¿Estará situándose el fútbol como el nuevo pasatiempo nacional? Las calles y terrenos hablan por sí solos. Aunque, más bien, deberíamos decir que el más universal está recuperando su puesto, pues hace unos cuantos años era la pasión número uno de la afición deportiva cubana.

Clubes de primer nivel de gira por la Isla, ocho cubanos en las filas del Madrid, y la selección nacional colada en los cuartos del mundial. Apenas imaginar semejantes sucesos en la actualidad sería una locura. Sin embargo, esas son algunas metas que ya fueron cumplidas por esta Isla a inicios del pasado siglo.

Fue en 1907 cuando comenzó a introducirse el fútbol en la mayor de las Antillas, y solo tres años después se conformaba un organismo para amparar el nuevo juego en el país. Para la década del veinte, ya era el deporte predilecto de los cubanos y la prensa se hacía eco de todas sus peripecias.

El Rovers, compuesto en su mayoría por jugadores de origen británico, sería el club que se adueñaría del primer campeonato en 1912; seguido al año siguiente por un Hatuey donde predominaban los criollos. Sin embargo, fueron los equipos fundados por la inmigración española, muy numerosa en aquel entonces, los que dominaron el panorama por las siguientes décadas.

Centro Gallego, Iberia, Juventud Asturiana, Hispano y Fortuna eran los más destacados, dando lugar estos dos últimos al clásico del fútbol cubano. Algunos incluso jugaban de “tú a tú” contra combinados europeos de máxima categoría. Equipos históricos como el Real Madrid, el Atlético, el Nacional de Montevideo y el Espanyol de Barcelona, se dejaban caer por la Isla para jugar amistosos con sus pares cubanos.

El club Hatuey destacó por estar conformado, mayoritariamente, por cubanos.

Durante décadas, y desde su misma llegada, el más universal en Cuba vivió un impetuoso desarrollo. Cuando en La Habana una división dejó de ser suficiente, rápidamente se procedió a formar la segunda.  La cantera parecía crecer a la par de la demanda y con frecuencia aparecían nuevos clubes, con su respectiva afición enardecida y simbología propias. Ciertamente estaba calando hondo en el grosor de la población, no menos que en países que luego devendrían en grandes como España o Brasil.

“Se prohíbe hablar de fútbol”, así rezaban los carteles que colgaban en algunos establecimientos, en un intento por evitar que el entusiasmo futbolero entorpeciera los negocios. No obstante, otras veces serían interrumpidos de buen grado, como sucedió en 1927 durante una visita del Espanyol, cuando los comercios de la capital cerraron sus puertas al mediodía. Por unos cuantos pesos, sus dueños decidieron no privar a sus empleados –ni a sí mismos– de la dicha de ver al mítico Zamora bajo los tres palos.

Ciertamente fueron muchos los españoles que deleitaron a la afición antillana, entre ellos vale destacar al adorado Gaspar Rubio, quien lo tuvo todo para ser el mejor futbolista de su tiempo. Pero, para su desdicha profesional, su carácter rebelde e imprevisible se reflejó en la inestabilidad de su carrera. Tal era la naturaleza del delantero valenciano que, iniciando la década del treinta y estando aun en la plantilla del Madrid, protagonizó una huida espectacular, enfiló a La Habana y vistió por una temporada la camiseta del Juventud Asturiana.

De igual manera otros tantos cubanos pateaban el balón en los estadios de España, ocho de los cuales lo hacían en el equipo “merengue”. Entre ellos, Jesús Alonso Fernández –“Chus” Alonso para los fans–, quien llegara a ser uno de los artilleros históricos del equipo con 56 goles.

Pero fue en 1938 cuando el fútbol cubano alcanzaría su pico histórico, al competir por la Copa Mundial en suelo francés. Hay que decir que la clasificación al campeonato estuvo lejos de ser hazaña alguna, ya que las selecciones americanas más importantes, con la excepción de Brasil, se habían negado a participar como protesta por la elección consecutiva de otro país europeo como sede. También faltaron combinados europeos como España y Austria, imposibilitados de asistir debido a una guerra que aún no comenzaba de forma oficial. Matizado por el convulso panorama del momento, los cubanos hacían su entrada en un Mundial donde la tensión se haría sentir en cada juego.

El sistema utilizado constaba de una fase de eliminación directa a partido único entre los 16 participantes. En caso de empate se pasaba a una prórroga de 30 minutos. Y si el marcador seguía igualado, se debía disputar otro partido de desempate.

Cuba debutaría con una sorpresiva paridad a tres frente a Rumanía, con gol en último momento de Juan “el romperredes” Tuñaz, imponiéndose para mayor sorpresa por dos goles a uno en el siguiente encuentro. Ello, a pesar de faltarles el portero Benito Carvajales, quien —en inaudito y repentino cambio de oficio— en lugar de disputar el juego prefirió comentarlo para la radio cubana. Resulta difícil imaginar el rostro de los aficionados en la Isla al percatarse de que, quien debía impedir los goles del contrario, era quien les relataba los pormenores del partido.

El Centro Gallego aportó cinco jugadores en la única incursión mundialista de Cuba.

Tan solo tres días después, sin tiempo para reponerse ni asimilar el entusiasmo, los criollos caerían víctimas de un calendario desfavorable y una Suecia arrolladora. De ocho goles a cero fue la paliza que nos sacó de nuestro primer, lejano y único Mundial. En la final, una Italia vestida de “camisas negras” se alzaba con el trofeo.

Con la paliza mundialista, quizás, podría comenzar a escribirse el descenso del fútbol en la Isla. La llegada de cubanos a las ligas profesionales de Estados Unidos y México, la consolidación de una Liga cubana repleta de estrellas y que asimilaba a su vez a jugadores foráneos, terminó por imponerse entre los aficionados y desbancar al que fuera, a inicios de siglo, el mayor espectáculo deportivo entre los cubanos.

Ya entrada la década de los cuarenta, el béisbol suplantaría al fútbol en popularidad y veinte años después el INDER tomaba las riendas del deporte en la Isla. En las siguientes tres décadas el fútbol cubano obtendría cierta relevancia dentro del área caribeña, pero la continua migración de sus jugadores haría descender su calidad constantemente. En esa misma época la televisión cubana comenzaría su actual romance con las ligas europeas y la selección nacional se convertiría en fantasma de algunos fanáticos.

Al día de hoy —televisión mediante— ha regresado con fuerza la pasión por el más universal, aunque los ídolos actuales están del otro lado del océano. Según muchos entendidos, en Cuba se ve un talento en bruto similar al de los países que encabezan este deporte. Nadie quita que con las oportunidades y condiciones adecuadas (inherentes a una apertura total) el fútbol cubano de hoy haga honor a lo que fue en aquellos buenos tiempos.