Encontré a Wilber de Armas en el gimnasio del círculo social “Félix Elmuza” del municipio Playa, aquí en la capital, ayudando a las personas que allí acuden para mejorar su físico, incluyendo a algunos peloteros de categorías inferiores que se llegan de vez en cuando por el lugar.

Pequeño de estatura según los cánones para jugar el beisbol, Wilber siempre tuvo que andar por caminos espinosos para tocar la gloria con las manos, enfrentándose a fantasmas, y a personas tóxicas que, de alguna manera, lo discriminaban sin reparar en la luz que esparcía en los terrenos de béisbol y en la destreza innata que traía en su guante y en sus manos.

“El mismo entrenador que no quiso a Carlos Tabares cuando era un niño, me lo dijo a mí también, por el tamaño y el físico, allá en Marianao. Aquello me molestó mucho porque mi sueño era jugar béisbol¨, dice Wilber mientras transporta su mente varios años atrás.

“Al otro año me fui para el municipio de la Lisa y desde que me puse el guante y atrapé par de pelotas, me dijeron que me quedara en el grupo selectivo. A través de los años tuve que lidiar con eso del tamaño, algunos comisionados, en diferentes momentos, alegaban eso a la hora de confeccionar cualquier equipo, pero siempre tuve gente que me ayudó mucho, como Guillermo Carmona, al cual le mando un saludo y mis respetos”.

Para triunfar en un deporte de grandes estaturas y músculos poderosos, hay que desarrollar ciertas habilidades, Wilber lo sabe, y me explica la clave que lo mantuvo jugando al primer nivel por 12 series nacionales:

“Yo era un muchacho muy avispado, muy inteligente dentro de un terreno, y eso me ayudó mucho. Fui un bateador normal, promedio, y a la defensa más o menos, pero sí era muy inteligente: yo le sacaba provecho al contrario por todos los lados y muchas veces bateaba ‘avisado’, solo observando al contrario. Tenía esas habilidades”.

Esas habilidades, la pasión y el respeto que siempre le ofreció a nuestro deporte nacional, un día convergieron todas juntas en el camino estrecho de la inmortalización y Wilber fue tocado con la varita mágica de los dioses del béisbol. Aquel mes de abril del año 2000 se abrirían las puertas de la historia, su estatura se midió por primera vez de la cabeza hasta el cielo, y su nombre quedó perpetuado en la mente de todos los que tienen sangre azul en las venas.

“Ese año yo había decidido dejar la pelota, desmotivado. Fui a trabajar en el soft ball y allí estuve alrededor de un mes, pero la gente del equipo de Metropolitanos me llamó para que me incorporara a los entrenamientos. Cuando hablé con el director (Eulogio Vilanova), él me comentó que ya el equipo había salido por la prensa, y aunque yo era un pelotero ya establecido con el equipo, me dejó fuera, no me quiso allí.

“Entonces Guillermo Carmona, el director de Industriales, que estaba en Italia, se enteró, me preguntó las causas y me incorporó a la preselección de Industriales y me gané el puesto.

“Siempre tuve que prepararme mucho, yo estaba detrás de una gran figura como German Mesa, y si yo estaba bien, él podía descansar más. Por desgracia para él, se lastima una lesión en el play off, y es ahí donde tengo mi oportunidad. Yo siempre he jugado contra cualquier equipo con los mismos deseos, y allí fue donde conecté aquellos dos jonrones contra los Metropolitanos”.

Wilber de Armas recordará siempre sus dos jonrones ante Metropolitanos. FOTO: Pedro Enrique Rodríguez Uz.

En aquel play off histórico, con el estadio ¨´Latinoamericano¨ albergando más de 50 000 almas, Wilber prácticamente decidió el partido final con aquellos sendos batazos e impulsando seis carreras, vistiendo la franela de los Industriales contra su equipo de siempre: Los Metropolitanos.

“Me sentí muy contento por aquello, y lo sentí mucho por mis compañeros de Metros, que tuvieron casi el campeonato en sus manos, y no se puede decir que sentí venganza contra el director, pero él me dio una salida que no fue la mejor en aquel momento y eso me dio satisfacción personal”, cuenta sin poder disimular cierto brillo en los ojos.

“Yo tengo muy buena opinión de él, pero la verdad no sé por qué en aquel momento no me quiso en el equipo”, asegura.

Wilber de Armas ahora está navegando en los recuerdos, se le humedece la mirada cuando escarba en su mente para contar los detalles:

“El día anterior al juego final le comenté a Tabares, que era mi compañero de cuarto, que yo soñaba con decidir ese juego de pelota, que me imaginaba el gane en la segunda base y yo dando un hit que lo traía para la goma. Cuando di el primer jonrón aquel día, se puede ver en las imágenes, él me abraza en el home y me dice ‘Tu sueño se está haciendo realidad’. Te juro que se me eriza la piel cuando digo esto. En el segundo jonrón, lo mismo, y me dijo ‘ahora sí, tu sueño está hecho realidad’, ese juego me marcó como pelotero para toda la vida”.

En aquella postemporada los Metropolitanos habían ganado los dos primeros partidos al mejor de cinco. Tras la remontada azul, muchos comentarios surgieron y se han mantenido a través del tiempo. Se habla de parcialidad, de autoridades moviendo piezas, de intrigas, y hasta de dinero por el medio para que el principal equipo de la capital ganara aquel encuentro.

Sin embargo, para Wilber solo existe una explicación a lo sucedido: en cada uno de esos partidos se dejaron la vida.

“Mucha gente me ha preguntado al respecto, hay muchos comentarios sobre aquello, pero yo nunca vi nada raro a mí alrededor. La gente comenta mucho, con nosotros se sentaron las autoridades, como lo habían hecho otras veces cuando perdíamos algunos partidos seguidos, pero, al menos yo, personalmente, no tengo conocimiento que nos favorecieran con nada. Si lo hicieron, no lo sé, nosotros lo dimos todo en el terreno”.

Pasada aquella vorágine, Wilber de Armas se fue apagando, en parte, por los demonios que continuaron atormentándolo hasta el final de sus días como pelotero activo. Fueron épocas difíciles que a Wilber le cuesta recordar.

“Después de aquello, cuando llegó Anglada al equipo, nunca me quiso. Me eliminaron en la preselección de Industriales, a pesar de que solo dos peloteros allí (Lázaro Vargas y Michel Fors), habían bateado más que yo. Las razones nunca las supe, pero no me quiso nunca y eso me acortó mi carrera deportiva. Aunque después de eso jugué 5 años más con los Metros, la mentalidad no era la misma y poco a poco fui bajando la guardia.

“En mi último año, el director de los Metros en aquel entonces, Milian, no me quería tampoco: ese año promedié para .370 en la preselección y también me dejaron fuera. Conmigo se portaron muy mal, no hicieron bien las cosas, entrené más de 400 horas por gusto, para eliminarme al final teniendo buen rendimiento, eso me dolió muchísimo. Aún no me he recuperado de eso. Me sacaron de la pelota que era mi vida, ahora apenas la veo por televisión, estoy muy molesto”.

Unos años después, gracias a su inteligencia en el terreno de béisbol y a su capacidad de observación, sería llamado nuevamente al equipo Azul. Esta vez como coach de primera base, bajo el mando de uno de los iconos del conjunto: Lázaro Vargas.

“Cuando estuve con Vargas, tenía muchísimas facilidades y cierta libertad para hablar con él, intercambiar opiniones, proponerle cosas, si estaba acertado o no, al final él era el que tomaba las decisiones finales, pero contaba conmigo.

“Un coach tiene que tener voz y voto en un equipo, pero eso depende del director que tengas, eso es fundamental. Un equipo tiene un cuerpo de entrenadores, es un colectivo, no es solo un director el que debe decidir, aunque al final tenga la última palabra”, asegura convencido.

Corría el año 2015 y Víctor Mesa, ya dirigiendo a Matanzas, solicita sus servicios en un viaje con el equipo Cuba. Lo que pudo haber sido un reconocimiento a su trabajo como coach, para Wilber, marcado por un signo fatídico, se convirtió en un nuevo tormento.

“El comisionado de aquí de la Habana, Arly Zamora, me acusó de traición cuando me fui con Víctor Mesa, decía que yo le pasaba información de los peloteros de acá y otras cosas que nunca fueron verdad, no me dejaron chequear más en la provincial y me mandaron para La Lisa. Le escribí al INDER y al Partido, pero nunca recibí respuestas. A raíz de eso, es que Víctor se queda sin coach de primera por problemas familiares y me manda a buscar para Matanzas.

“Con Víctor las cosas eran diferentes, él tomaba sus decisiones solo, tenía mucho menos libertad. Pero la verdad es que te enseña mucho, siempre está arriba de todos los detalles, es muy riguroso y todo lo hace porque los entrenadores mejoren y suban su nivel. Es cierto que no siempre lo hace de la mejor forma, pero es la suya, gústele a quien le guste. Él es un poco complicado, conmigo fue severo, sobre todo al final, pero de verdad que aprendí muchísimo a su lado”.

Cuando termina el mandato de Víctor Mesa en Matanzas, Wilber decide regresar también a su provincia de origen, a pesar del reclamo de los nuevos dirigentes de los Cocodrilos, quienes le ofrecieron continuar en su puesto.

“El nuevo director, Víctor Figueroa habló conmigo para que me quedara, he tenido problemas familiares con mis padres y mi señora, y en realidad no podía estar lejos de la familia en ese momento, pero se lo agradezco mucho”.

Con su regreso, muchos pensaron que la historia de Wilber de Armas continuaría aquí, en su coloso del Cerro, que lo veríamos hacer una entrada triunfal detrás del afamado Víctor Mesa entre bombos y platillos para rescatar lugares perdidos y levantar banderas. Pero no fue así.

“Cuando Víctor viene para Industriales comenta que soy muy buen coach, de los mejores de Cuba, pero que no le doy información. Eso me da risa, no lo entiendo. Por eso no me quiso más, eso es una contradicción. Actualmente no tengo motivación, esas cosas van matando a uno, ahora mismo no tengo ánimos para estar en un terreno de béisbol”, me dice Wilber en un tono melancólico que me estremece el alma.

El gimnasio donde nos hemos situado no tiene el glamour del Latinoamericano, ni los miles de aficionados atentos que colmaban los partidos de Industriales en el Cerro. Este es el último sitio donde se imaginó Wilber de Armas que acabaría: lejos del béisbol.

A pesar de las continuas piedras en el camino deportivo de Wilber, su nombre seguirá pasando por el puente de las generaciones, y su anatomía pequeña será el toque mágico que adorne la grandeza de su hazaña, tatuada para siempre en el recuerdo de millones de fanáticos azules quienes, aquel día de abril del año 2000, saltaron de sus asientos con aquellos dos míticos jonrones.