No es suficiente la barrida de los leñadores tuneros a los cazadores artemiseños, ni su despiadada ofensiva colectiva en esta segunda etapa (532-182, AVE 342). No se roban titulares las 41 victorias que han logrado, ni las anclas que han tirado en la cima de nuestra serie nacional. Los debates y las interrogantes viajan todas en la misma dirección, sobre la misma ciudad, sobre el mismo director, sobre el mismo equipo: Los azules de Industriales.

Los leones de la capital siguen hundidos en el letargo, ¨el equipo insignia¨ ahora mismo es un hervidero de dudas, un amasijo de improductividad e ineficiencias, de falsa estirpe y estrés multiplicado.

Rebasados tres partidos más allá del primer tercio de la segunda etapa y aún no han podido ganar una subserie particular. Sus escuálidas estadísticas interpretan en números, la debacle inexplicable de sus aspiraciones y de su rendimiento general.

El bateo colectivo, aunque ha mejorado un poco en los últimos días, promedia para 261 (578-151) y la producción de extrabases es muy poca (30), datos que solo los vegueros de Pinar del Rio, los tienen peores.

En el área de los lanzadores, la misma epidemia, los contrarios les han anotado 94 carreras limpias en 142.2 entradas de actuación, para un alto promedio de 5.94 por partido.

Pero, ¿Cómo es posible que estas cosas les estén pasando a los leones de la capital? ¿Dónde buscamos culpables? ¿En la dirección? ¿En el entrenador de bateo? ¿Es culpable el coach de picheo o el de la tercera base? ¿El preparador físico o el que reparte la merienda?

Ocurre que en esta versión felina de los azules todas esas personas son uno solo, todo lo hace una sola persona, lo monopoliza uno solo, lo dirige y lo canaliza, lo controla y lo guía, lo manda y lo mueve uno solo: El profe Víctor Mesa.

En su pequeña dictadura azul las cosas no están funcionando, y aunque muchos agradecidos que siguen llenando las gradas de su estadio, no lo quieran aceptar, ¨el profe¨ tiene que llevarse las críticas y el descrédito.

Víctor era ya, desde hacía algún tiempo, el centro de las polémicas beisboleras en Cuba. Pero, ¿ahora es este el rostro de los Industriales?

Víctor era ya, desde hacía algún tiempo,
el centro de las polémicas beisboleras en Cuba. Pero, ¿ahora es este el rostro de los Industriales?

Cierto es que son los peloteros los que tienen un bate y una pelota en la mano, los que están en el terreno de juego, los que hacen errores y abanican al aire, pero el que mueve los hilos, el mismo que mueve jardineros de posición constantemente sin razón aparente, el que ordena sacrificios con un out en la pizarra, el que no le encuentra los pies ni la cabeza a una alineación regular, el que cambia por caprichos y por instintos todo lo que no debe ser cambiado, el que no deja parpadear a lanzadores abridores, el que ruge en los oídos de bateadores claves y hace temblar la banca y las aspiraciones con su ansiedad y su pasión excesiva, tiene que responder por lo que está pasando en el terreno.

Víctor Mesa sin uniforme tiene muchos aciertos, una vez me lo dijo mi amigo Fernando Sánchez, el toletero yumurino, «cuando esta vestido de civil es una persona y cuando se pone el traje de pelota cambia», y tiene toda la razón. El béisbol es cosa seria, no acepta improvisaciones ni se guía por clarividencias ni por destellos divinos, es un deporte donde es necesario el análisis serio, el estudio del contrario con basamentos reales, la interpretación de la historia y de los números estadísticos, la confianza en el atleta y la alimentación diaria de la psiquis individual y colectiva. En el béisbol no tienen cabida los brujos ni los adivinos, los gitanos ni los profetas, los santos ni las bolas de cristal.

Ahora los Industriales vagan sin rumbo fijo, han caído a la cuarta posición en la tabla de posiciones y solo lo salva el sistema de competencia, la debilidad de Artemisa y el paso decepcionante de los vegueros de Pinar del Rio.

Los aficionados siguen atónitos y seguirán acudiendo en masa al estadio esperando un milagro o una reivindicación divina, mientras, los tuneros siguen haciendo leña de los arboles caídos, el cocodrilo espera paciente con la boca abierta en el pantano, los alazanes siguen desbocados por los pastos y el león esta triste y azul, porque en sus ojos, una lagrima hay. Nos vemos en el estadio.