Pablo Miguel Abreu tuvo una carrera corta pero muy intensa. Jugó solamente en doce series nacionales, pero en siete de ellas fue seleccionado el mejor lanzador zurdo del país. Alguien lo apodó como el Chapman de la década del 80, y este es un calificativo muy esclarecedor para las nuevas generaciones que no tuvieron el privilegio de verlo lanzar.

En el box era de los lanzadores más intimidantes que pasaron por las series nacionales. El contraste entre una potente recta que rozaba las 96 millas por hora y una curva lenta y endemoniada que quebraba cinturas fue el secreto del éxito.

Pablo Miguel era el clásico lanzador que todos evitaban, el que nadie quería enfrentar. De elevada estatura y mirada punzante, era capaz de humillar al mejor de los bateadores del momento con solo tres lanzamientos.

Conversa con nosotros desde la distancia, mientras recuerda con nostalgia aquel sonido de cornetas y sirenas que se mezclaban con la algarabía que despertaban sus ponches electrizantes.

¿Por dónde anda Pablo Miguel Abreu? ¿Sigue vinculado al béisbol?

«Estoy trabajando en Italia ahora. Desde que me retiraron junto con el grupo de 62 jugadores, que hasta estas alturas nadie sabe quién fue el de la idea, he pasado por varios países: Guatemala, México, Rusia y Estados Unidos. Siempre vinculado al béisbol, trasmitiéndoles a los muchachos de esos países algo de la experiencia que adquirí en Cuba y lo que aprendí con grandes entrenadores y amigos.

»Desde 1999, llevo entrenando a equipos de la Liga Italiana como Nettuno, Reggio Emilia, Parma, Colorno, Alguero, Olmedo y ahora con Collecchio, esperando los play-offs para discutir el campeonato italiano de la Serie A».

El presidente de la Federación Cubana de Béisbol, Higinio Vélez, es blanco de críticas constantes por los peloteros y aficionados, ¿fuiste victima en alguna oportunidad de sus injusticias?

«Fui otro más de ese gran grupo de atletas y entrenadores a los que ese señor ha dejado en el camino. Digo también entrenadores porque al principio en Italia éramos como setenta, pero él empezó a mandar a sus amigos, gente que no era capaz, mientras que a los más capacitados los dejó bajo condiciones malísimas para trabajar. Por culpa de él, entonces, los italianos comenzaron a buscar entrenadores por otros lugares. Lógicamente, esto llevó a que la mayoría abandonara el INDER y se buscara un trabajo por su cuenta».

Rara vez se reúne en un atleta los buenos resultados académicos y deportivos, así sucedió en tu caso. ¿Cómo te ayudó el ser un buen estudiante en tu carrera deportiva?

«Ser un buen estudiante me ayudó mucho. Lanzar es un arte, si un pitcher no es inteligente y no piensa, por mucha calidad que tenga los palos le llegan.

»Aproveché al máximo los estudios, ahora me ayuda mucho como entrenador, tengo la posibilidad de trasmitirles a mis lanzadores mi experiencia, tanto técnica como práctica. Los jóvenes deben estudiar mucho, llevar las dos cosas parejas, será de gran ayuda tanto en su carrera como en la vida diaria».

Tuviste una lesión seria por el año 1987 y para muchos, desde entonces, dejaste de ser un lanzador de otra galaxia, simplemente pusiste los pies en la tierra como todos los demás. ¿Cómo fue esa lesión? ¿Cómo repercutió en tu carrera deportiva?

«Estaba en Varadero y tuve una caída jugando con pelota de goma al “cuatro esquinas” como lo llaman en Cuba. Me pusieron el yeso mal y me demoré mucho en recuperarme, se me debilitaron los músculos y perdí fuerza; pero como venía el Mundial y la Olimpiada, me apuraron demasiado. Aún el dolor del hombro no se me quita, ha pasado el tiempo y cuando tiro, todavía siento como si tuviera una pelea de perros ahí dentro.

»Toda mi vida traté de recuperarme, le metí con todo… Regresé en 1989 al equipo Cuba; en 1990 me volvió el dolor y seguí luchando contra él; en 1992 retorné con el equipo Metropolitanos y logré ganar ocho partidos con solo dos derrotas. Era también el año de la Olimpiada de Barcelona y pensé en hacer el equipo, pero la pesadilla volvió, ahí tiré la toalla y vine a Italia.

»Cuando a Pedro Medina lo designaron para dirigir a Industriales, me llamó y regresé nuevamente, pero era duro antes de lanzar tener que ir al hospital a inyectarme, nadie sabe lo que es lanzar con dolor, aguantar a la gente gritándote cosas, ver peloteros que uno dominaba fácil cayéndote a palos y todo por el amor a la pelota. Después de tanto sacrificio me llegó la hora, me retiraron».

Te habrán llovido ofertas para abandonar el país y jugar en las Grandes Ligas cuando estabas activo, ¿Por qué nunca diste ese paso? ¿Alguna vez te has arrepentido?

«Recibí muchas ofertas desde el Mundial del 82 hasta el 89. En esos tiempos, nadie del equipo Cuba se quedaba, ninguno de nuestros jugadores pensaba en eso. En la vida yo nunca me he arrepentido de lo que he hecho.

»La primera vez que estaba como entrenador en Italia, Higinio Vélez empezó a decir que yo quería quedarme porque se me había perdido el pasaporte. ¿Tú crees que con tantas ofertas que me hicieron, yo me iba a quedar en Italia por quinientos dólares?

»Al final le doy las gracias, eso me abrió la posibilidad de ser un gran padre, un gran amigo y un buen entrenador, no sé si estando en Cuba lo hubiera logrado, mira la cantidad de glorias deportivas que están pasando trabajo allá. Ejemplo vivo es como tienen a Taty Valdés, ni se habla de él, marginado totalmente, así que no me arrepiento de haberme ido tampoco».

Dominar a la Aplanadora santiaguera de aquellos años era una tarea titánica. ¿Cómo lograste propinarle diecisiete ponches a ese equipo?

«Aparte de las condiciones que pueda tener cualquier lanzador, hay que ser inteligente y más para pitchear con el aluminio. Esa tanda de frente, si analizas bateador por bateador, era bien difícil. Con la ayuda del entrenador que tenía en esos momentos, Waldo Velo, y los lanzadores que estaban conmigo en el equipo, que nos ayudábamos mucho, pude lograrlo. Después de tantos años, todavía hay gente que me dice: “¿Te acuerdas de los diecisiete ponches a Santiago?”. ¡Cómo no me voy a acordar! Sentir a 55 mil personas contando cada ponche no se olvida nunca en la vida».

Cifras alcanzadas por Pablo MIguel Abreu en 12 Series Nacionales.

Cifras alcanzadas por Pablo Miguel Abreu en 12 Series Nacionales.

En los Panamericanos de 1987 pierdes el juego contra Estados Unidos y luego le propinas dieciocho ponches a Nicaragua. ¿Hay que cogerle miedo a Pablo Miguel Abreu cuando se molesta así en la vida?

«Eso lo llevo por dentro, soy la persona más buena del mundo, pero cuando me buscan, me encuentran rapidito. Mi compadre Leonardo Tamayo, con quien he estado junto en esta travesía desde que nos retiraron en 1996, le dice a la gente: “Dejen al compa así, tranquilo, que está de lo mejor”».

Recuerdo un altercado que tuviste una vez en el terreno con Víctor Mesa, según comentarios de aficionados, aquello siguió después que se terminó el encuentro y los suspendieron a ambos más de diez partidos. ¿Qué pasó realmente allí? ¿Cómo termino aquello?

«En realidad, yo fui el culpable de aquello, era muy joven e inmaduro. Un día estaba en una fiesta y vi cuando Víctor se robó el home. Al otro día, en el entrenamiento, robaron en nuestro club house y entre las cosas estaba mi reloj, la cogí con él y cuando nos enfrentamos en la selectiva, se formó. Empezamos en el estadio y terminamos en la Finca de los Monos. Después, cuando integramos el equipo Cuba para los Panamericanos, hicimos las paces.

»Lo mejor de la historia sucede en el juego contra Puerto Rico, yo estaba lanzando y me dan un batazo largo entre right y center y Víctor hace uno de las mejores atrapadas de su vida, cuando se acaba la entrada se me acerca y me dice: “Fíjate, si no hubiéramos sido amigos, seguro que dejaba caer esa pelota”. A partir de allí somos grandes amigos, donde quiera que nos encontramos compartimos juntos».

Estuviste unos meses trabajando con el Duke Hernández en su academia en Miami. ¿Qué hablaban los dos allí sobre el béisbol cubano y su futuro?

«Aquello fue una cosa muy linda, no éramos dos, sino un grupo de exlanzadores azules: Leocadio, Osvaldo Fernández, Rene Arocha, Euclides Rojas y el Duke. Te puedo decir que empezábamos a hablar como a las cinco de la tarde y a las cinco de la mañana nos tenían que mandar a dormir. Pasamos toda la juventud juntos en las carreteras de Cuba y en todos los estadios. En Miami hablábamos del béisbol actual de nuestro país, de cosas que afectan nuestro deporte.

»Yo sigo desde aquí todos los juegos de la Serie Nacional. Nos hemos quedado atrás, no podemos desarrollarnos si no hay implementos en las áreas especiales, si no capacitan a los entrenadores, si no van a buscar talentos a las escuelas, si no se les crean las condiciones para que jueguen bien a la pelota. No tendremos desarrollo si seguimos sin trasmitir en la televisión lo que hacen nuestros cubanos en las Grandes Ligas, que los muchachos los vean, los imiten, que quieran ser como Chapman, como Pito Abreu y como todos los otros que están ahora mismo allí. Solo así, se verán mejoras en la pelota cubana».