El cubano Ruperto Herrera Tabío se inmortalizó en el mes de septiembre de 2015. Pasados más de 30 años desde su adiós como jugador activo de las canchas de baloncesto, el comité seleccionador de la Federación Internacional lo incluyó entre las nueve luminarias exaltadas este año al Salón de la Fama, grupo que presumió de contar con el genio estadounidense Michael Jordan, para muchos el mejor deportista de todos los tiempos.

Actualmente en funciones como secretario general del Comité Olímpico Cubano y presidente de la federación local de baloncesto, el espigado sesentón nos recibió en sus oficinas para compartir sus vivencias anteriores y posteriores a su retiro, evocaciones que nos hacen pensar en que el mítico número 5 de la generación dorada de la mayor isla antillana nació con una balón tatuado en la frente.

«Previo a los Juegos Panamericanos de Toronto me llamó el máximo titular de la FIBA, el argentino Horacio Muratore, quien me adelantó que mi nombre se manejaba con fuerza, y que si era premiado iba a compartir el honor con Jordan. Imagínate cómo me sentí», refirió.

El ente rector de la especialidad de las canastas comenzó con el Salón de los Inmortales en el 2007, y cada dos años se celebra la ceremonia de exaltación. Para este rango hay varias categorías, y las federaciones nacionales pueden nominar a atletas, árbitros, contribuidores o entrenadores. Al inicio se concentraron en jugadores ya fallecidos y los que tenían mayor edad. La propuesta de Cuba en la ocasión inaugural fue Ruperto y no hizo falta más méritos para que este se convirtiera en el primer antillano en recibir tamaño reconocimiento.

Ruperto Herrera

Ruperto Herrera. FOTO: Cortesía del entrevistado

«Mientras estaba en la fiesta continental canadiense recibí el correo electrónico con la confirmación, me mandaron toda la documentación, y sentí un orgullo tremendo por mis compañeros, por el baloncesto cubano, y por los preparadores que tuvimos y consiguieron grandes cosas con nuestra generación», contó el entrevistado, quien recibió la distinción en Francia, en el marco de la final del Eurobasquet 2015.

«Fui con mi esposa, quien también es merecedora de este premio. Fue espectacular, en el intermedio de la final entre España y Lituania se presentaron los seleccionados, mientras se proyectaban imágenes de cada uno en acción. Ver tanta historia reunida le pone los pelos de punta a cualquiera. Lamentablemente Jordan no asistió, pero saber que coincidimos en la elección ya es suficiente», dijo, y recordó de forma especial a un entrenador, el director técnico del bronce olímpico en Múnich 1972, Carmelo Ortega.

El resto de los jugadores galardonados fueron Sarunas Marciulionis (Lituania), Anne Donovan (Estados Unidos), Vladimir Tkachenko (Rusia/Ucrania) y Antoine Rigaudeau (Francia). También fueron merecedores el entrenador Jan Stirling (Australia), el oficial técnico Robert Blanchard (Francia) y Noah Klieger (Israel).

Pero tal vez los más jóvenes sepan poco de la historia deportiva de Ruperto, quien se vinculó al deporte ráfaga a los 13 años y nunca más ha podido desligarse de tal pasión. Llegó a la especialidad por el embullo de sus compañeros en la secundaria básica Juan Manuel Márquez y por sus 193 centímetros a los 13 años. «En los primeros Juegos Escolares (1963) no clasifiqué en el equipo de básquet de la capital, no tenía las habilidades suficientes a pesar de mi estatura; pero hice las pruebas de triple salto y participé en esta modalidad para llevarme al cuello una medalla de plata».

Herrera Tabío pudo escoger otro camino, sus estirones en el triple y la marca de 1.90 metros en salto alto le auguraban un futuro brillante en el campo del atletismo, mas es consciente de que las canastas lo enamoraron a pesar de su reserva inicial. «Es curioso porque no me gustaba el baloncesto. A lo mejor en otra rama individual serían mejores los resultados, pero todo se enredó y sin darme cuenta respiraba basquetbol. Lo único que tenía claro era que, en cualquier disciplina, tenía que dar todo mi empeño por ser de los mejores».

Ruperto Herrera

Herera fue clave en la medalla de bronce de los Juegos Olímpicos de Múnich 1972. FOTO: Cortesía del entrevistado

Después de sus primeros pasos en la secundaria con el profesor de educación física, se le acercó el comisionado nacional un día que presenciaba partidos de mayores en el tabloncillo de la Universidad de La Habana. «Me dijo que estaban buscando jóvenes con estatura para hacer un concentrado que entrenaría con la preselección nacional. Comencé entonces a vivir en 1era y 26, la casa de los mejores atletas de alto rendimiento del país. Conocí a Enrique Figuerola, Miguelina Cobián y otras destacadas figuras del panorama deportivo de aquellos tiempos. Nos pusieron un entrenador y me destaqué a tal punto que me trasladaron a la preselección por un puesto en el equipo que competiría en el preolímpico de Yokohama, clasificatorio a los Juegos Olímpicos de Tokio 1964. Me eliminaron en el último corte, y se me vino el mundo abajo. Creo que tenía amplias posibilidades de hacer el equipo, pero era solo un niño de 14 años que no había jugado ni escolares y llevaba unos meses entrenando. Eso lo entendí después de llorar mucho», señaló.

Desde ese instante se propuso acelerar su entrada al conjunto grande y, un año después, tras ganar el nacional con Industriales y ser elegido en el todos estrellas, vistió por primera vez la camiseta número 5 del Cuba para los eventos de 1965.

«Tras el meritorio octavo lugar en los Olímpicos de México 1968, asistimos a los Juegos de Múnich 1972 con muy pocas pretensiones. Sucede que ese mismo año tuvimos una gira por la URSS y perdimos todos los juegos, por lo que no teníamos muchas posibilidades, pero en la competencia todo cambió. Cinco victorias y una derrota ante Estados Unidos nos clasificaron como segundos del grupo. Luego enfrentamos a los potentes soviéticos en el cruce y cedimos (87-61). En la discusión del bronce le ganamos a Italia (66-65), y no teníamos idea de que estábamos haciendo historia».

Pero Ruperto también recuerda con agrado los panamericanos de Cali en 1971 porque allí le ganaron a los estadounidenses por primera vez, después de que los norteños dominaron todas las ediciones continentales anteriores. Obtuvieron el bronce y los norteamericanos se quedaron fuera del podio.

Herrera Tabío se retiró cuando muchos pensaban que aún se encontraba en plenitud de forma, tenía 32 años, pero alegó cansancio y algunas lesiones que se resentían con regularidad. «Entonces me dediqué a la docencia hasta que me dieron la tarea de ser comisionado nacional. Después en este cargo tuvimos la idea de recuperar el baloncesto del país y surgieron las Ligas Superiores».

La década del 90 vio resurgir el deporte ráfaga y se vivieron candentes duelos entre Capitalinos, Orientales, Centrales y Occidentales. Entre los principales animadores de esa generación se encontraban los dos hijos de Ruperto: Ruperto Jr. y Roberto Carlos, ambos incluidos en la selección nacional. En el año 1999 los dos decidieron abandonar las delegaciones cubanas en el extranjero.

¿Cómo enfrentó esos momentos el presidente de la Federación Cubana y el padre?

 «Lo viví muy mal, desafortunadamente dieron ese paso, me dolió mucho, pero bueno cada cual escoge su camino. Yo seguí trabajando. Al regresar de Puerto Rico sin Roberto Carlos, aquello fue una conmoción, la avalancha de prensa arriba de mí. Ellos siguen teniendo el lugar de un hijo en mi corazón. Dicen que uno hace los hijos, los cría y al final cada cual toma su rumbo. Así he querido entenderlo. Pero fue muy duro».

Ya Ruperto, desde que recibió la distinción el 20 de septiembre en la ciudad francesa de Lille, es un inmortal del baloncesto mundial, un honor que comprende a todos los que desde las distintas posiciones han aportado a las canastas en la Isla. El primer cubano en ser elegido no podía ser otro. Herrera y la generación que lo acompañó lograron situar a Cuba en un lugar que parece por ahora impensable para la generación actual y las futuras. El listón está un poco alto, el deporte ha crecido mucho y aquende nuestra fronteras no se ve una posibilidad cercana de regresar por esos pasos gloriosos. Habrá que seguir esperando, a lo mejor y dentro de algunos años nos llega el premio gordo, como al presidente de la federación local, que ahora sí tocó el techo de su pasión. Y es que su baloncesto fue noticia más de 30 años después de decir adiós a las canchas como jugador activo.