“La verdad es tan loca y complicada como todos nosotros”, garabateó el periodista norteamericano John Katzenbach. Y es que nuestro mundo está lleno de verdades; verdades en sus diferentes acepciones y ámbitos. Para nosotros, los cubanos, es verdad, por mencionar dos ejemplos, que el deporte está en decadencia y que la Serie Nacional de Béisbol hace más paradas que un ómnibus de transporte urbano.

Hay verdades que se omiten para siempre, otras que se manosean para luego quedar en el olvido y unas más que se reiteran hasta el cansancio. Dentro del segundo grupo está la asistencia de público a las instalaciones deportivas en Cuba; tema que, al parecer, resulta intrascendente, porque (casi) nadie se detiene en ese fenómeno.

Observar un juego sin personas en las gradas es tan (pero tan pero tan) aburrido como La Habana sin su Malecón, Nueva York sin su Estatua de la Libertad, París sin su Torre Eiffel o Las Vegas sin sus eternos vicios. Si importante son las medallas en eventos internacionales, el nivel de los deportistas en cada modalidad, o dominar unos Juegos Centroamericanos y del Caribe, punto medular debe resultar la presencia de los fanáticos para aupar a los suyos o contrariar a los rivales. Sin medias tintas; no importa el deporte; no interesa la provincia o el municipio; no concierne el uso horario.

Si bien es cierto que la pelota, nuestra supuesta joya, no pasa por un buen momento en materia de asistencia, también lo es que el baloncesto marcha aún peor. Qué difícil se ha hecho ver público en los tabloncillos. Es como si el llamado deporte ráfaga no organizara su Torneo Nacional de Ascenso, ni la fase clasificatoria ni la semifinal de la Liga Superior (LSB). Son casi lides fantasmas; sin bulla, sin carteles bien o malescritos, sin espectáculo a su alrededor.

El calor en el graderío se resume en la final, tal y como pudimos percatarnos en los días iniciales de este mes de abril. Gracias a la vida (esa que nos ha dado tanto) que últimamente Los Azules de Capitalinos, y Los Búfalos de Ciego de Ávila -titulares en este 2016-, tienen un complot entre ellos para siempre discutir el banderín. Ambas zonas geográficas se enorgullecen de sus selecciones y se esfuerzan para animar a los protagonistas. No obstante, ese plato -la final- requiere de más sazón. Es imposible chuparse los dedos con un potaje de chícharo sin un trozo de hueso y algún que otro condimento.

Saben aquellos que ahora peinan canas que el panorama en la década del 90 era diferente. La LSB resultó el único torneo doméstico capaz de tutear al béisbol en lo concerniente a la presencia de la marea humana en las instalaciones. Ese ambiente festivo llegó a los albores del siglo XXI: se llenaban las butacas de la Ramón Font, de la Aurelio Janet, de la Giraldo Córdova Cardín, de la Alejandro Urgellés….

En cambio, los motivos para la ausencia de personal sí pululan -ahora que la palabra anda de moda- en la actualidad: falta de espectacularidad, bajo nivel de algunos equipos, escasa divulgación, exigua confrontación con baloncesto extranjero -hasta hace muy poco-, incluso, carencia de canchas con un mínimo de decoro. Inaudito resulta suspender temporalmente un juego en una sala techada… ¡a causa de la lluvia! Guantánamo fue sede de tan impensado conflicto.

La historia siempre se debe tener en cuenta. Ella dicta que el cubano gusta de todo lo relacionado a combates o batallas: boxeo, judo, lucha, taekwondo, alguna que otra trifulca en el béisbol, las colas, hacer trámites…, pero aunque los metros del baloncesto no son un octágono de Artes Marciales Mixtas o un cuadrilátero para pugilistas, tampoco albergan mucha delicadeza. Hay un poco de furia y otro poco de fiereza, un poco de codos y otro poco de rodillas en sus acciones; hay forcejeo, y al cubano le gusta forcejear -al menos estamos acostumbrados a ello.

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FOTO: Hansel Leyva

La situación hace que nos hagamos algunas preguntas, básicas todas. ¿Por qué no se indaga sobre el asunto? ¿Quiénes son los culpables? ¿Por qué tan poca información sobre los torneos? ¿Cuánto habrá que esperar para sentir gritos, gritos de muchos, en un juego de clasificatoria? ¿Acaso no es necesario e importante el público en los deportes?

Todo pasa por el insuficiente apoyo que recibe esta disciplina -como tantas otras- en muchas ocasiones. Las mentes se quedan en blanco y se olvida la medalla de bronce olímpica de los hombres en el lejano 1972, o los títulos de las féminas a nivel panamericano y centroamericano.

Un ejemplo verídico. A finales del año pasado, el equipo Capitalinos, campeón del 2015 y actual subtitular, no pudo realizar su chequeo de emulación. La falta de recursos y de un espacio decente para cumplir ese cometido privaron de la actividad a los muchachos del DT Raynel Panfet, un grupo que marcó record de victorias y derrotas la temporada en que se coronaron.

El pasado 15 de marzo, Industriales, selección insignia del béisbol nacional, organizó su chequeo de emulación. Dicen que aquello fue por todo lo alto. La idea no es quitarle a nadie, sino darle un poquito a todos, aunque soy consciente de que la disciplina de las bolas y los strikes siempre tendrá su cuota de privilegio -bien merecido lo tiene. Pero, ¿era demasiado engorroso cumplir con los dirigidos por Panfet? ¿Hablamos de millones de pesos cuando nos referimos al costo total de ese tipo de encuentros? ¿No atenta eso contra los deseos de los deportistas, contra la calidad posterior de las competencias?

Ojalá todo cambie para bien y las familias lleguen a las polivalentes para ver baloncesto; que mamá, papá y nene, juntos y de la mano, tomen una ruta de transporte urbano, sin pensar en sus múltiples paradas y entren, con total naturalidad, a las instalaciones. Sea entonces todo con la misma simpleza y naturalidad con que Stephen Curry, el tipo raro de los Golden State Warriors, dispara sin calibrar la mirilla, sin frenar la carrera, sin esforzarse. Curry es pura confianza. Eso necesita nuestro baloncesto en elevada dosis, confianza perenne, para no demorar más su crecimiento.