Después de 1959 se puso fin a la Liga Profesional Cubana y, en su lugar, nacieron las Series Nacionales. Atrás quedaron los nombres del Habana, Almendares, Cienfuegos y Marianao. En lo adelante, los nuevos quipos y jugadores pretendían llenar el vacío que dejaba la práctica de la pelota profesional. El 14 de enero de 1962 quedó inaugurada la I Serie Nacional de Béisbol en el Grand Stadium de La Habana (Latinoamericano) concebida para 27 encuentros.

Occidentales, Orientales, Habana y Azucareros constituyeron los equipos fundadores del nuevo certamen que, sin ser profesional, tampoco guardaba similitud con viejos circuitos amateurs. Habana y Azucareros llegaron luego de dirimir eliminatorias zonales en las cuales salieron airosos. Mientras que Occidentales y Orientales quedaron conformados por los peloteros eliminados durante la clasificación. 

Los del oeste dominaron el campeonato con 18-9 al terminar con 5 puntos de ventaja sobre los orientales, quienes registraron balance de 13-14. Los dirigidos por el ex receptor profesional Fermín Guerra alzaron el título por primera y única vez, pues para los siguientes cuatro años Industriales instauraría una dinastía aun recordada, tanto por seguidores como detractores.

La II edición tuvo que ser definida en una especie de play-off de tres choques entre los debutantes Industriales (en sustitución del Habana, tras vencer en la clasificatoria) y Orientales con victoria para los primeros en inolvidable tercer juego decidido en el décimo inning.

Dinastía de Industriales

Las Series de 1963 (II), 1964 (III), 1965 (IV) y 1966 (V) vieron coronarse a los Industriales de Ramón Carneado. Durante cuatro exitosos años, el paso arrollador de los azules estableció récord, pues todavía ningún otro equipo o mánager ha logrado el título esa cantidad de años de manera consecutiva.

Para la quinta versión de la justa cambió la cantidad de equipos contendientes de cuatro a seis, además, el número de partidos se extendió a 65. Por Granjeros Miguel Cuevas terminó líder de los bateadores al registrar .325.

El industrialista Alfredo Street encabezó los lanzadores con promedio de carreras limpias de 1.09. Sin embargo, el serpentinero de Orientales, Aquino Abreu, estableció quizás la marca más difícil de romper, pues propinó dos juegos sin hit ni carreras de forma consecutiva.

Solo el Orientales de Manuel Alarcón pudo poner fin a la hegemonía industrialista en la sexta Serie. El estelar lanzador inmortalizó la frase; “cierren la trocha y que salga el cocuyé” tras la victoria de su equipo sobre los multicampeones de Cuba en el juego final de la temporada.

Con otra nueva estructura comenzó la séptima Serie Nacional. Ahora cada provincia, de las seis que existían en aquel entonces, contaría con dos selecciones, para un total de 12 combinados.

Así se jugó durante cinco años, en los cuales obtuvieron el gallardete Habana, Henequeneros y Azucareros, estos últimos por partida triple en un lustro. Aquino Abreu, José Antonio Huelga, Rolando Macías y Silvio Montejo devinieron garantías de triunfo para los del centro del país al romper con la hegemonía de occidente.

Luego de siete años sin saborear el triunfo, Industriales alzó la corona al finalizar la XII edición dirimida a 78 juegos debido al incremento de dos nuevos equipos, lo cual significó 14 escuadras disputándose el torneo. Manuel Hurtado lideró el staff azul y ofreció garantía de triunfo al mánager capitalino Pedro Chávez.

La década de los setenta representó una etapa de consolidación de las Series Nacionales. A esas alturas, la competición se había convertido en el espectáculo más seguido y esperado por la afición en cada rincón de la isla. En la temporada 77-78 crecieron nuevamente los equipos, esta vez con presencia de 18 selecciones debido a la nueva división político-administrativa aplicada en el país.

Cada territorio contó con un representante, salvo La Habana, Pinar del Río y Matanzas, provincias constituidas por dos conjuntos. Eran los tiempos de Braudilio Vinent, quien en la XII campaña lanzó para 0.85 PCL, con siete lechadas y 17 juegos completos para la causa de Serranos.

Asimismo, Rigoberto Rosique, de Henequeneros, Antonio Muñoz, de Azucareros y Wilfredo Sánchez, de Citricultores, brillaban madero en mano al encabezar los principales departamentos ofensivos en la década.

La era de “La Aplanadora”, Vegueros y Henequeneros

Santiago de Cuba comenzó 1980 regalando a su afición en la XIX Serie el primero de muchos títulos que obtendría “la tierra caliente” en estos clásicos beisboleros. El timonel Manuel Miyar supo dirigir a luminarias de la talla de José Luis Alemán, Enrique Cutiño, Modesto Larduet y el propio Vinent,el Meteoro de la Maya, en el camino a la gloria.

Pedro José Rodríguez, con la franela de Cienfuegos, sacudió 18 cuadrangulares, al tiempo que el capitalino Rodolfo Puente, con Metropolitanos, obtendría la corona de bateo.

Vegueros retomó la senda del triunfo de la mano de José Miguel Pineda y luego con Jorge Fuentes, quienes supieron dirigir un encumbrado staff de lanzadores compuesto por Rogelio García, Jesús Guerra, Maximiliano Gutiérrez, entre otros. Con tales credenciales, los pinareños dominaron la década a sus anchas. Solo pudieron romper con esa hegemonía Villa Clara, Citricultores e Industriales, este último, en inolvidable juego final disputado en el Estadio Latinoamericano en 1986 y decidido sensacionalmente con jonrón de Agustín Marquetti.

Por su parte, Henequeneros irrumpió en los 90´ de forma espectacular. Par de veces los matanceros mayorearon al resto de los rivales y se agenciaron la corona del campeonato. Gerardo “Sile” Junco devino profeta en su propia tierra. Otro Junco, Lázaro, se erigió líder ofensivo por los de la Atenas de Cuba al despachar 17 pelotas en la Serie de 1991, mientras el zurdo Jorge “Tati” Luis Valdés lucía inmenso en el montículo.

El Villa Clara de Pedro Jova en la Serie Nacional

A partir de 1992, Industriales y Villa Clara se alternaron la cima indiscutible de la Serie nacional. Los azules, dirigidos por el mítico Jorge Trigoura, reeditaron el título en la XXXI edición, luego, bajo el mando de Pedro Medina conquistaron el gallardete en 1996, pero en ese lapso, los villaclareños de Pedro Jova establecieron una seguidilla de tres campañas en la cumbre y solo los propios capitalinos evitaron a los del centro del país igualar la hombrada de cuatro coronas al hilo establecida en los sesenta.

La aplanadora santiaguera de inicios de los 2000 apabulló a cuanto rival se cruzó en su camino, mientras Holguín lograba la hazaña por vez primera en nuestros campeonatos domésticos.

Omar Linares brilló a la ofensiva y poco a poco fue tejiendo la leyenda que luego le consideraría entre los mejores peloteros que han desfilado por las Series Nacionales, junto a él, Orestes Kindelán, Víctor Mesa, Antonio Pacheco, Orlando “el Duque” Hernández, Lázaro Junco, Javier Méndez y muchos etcéteras, imposibles de nombrar en estas líneas debido al espacio, protagonizaron la llamada generación dorada de la pelota revolucionaria que ya venía forjándose desde mucho antes.

En aquellos años noventa, salvo Henequeneros, toda la gloria se la repartieron los llamados cuatro grandes: Pinar del Río, Villa Clara, Industriales y Santiago de Cuba. Dueños absolutos de las postemporadas.

Sin embargo, a finales de la década, se tomó quizás la peor decisión salida de las oficinas de los dirigentes del deporte de las bolas y los strikes en Cuba, la de efectuar un retiro masivo de peloteros. En aquel horror, más que un error, terminaron sus carreras atletas que todavía se hallaban en plenitud de facultades.

Una nueva etapa llegó con el nuevo milenio y con una realidad no tan halagüeña. A partir de los años dos mil y hasta la actualidad ha protagonizado un descenso considerable. Los motivos resultan disímiles y basta con regresar al pasado para darnos cuenta de las pérdidas y no solo en cuanto a resultados internacionales.

Solo conocer el pasado y rectificar el presente garantizará un mejor futuro para la pasión de los cubanos.

Bibliografía utilizada

Rogelio A. Letusé La O (2015). Aquí se habla de grandes. Tercer inning. La Habana: Editorial José Martí

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