El béisbol en nuestro país está en crisis. Muchos peloteros han abandonado Cuba en los últimos años dejando truncas las distintas categorías desde la base de la pirámide deportiva. Hemos perdido la supremacía regional que con tanto orgullo exhibíamos al mundo. Los problemas económicos conspiran cada día más contra el desarrollo a todos los niveles y contra el mismo espectáculo que genera el juego.

Los peloteros de más calidad que decidieron hacer su carrera en la isla están ahora mismo contratados por vía legal en otras ligas. Poder saber lo que ocurre en todos los parques beisboleros y tener detalles de cada partido continúa siendo una ardua tarea para los aficionados —en parte por el caro acceso a las redes y la escasa información ofrecida por la prensa plana, con un horario de cierre editorial demasiado estrecho—. Y, en la televisión nacional, el futbol “sigue siendo el rey” de los espacios deportivos.

Por otra parte, es casi nula la información de las estrellas cubanas que juegan en otros países. Para conocer a fondo los datos estadísticos o sabermétricos —tan ricos y complejos en este deporte— hay que esperar por la gracia y la dedicación que pueda tener algún avezado periodista.

La serie nacional cubana se ha ido quedando desnuda con el paso del tiempo. Sobre el terreno de juego hay una masa de sobrevivientes de escasos recursos que a duras penas lanzan a 90 millas por hora, con inestables comandos, mientras otros logran sacar una pelota más allá de las cercas en esporádicas ocasiones.

Los jóvenes prospectos —que siguen saliendo por decenas desde cualquier rincón del país— se estancan, ahogados por etapas quemadas, malos hábitos técnico-tácticos o sistemas obsoletos de entrenamiento. Los profesores de más prestigio siguen sentados en sus casas o derrochando su talento en otras tierras del mundo, alimentando a rivales potenciales.

Síntomas de lo decadente

Entre el caos, una vez más 16 equipos salen al ruedo todos los días representando a cada una de las provincias del país, incluyendo un municipio especial. Los aficionados siguen acudiendo a los estadios, discutiendo de pelota, y vitoreando a sus líderes regionales.

¿Cómo es esto posible? ¿Por qué en medio de terribles tormentas que auguran el fin de nuestro deporte nacional, éste se mantiene vivo y se resiste a ceder?

En medio de grandes críticas e inconformidades, muchos aficionados profesan amenazas: hablan de mudarse de deporte, de retirar su apoyo incondicional, de apagar el televisor…, pero lo cierto es que siguen de reojo lo que sucede en el terreno de juego, se emocionan a ratos y se preguntan cómo es posible que nuestro pasatiempo por excelencia sea inmune a epidemias internas y a crisis generalizadas.

Desarrollo del deporte: «Cuando la ilusión no alcanza»

Ahora mismo, el promedio de bateo colectivo entre todos los equipos participantes en la Serie anda por los .281. Los lanzadores, cada nueve entradas de actuación, regalan más de 4 bases por bolas (4.14), permiten casi 10 hits (9.65) y aceptan 4.49 carreras limpias. Además, los jugadores al campo han errado 357 veces en 12 413 oportunidades para un bajo promedio de .971.

Todos estos números reflejan debilidades, escaseces, problemas, ausencias y vicisitudes, pero la gente está ahí, acudiendo a sus estadios provinciales, apoyando a los suyos y anhelando trofeos de campeonatos y coronas de laureles para sus favoritos.

Los amantes incondicionales del béisbol pueden dormir tranquilos, el arraigo de este deporte es de grandes dimensiones. El amor está ahí, como un gigante dormido, dentro de cada cubano. La pelota es una enfermedad incurable.

Nos vemos en el estadio.