El VII Campeonato Nacional de béisbol categoría sub-23 ya venció la mitad de su corto calendario clasificatorio de apenas 15 partidos, en medio del desinterés de la gran mayoría de los aficionados a este deporte.

No es sorpresa que los estadios estén vacíos a pesar de tratarse de un torneo donde se pueden ver en acción a las futuras estrellas beisboleras de este país. Muchos factores que van desde la poca atractiva estructura de competencia hasta una pésima promoción en los medios, unido al sinnúmero de deficiencias mostrados sobre el campo de juego en gran parte de los desafíos, han boicoteado lo que debería ser uno de los eventos más importantes dentro de la pirámide de desarrollo de nuestros atletas.

Pocos amantes de este maravilloso pasatiempo están dispuestos a recibir un producto de tan baja calidad, donde pululan los errores y la mayoría de los lanzadores regalan bases por bolas a diestra y siniestra, empañando el espectáculo.

En los 60 partidos que se han disputado en esta primera mitad del sub-23 ya se han cometido 177 errores (casi tres por juego) para un bajísimo average defensivo de 953, donde hay equipos como Artemisa que archiva la friolera de 22 marfiladas.

Las pifias que van a los libros de anotación han provocado 135 carreras, pero por los errores mentales, el bajo pensamiento táctico, y las decisiones desacertadas, nunca sabremos cuantas se han marcado de las 446 globales, en un torneo donde se batea colectivamente para un anémico 238.

Desde el montículo se han concedido un total de 456 pasaportes gratis y se han propinado 106 pelotazos, unos números que sin dudas son escandalosos cuando los protagonistas tienen edades superiores a los 20 años, con el agravante que estamos hablando de pleitos pactados a siete capítulos.

¿Por qué suceden estas cosas en un país donde el béisbol es deporte nacional y los peloteros se dan como la mala yerba en cualquier rincón, donde han mostrado su calidad a través de los años y continúan triunfando en ligas extranjeras incluyendo la Gran Carpa?

Más allá de la constante emigración de atletas cada vez desde edades más tempranas, y de la ausencia de muchas de las principales figuras en su posición producto de este flagelo, estos peloteros que ahora vemos sobre la grama en el sub-23 tienen una deuda tremenda con el terreno, y por eso deben quedar exentos de culpa.

Recordemos que desde el 2019 no se había podido efectuar este campeonato por el impacto de la pandemia, que la gran mayoría de ellos no son regulares en sus equipos de la serie nacional, que los torneos provinciales no se están celebrando, y que si juntamos todos los partidos oficiales que han jugado en sus vidas desde las categorías infantiles, posiblemente muchos de ellos no lleguen a un número de tres cifras.

De ahí el llamado poco oficio que tantos nos golpea también en categoría de mayores, las erradas decisiones en situaciones especiales de juego, la inefectividad bajo tensión, y los pocos recursos con los que cuentan a la hora de enfrentar retos mayores.

Y ahora, ¿qué resolvemos con 15 partidos de pelota del sub-23, por demás a siete entradas y en horario de la tarde cuando apenas les queda tiempo para al menos, entrenar y pulir las herramientas que tienen? ¿Cómo vamos a pedirles que estén a la altura del béisbol que se juega hoy en día en el mundo cuando la gran mayoría serán eternos novatos?

Cierto que la situación económica del país es en extremo compleja y que esto es mejor que mandarlos a casa, pero tenemos que estar conscientes que estas ecuaciones no se resolverán por estos caminos, y por lo tanto tendremos que seguir recibiendo este producto defectuoso, donde los peloteros son víctimas y nosotros, los amantes de este mágico deporte, los más afectados. Nos vemos en el estadio.

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