al principio de la segunda parte, Roger Milla, de 42 años y suplente de inicio, consiguió recortar distancias, convirtiéndose así en el autor de un gol de mayor edad de la historia del torneo.

Al final, La Sbornaya —como nombran al conjunto ruso— tuvo que hacer las maletas, pero esos seis goles fueron suficientes para que Salenko compartiese la Bota de Oro del certamen con el legendario artillero búlgaro Hristo Stoichkov.

Oleg Salenko junto a Roger Milla tras el partido de récord. FOTO Getty Images

“Hace cinco años, alguien me hizo una oferta para vender el trofeo de la Bota de Oro a los Emiratos Árabes Unidos, donde tenían previsto organizar un gran torneo y abrir un museo de logros deportivos. Al final el torneo no se jugó y el proyecto quedó en nada, pero a mí me alegró. Cuando me lo pidieron, lo dejé expuesto en el restaurante del Estadio Olímpico de Kiev, para que la gente pueda ir a verlo y sacar fotos, y generar interés. Me gustaría que el trofeo trajese algo de atención durante el Mundial de 2018 en Rusia, porque es un reconocimiento a toda la selección nacional rusa, no sólo a mí”, dice Salenko y ahora eleva sus ojos al cielo.