Lejos de una obra de ficción hollywoodense, el béisbol cubano le hace guiños, más bien, a las tendencias estalinistas, en las que el silencio, la sumisión y lo políticamente correcto pululan a la orden del día. Hannibal Lecter, lejos de desangrar a sus víctimas, se dedica a callarlas, culparlas y hasta sancionarlas por el más mínimo de los absurdos posibles.

Es entonces cuando no queda más remedio que acatar las órdenes de quienes determinan aplastar la libertad de expresión o, simplemente, manejarla a su antojo. Las víctimas más recientes del recio Reglamento de la Serie Nacional de Béisbol, Andrés Hernández y Alexis Varona, así han de hacerlo, sin más remedio que bajar la cabeza y callar.

De Industriales el primero y de Sancti Spíritus el otro, incurrieron, según la Comisión Nacional de la Disciplina, en la “violación de lo establecido en torno a las relaciones con medios no reconocidos por las autoridades del evento”, hecho que les costará cinco partidos de sanción a cada uno.

En el caso de Andrés Hernández, una escueta nota firmada por la Comisión y publicada por el diario Jit, explica que uno de los mejores bateadores de la temporada ejerció una acción promocional en favor del sitio web Por la Goma, que realmente no es más que una página de Facebook dedicada por entero a la actualidad de la pelota cubana, específicamente a Industriales.

Mientras, sobre Varona se explica muy someramente que ofreció declaraciones al medio. Según el Reglamento de la Serie Nacional, ambos violaron el Artículo No. 11 Sobre las relaciones con los medios de comunicación. La decisión de tomar medidas con ambos atletas, si bien injusta, encuentra amparo legal en las normativas que rigen el evento y que cada mentor debió aprobar en el Congresillo técnico previo al inicio del certamen.

De manera que poco o nada se puede hacer al respecto, salvo constatar el profundo estado de decepción reinante por parte de la afición y de la prensa deportiva, oficial o no, ante las grotescas medidas. Sin embargo, lo que realmente llama la atención es el interés de las autoridades del deporte en Cuba por silenciar cualquier atisbo de disensión y, peor aún, obstaculizar el trabajo de la prensa.

El asunto no es nuevo, ni mucho menos exclusivo del periodismo deporte y analizar el fenómeno en su gran amplitud llevaría un espacio del que no disponemos en estas líneas. Empero, llama la atención el encabezado del Artículo 11 del citado Reglamento, encargado de establecer las pautas:

Las relaciones con los medios de comunicación y la presencia individual en las diversas plataformas de internet tienen que establecerse a partir de un alto grado de responsabilidad, y con la premisa de posicionar mensajes favorables a Cuba y su deporte ante la opinión pública.

Es decir, no se hace referencia a compromiso alguno con la sinceridad ni la transparencia, elementos básicos que, junto al respeto y la ética, deben protagonizar la relación entre los atletas y entrenadores con la prensa.

Por otro lado, las normas exigen suprimir cualquier tipo de publicidad, a no ser que la autoridad correspondiente lo estime conveniente, y aconsejan evitar comentarios fuera de cámara a los periodistas que puedan generar otros matices de opinión que no sean “favorables a Cuba”.

¿Realmente es favorable a Cuba sancionar a dos peloteros por el simple hecho de ofrecer declaraciones a medios de prensa cualesquiera que estos sean? La pregunta prácticamente se responde sola y de hecho no, no favorece a Cuba en lo absoluto. Todo lo contrario.

En momentos donde el contexto político, económico y social es desfavorable, para los cubanos, hechos como estos refuerzan el descontento y el disgusto hacia las instituciones, supuestamente encargadas de velar por la buena salud del béisbol, en el caso que nos ocupa.  

El béisbol cubano, una vez más, se dispara al pie. De pregonar su “consulta popular” de hace unos meses atrás para reconstruirlo entre todos, ha pasado a exigir “el silencio de los corderos” a quienes lo viven a diario en los terrenos.

Cuando el reglamento se convierte en una herramienta de censura, más que de organización lógica para el campeonato, pierde su sentido disciplinario y se vuelve un panfleto amenazante en manos de burócratas. La pelota en Cuba, quién lo duda, se parece mucho a la vida.

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