Con su remoción de la lista de 40 jugadores de los Diamondbacks, el jardinero cubano Yasmany Tomás parece ser el último jugador cubano de “bono inflado” en salir de la Gran Carpa.

Tomás fue firmado por Arizona en 2014 por una cifra exorbitante (68,5 millones de dólares) y sólo jugó cinco partidos de liga menor (AAA) antes de debutar al mayor nivel.

Como novato, el fornido toletero cubano mostró credenciales en 2016. Conectó 31 cuadrangulares y empujó para el plato 83 carreras en 140 desafíos. Su línea ofensiva fue de .272/.313/.508.

En 2017 las lesiones lo castigaron y el jugador nunca recuperó totalmente sus resultados anteriores. Así perdió la titularidad en los Diamondback ante nombres como Jarrod Dyson, Steven Souza, David Peralta y Chris Owings.

Al parecer, la decisión de mandarlo a waivers significa el fin de Tomás en juego con los de Arizona.

El jugador pudo haber elegido la degradación a Triple A, pero eso significaría anular el pago de los restantes 42,5 millones que le debe la franquicia, por los próximos tres años.

El caso de Tomás no es nuevo. Es solo el último caso de una lista de importados cubanos que no han estado a la altura de las expectativas.

Recordemos que los Medias Rojas de Boston ficharon al avileño Rusney Castillo por 72,5 millones (y está en ligas menores), mientras que los Dodgers de Los Ángeles tiraron a la basura casi 30 millones para pagar el “descontento” de Alex Guerrero, el extorpedero de Las Tunas. Los Dodgers también pagaron una elevada suma —25 millones— por Erisbel “El Grillo” Arruebarruena.

Pero el peor movimiento de todos fue el de el santiaguero Héctor Olivera, quien firmó por 62,5 millones y luego fue suspendido por un episodio de violencia doméstica —lo que fue el período de suspensión más largo de la historia de la MLB para casos de esa índole—. Después de 30 juegos, la carrera de Olivera terminó en Grandes Ligas.

La especulación sobre los jugadores cubanos en los primeros años de la segunda década del siglo XXI fue más intensa que los esquemas para hacerse rico con criptomonedas, hoy en día.

En aquellos momentos la firma de los jugadores que salían de Cuba, de cualquier manera, no estaba regulada por la liga, al menos no en cuanto a límites de gasto. Se otorgaron contratos por decenas de millones de dólares a jugadores que no habían demostrado nada al mayor nivel. Muchos, incluso, habían dejado de jugar béisbol organizado por más de un año, mientras establecían su residencia fuera de Cuba.

Sobre muchos jugadores cubanos se cernieron expectativas que fueron incapaces de cumplir. ¡Y tenían que cumplirlas rápido! Al menos, aquellos entre 24-25 años podrían haber pasado un año en liga menor para adaptarse, pero ni eso.

Los análisis de algunos expertos —como Bernie Pleskoff— señalan que Tomás tiende a engordar fácilmente, “tiene mal cuerpo”, y un deficiente enfoque en el cajón de bateo. Sus estadísticas defensivas no son sobresalientes y anota pocas carreras. No hay lugar para él, señalan, en las listas reunidas inteligentemente, sobre todo en la Liga Nacional, donde no existe el turno de designado para esconderse de una responsabilidad defensiva.

Las reglas para los cubanos son diferentes ahora. Se acabó la danza de los millones. Tomás aprovechó la bonanza de los bonos superinflados y, como en el caso de Castillo, le será difícil hallar lugar en otro equipo. ¿Habrá terminado la carrera de Yasmany Tomás? Quién sabe. Hasta ayer fue una promesa, hoy es una realidad de números incómodos.