El pasado 1 de febrero de 2018 el periodista argentino Juan Mascardi recibió el Premio Iberoamericano de Periodismo, otorgado en la XXXV edición del consurso de los Premios Rey de España, por su crónica “Farré, el jugador que se había olvidado de hacer goles”, publicado en el diario La Voz del Interior, de Córdoba. Play-Off Magazine se une a las felicitaciones para el autor y reproduce este excelente texto deportivo.

Por Juan Mascardi

Nunca había estado en el Monumental. El jugador, sin destino de verdugo, pisó por primera vez el Coliseo argentino y se apropió de los silencios. Los hizo suyos. Fue flecha y arco. Velocidad y decisión. Voluntad y empeño. No hubo oráculos ni prestidigitadores ni ilusionismo ni videntes. El deportista tuvo una revelación, propia de un libro de autoayuda. La repitió hasta el hartazgo. El hombre, que se había olvidado los goles en su propia infancia, se habló a sí mismo. Se escuchó. Y los demás lo oyeron. “Voy a meter un gol”. Él se creyó.

La pelota baja del cielo con un movimiento defectuoso. El jugador jamás le quita la vista. Y le pega con el cordón del botín derecho. El hombre y el infinito. La eternidad. Un punto en el espacio que contiene todos los puntos. Flashes. Montaje paralelo de la gloria y del ocaso. El roce de la esfera, símbolo perfecto, describe una parábola casi matemática. “La sentí hermosa”, me dice. Después del éxtasis, del grito que exterioriza los nervios contenidos, del vuelo en tierra alrededor de un arco pulverizado, Guillermo Martín Farré mira hacia la popular donde hay un puñado de seguidores de Belgrano y se golpea tres veces el pecho. Fui yo, fui yo, fui yo.

La información que quedará en la historia gracias a la videomanía colectiva será parcial. Será un punto cúlmine, una pulsión, un cross a la mandíbula, un electroshock colectivo. Será, como para los montañistas, la foto de la cumbre en un cerro interminable. No habrá pasados ni afectos. No habrá caminos que se bifurcan ni senderos en subida. Será, ni más ni menos, que ese instante. La anécdota que repetiremos todos según nuestro punto de vista. Una leyenda que, a través del tiempo, sumará más testigos presenciales que la capacidad real del estadio más grande de Argentina. El día que River Plate se fue a la B vi el gol agazapado en el mismo sillón donde ahora está sentado Guillermo.

En Córdoba lo bautizaron como San Farré. En la provincia mediterránea, de tonada alegre, cuarteto y sierras se ignora la hegemonía porteña. Los ídolos son autóctonos. Los famosos, esos que firman autógrafos en servilletas, se les perdonan multas de tránsito y se sacan fotos con los niños como Papá Noel en los centros comerciales, adquieren un peso sustancial fronteras adentro. Fuera de Córdoba pueden ser perfectos desconocidos. ¿Pero qué hace que un futbolista rústico, de una extrema regularidad, que corre en el mediocampo defendiéndose a las patadas sea uno de los ídolos máximos del balompié cordobés?

Cuando la fama es involuntaria

Nunca fue campeón. En un histérico fútbol posmoderno, donde se compran y venden jugadores como esclavos y el valor del amor a los colores del club es patrimonio exclusivo de los hinchas, la trayectoria de Farré va en contramano ya que sólo jugó en dos equipos: Central Córdoba de Rosario (2001-2007) y Belgrano de Córdoba (2007 a la fecha). El mediocampista es invisible, no lo compran, no lo venden, todos los necesitan. Su juego suele pasar inadvertido para la crítica deportiva. Habitualmente, los comentaristas dicen que su desempeño fue “regular” y lo califican con 6.

Cuando llegó a Córdoba nadie lo conocía. Pancho Ferraro era el DT de Belgrano. Su preparador físico, Rubén Olivera, le pidió referencias a un periodista de Rosario porque necesitaban como refuerzo a un volante de marca, que pudiera jugar por los laterales, que fuera colaborativo con el equipo, que tuviera regularidad y liderazgo entre los más jóvenes. El periodista, hincha de Central Córdoba, no dudó y recomendó a Guillermo Farré. “Es una excelente persona, no es conflictivo, equilibra al grupo adentro y afuera de la cancha”. Farré arribó en 2007 para jugar como suplente en el Torneo Nacional B, la segunda categoría del futbol argentino, se fue a vivir a un departamento muy pequeño en la zona de la terminal de ómnibus y no fue la tapa del diario La Voz del Interior.

Del perfil subterráneo a la explosión absoluta del gol que le dio el ascenso a Belgrano a la Primera División existe una distancia cuantificable en tiempo y espacio. El jugador se consolidó como titular, se casó con su novia de siempre, se mudó a una casa más linda, los hinchas cordobeses lo empezaron a reconocer, fue papá de Salvador, jugó dos finales por el ascenso y vio pasar por el banco de suplentes a siete directores técnicos: Francisco Ferraro, Mario Gómez, Dalcio Giovagnoli, Omar Labruna, Jorge Guyón, Luis Sosa, hasta el actual Ricardo Zielinski. Farré jugó siempre y en las posiciones que le pidieron, incluso fue capitán en dos periodos. Los técnicos pasan, Farré queda.

No hay argumentos para explicar cuándo y cómo se olvidó de hacer goles. Hay un pasado muy lejano en el potrero de la calle 9. Allí lo bautizaron como “Espi”, un apócope argentinizado de “Speedy” González, el ratoncito mexicano de la Warner Brothers que se caracteriza por su velocidad extrema. Espi, en el potrero y en El Fortín de Colón, jugaba de volante derecho. Sus características: habilidad, buena pegada, proyección, gol y —en honor al roedor— mucha velocidad. El tiempo hizo que ese niño mediocampista con características fusionadas entre Juan Sebastián Verón y Marcelo Gallardo abandone la habilidad por la destreza táctica y la explosión por la regularidad. Él lo reconoce siendo sarcástico. Riéndose de sí mismo. La asperaza de la vida se coló en la cancha y condicionó un carácter. Farré vive en el césped como juega en la vida. Hasta que un día se convirtió en una celebridad involuntaria.

El festejo de Farré por el gol anotado ante el River Plate. FOTO: Marcelo Carroll.

El jugador que se había olvidado de hacer goles hizo uno que lo cambió todo. Tal vez el santo del ascenso, como en una película de Alejandro González Iñárritu, sólo haya estado en el lugar y en el tiempo exacto. En los filmes del mexicano el sentido del universo se condensa en un microsegundo y los protagonistas de las historias giran alrededor de un evento puntual: un disparo, un beso inoportuno, un choque entre dos autos, el aleteo de una mariposa. Y Guillermo Farré se topó con esa pelota que bajaba del cielo e hizo lo que tenía que hacer. Le pegó con fuerza, con los cordones de los botines, con los ojos abiertos, con una concentración máxima, cayéndose.

El planeta fútbol siguió la trayectoria de la esfera que se coló entre las piernas de Carrizo. Gol de Belgrano de Córdoba. Gol de Guillermo Farré. Fue el tanto del empate que empujó a uno de los equipos más importantes del universo a descender de categoría. Hubo gritos y lamentos. Insultos y adoraciones. Tembló la tierra, sucumbió la historia y en una habitación solitaria Diego Maradona celebró y no pudo abrazarlo. Minutos después, el Dios del fútbol le confesó a Farré telefónicamente: “Fue uno de los goles que más grité en mi vida”.

De goles ajenos

Guillermo Farré nunca gritó un gol de Diego Maradona. La respuesta no es inmediata. Se excusa. Le pesa no ser contemporáneo. No se acuerda del Mundial de México 86. Ni de los goles contra los ingleses. Era muy chico, dice. Piensa. Da rodeos. Viaja a su infancia pueblerina. Pampa húmeda. Colón, provincia de Buenos Aires, a 277 kilómetros de la oficina de Dios —que es argentino pero atiende en Capital Federal. Allí aparecen sus hermanos mellizos y cómplices en el potrero Jorge y Raúl, los vecinos de la cuadra, el Club Atlético Fortín y el deporte envasado que llegaba por TV. Es el año 1996, River Plate se perfila como el mejor equipo del mundo. Está en la final de la Copa Libertadores de América. Guillermo Farré, el 5 de Belgrano de Córdoba que quince años después condenó a los millonarios al descenso, procura confiar en su memoria y encuentra una respuesta errónea. —Los dos goles de Hernán Crespo en la final contra el América de Cali. Hubo uno que fue de chilena. Aquella noche de 1996 Marcelo Pichi Escudero, un trabajador del mediocampo, corrió corrió corrió a lo Forrest Gump, desbordó por el vértice derecho del área grande y cuando parecía que se le terminaba la cancha sacó un centro hacia el punto del penal. Todos miraron el ascenso y el descenso de la pelota. Pero Hernán Crespo la hipnotizó, la invocó y la invitó a su fiesta de la destreza. El 9 saltó hacia el cielo sin pensar en la caída, hizo un movimiento elástico y la empalmó de chilena. Gol de Crespo. Gol de River.

Pero esto no ocurrió en la final de la Copa sino en los octavos. El rival fue el Sporting Cristal de Perú un mes y medio antes del cierre del máximo torneo latino. Farré se confunde con los goles ajenos. Le gusta más jugar que mirar. Y pocos se acuerdan de Escudero. La historia desprecia a los jugadores que entregan su vida al sacrificio y a la voluntad.

Guillermo está sentado en el sillón del living de mi casa. En el lugar exacto donde yo mismo vi y grité su gol contra River en la Promoción por el ascenso a la Primera División. La familia Farré está de paseo en Rosario. Como ocurre al menos dos veces por año vinieron de visita desde Córdoba porque su mujer es la mejor amiga de mi esposa. Mariana es la madrina de mi hijo Bautista y Susana es la madrina de Salvador, el hijo de Guillermo. Todos somos oriundos de Colón. Todos hemos emigrado de la ciudad que está anclada en la pampa húmeda a los diecisiete años para estudiar o trabajar. Los colonenses nos reconocemos afuera del territorio. Somos una especie de plaga diseminada en el continente.

Mi casa se disfraza de jardín maternal y nosotros intentamos hablar de fútbol. Junto al matrimonio Farré llegaron también dos de los tres hermanos de Mariana: Manuel y Andrés Quiroga, fanáticos al extremo de River. Falta Pablo, el hermano mayor porque vive en el País Vasco. Es uno de los ayudantes de campo de Marcelo Bielsa en el Athletic de Bilbao. La historia de los Farré y los Quiroga tiene varios puntos de encuentro que preceden al matrimonio de Guillermo y Mariana. El espacio compartido es el fútbol en el Club Atlético El Fortín, el equipo más humilde de la Liga Colonense que usa los colores del Boca Juniors: azul, amarillo y azul. Allí jugaron en las inferiores los tres Quiroga y los tres Farré. Manuel, exarquero en el team colonense no puede calmar a Salvador que se cagó encima. Le pasa el bebé de cinco meses a la madre y corrige al futbolista. “El gol de Crespo de chilena fue contra el Sporting Cristal de Perú”.

El 5 de Belgrano se rectifica.

—…No lo grité tanto a ese gol. Yo no era hincha-hincha de River de ésos que salen a festejar. Además, el partido lo vi en la casa de Pablo Setevendemia, un amigo. En mi casa no teníamos televisor.

Guillermo Farré no era hincha-hincha de River. No gritaba los goles que viajaban por satélite porque durante toda su infancia no tuvieron televisión. El fanatismo con el balompié no llegó a través de los rayos catódicos. En su infancia no hubo virtualidades de play station sino puro fútbol en el potrero de la calle 9.

Comida con sponsor

Desde su debut en 2002 jugando para Central Córdoba de Rosario en la Primera B Metropolitana —la tercera categoría del fútbol argentino— Farré se consolidó como un volante netamente defensivo con mucha marca. La aspereza en el juego rústico fue una característica que le permitió sobrevivir en el fútbol semiprofesional de las categorías del ascenso y en la vida. Guille comenzó a jugar mientras Argentina transitaba la peor crisis económica de toda su historia. Él también la sintió. Llegar a Rosario en camión, viajar a dedo, intercalar la ropa nueva y comer bien cuando se podía le dieron un temple afuera de la cancha que se potenció cada vez que tuvo oportunidad de jugar.

Farré, en el histórico partido en el Monumental. FOTO: AP

Miga-Miga es una empresa rosarina que catapultó su éxito gracias a envasar sándwiches al vacío. Sus elaboraciones poblaron rápidamente las heladeras de kioscos y estaciones de servicio. La PYME, sponsor de Central Córdoba, fue también una de sus fuentes alimenticias. El club le completaba el sueldo con varios sánguches al término de cada partido. Farré se ríe. Toma mate y se ríe. No quiere comer facturas. Volvimos a mi casa luego de almorzar en el Náutico Rosario, un selecto restorán frente al Paraná. Hoy Farré almorzó muy bien: un típico pescado de río y autografió un plato —como lo hacen todas las celebridades que van al restorán— a pesar del dueño, fanático hincha de River.

Es una charla, una kermés familiar. Hablamos de lo que más nos gusta. Yo estoy grabando a Salvador y a Bautista. Hay llantos de fondo y olor a caca de bebé. Hasta que se me ocurre hacer un chiste y apoyo la cámara sobre dos libros de guión audiovisual. La escena queda registrada.

—¿Pensaste en tus cuñados cuando gritaste el gol?

Apenas pasaron dos meses del ascenso del equipo cordobés. Manuel eleva sus cejas y contiene una sonrisa irónica. Andrés infla los pómulos y su rictus se extiende. Guillermo disfruta. “Viste el festejo del gol. Hay un momento en el que bajo los brazos. Es porque me acordé de mis cuñados”.

En la casa de los Quiroga hubo contradicciones. Todos son fanáticos de River. Por quién hinchar: por el esposo de Mariana o por la pasión de toda la vida. Manuel toma del suelo dos cubos de tela de Bautista y ejemplifica: “Estos son los defensores de River Alexis Ferrero y Juan Manuel Díaz”. Guille emula la pelota Adidas con un globo amarillo y describe el centro que ejecutó el Picante Pereyra. Los cubos de tela se chocan y no pueden rechazar al globo amarillo. El globo cae sobre la pierna de Farré que está apostado en el living y le pega con toda la fuerza. El globo recorre una trayectoria defectuosa de metro y medio y hasta que llega a la mesa. “Le pegué así, de lleno. Vi cómo la pelota entró al ángulo y grité hasta que me acordé de mis cuñados”.

Después del chiste volvemos a hablar de ese instante. El gol de Farré es un hito. Un punto de quiebre. Tuerce a la historia. Los padres del éxito se hunden en su pedantería. El valor del gol es simbólico, representa la consecuencia lógica de un proceso. El 26 de junio del 2011 quedará como el día más negro en toda la historia de River Plate pero el ocaso comenzó mucho antes. La pulverización económica, el desmanejo financiero, la participación activa de los barras bravas en la internas del club, algunos crímenes oscuros y las oscilaciones de un equipo que postergó jugar bien donde y cuando sea son algunos matices que se concentraron el día del partido de la Promoción. Y la llegada del mediocampista de Belgrano para darle de lleno al balón también es fruto de una consecuencia. No hubo dioses ni inspiración divina. No hubo fortuna. Ni buena suerte. A Farré no lo tocó la varita mágica. Ni todo esto es una escena de una película de González Iñárritu. El gol de Farré es la maduración paciente del esfuerzo. La historia, que desprecia a los jugadores que entregan su vida al sacrificio y a la voluntad, tuvo que redimirse.

Nos preparamos para el gol

“A mis hermanos les decía prepárense para mi gol. Yo estaba predispuesto a que esto ocurra”, afirma el jugador que durante el 2011 no había convertido ningún tanto en el Torneo Nacional B. El carácter optimista de Farré parece salido de un libro de autoayuda, pero esa convicción previa lo empujó a hacer algo imprevisible. En un momento del partido, irresponsablemente abandonó la marca de Erik Lamela, uno de los jugadores con más proyección del fútbol argentino, y picó. “Yo no tenía que ir arriba. No sé por qué fui. Hay situaciones en el partido que uno hace cosas sin pensar”.

“Cuando voy corriendo ya veo cómo baja la pelota”, afirma el mediocampista. Con la mano derecha explica su propio trayecto en el césped del Monumental y con la mano izquierda el de la pelota. Mano derecha Farré y mano izquierda pelota se congelan en la atmósfera. “Ahí veo un poste rojo (así denomina al arquero Carrizo). Pero siempre miro la pelota. Si el poste rojo me sale tengo que desviar la mirada… Pero Carrizo —bah, ese bulto rojo— no sale. Se queda. Y yo llego a la pelota cayéndome. Me tiro para pegarle (con la mano derecha dibuja una especie de toma de karate). El movimiento fue como una tijereta, que jamás había hecho en mi vida”. Las manos de Farré se encuentran. Jugador y pelota. El balón ya tiene un destino de gol. “En el momento que le pegué la sentí hermosa”.

El jugador del gol más doloroso de la historia de River no conocía el Monumental. Ni siquiera como espectador. Jamás había ido. Había rechazado una invitación de los Quiroga para ver la final de la Supercopa Sudamericana en 1997, eso fue lo más cerca que estuvo del estadio de Nuñez. Farré, jugador con más de doscientos encuentros en su carrera como profesional, sólo había tenido roce frente a un equipo de la Primera División en la Promoción del ascenso cuando perdieron contra Racing de Avellaneda en 2008. Farré conoce en detalle el barro y la tierra de canchas marginales, con tribunas de madera y vestuarios desvencijados. Su debut en el estadio de River quedó reservado para una ocasión especial. Una serie de dos partidos entre el tercer equipo con más puntos en el Nacional B y el penúltimo en la tabla de los promedios del descenso de la Primera División. Belgrano jugaba por la gloria, River padecía caminar al borde del abismo. El partido en Buenos Aires (1 a 1) fue la revancha que había comenzado en el barrio Alberdi de Córdoba, con el triunfo por 2 a 0 de los celestes.

River no puede descender. La verdad casi absoluta latía en la atmósfera previa al 26 de junio. Un grupo de hinchas riverplatenses hostigaron al plantel cordobés la noche anterior del partido en el hotel NH City donde se alojaban. “Ni con las bombas nos van a poder asustar. Gallinas cobardes”, escribió en su twitter Mariano Campodónico, uno de los jugadores más experimentados. La madrugada fue movida, a las cuatro de la mañana se activaron las alarmas de incendio. Pero la presión no era patrimonio de Belgrano. La revancha de la promoción representaba el final de dos procesos antagónicos. Por un lado, un trabajo consecuente de casi cuatro años en la B Nacional del equipo más popular de la segunda ciudad del país, y por el otro la agonía de un club en estado terminal. “Nos sentimos siempre muy seguros”, cuenta Farré. Guillermo pisó el Monumental y le llamó la atención la apatía de algunos jugadores de la banda roja. Saludando con desgano, sin mirarlos a los ojos. Antes de que arranque, la mayoría de los players porteños subestimaron a los rivales. Al menos, eso sintió Farré.

Como millones de argentinos seguí el partido con tensión y nervios. Sentado en el mismo sillón donde Guille —dos meses después— me cuenta la experiencia. Yo soy hincha de Boca pero esa tarde me sobrepasó el sentimiento de desearle un buen augurio a un amigo que alegrarme por la desgracia ajena. Mi esposa simpatiza con River y decidió encerrarse en una habitación. Mi hijo, Bautista, de casi dos años, se puso la camiseta de Belgrano con el número 5 en la espalda que le había regalado Guillermo en nuestro último viaje a Córdoba y quedó inmóvil a mi lado, absorbiendo ansiedad.

El festejo del Belgrano, al regresar a la primera división del fútbol argentino. FOTO: marcelo Carroll.

Nunca pensé que podía gritar un gol con más energía que el segundo de Diego Maradona a los ingleses en el Mundial 86. Pero esta vez mi grito de gol salió de las entrañas. Fue un grito rojo viscoso delirante cavernario y casi revanchista. Desde la comodidad del sillón, tuve menos visión que el propio jugador de Belgrano. Cuando advertí quién había sido el autor ya estaba saltando y abrazándome con mi esposa y no tuve tiempo ni siquiera de llorar de emoción. Bautista nos miraba con los ojos ampliados como si el hecho de agigantar la vista le permitiera entender de qué se trata esta irracionalidad tan romana. Al igual que Diego Maradona fue uno de los goles que más grité en mi vida. Y nunca jugué un Mundial.

Los diarios, las radios y los hinchas ya hablaron lo suficiente sobre el match. Se contó como un momento épico, como una tragedia griega, como un juego locuaz de ajedrez, como un grito impotente de barras bravas que amenazaron de muerte al árbitro, como un duelo de caballeros, como un acto heroico. Que la falta del Chiqui Pérez a Carusso fue penal. Que Sergio Pezzotta debió expulsar a varios jugadores de Belgrano. Que el Picante Pereyra lo pudo empatar antes. Que Lamela ya estaba pensando en su transferencia al exterior. Que el arquero Olave se agrandó antes de atajarle el penal a Pavone y homenajeó a su primo muerto, el cuartetero Rodrigo. Que Franco Vázquez es el mejor 10 de la Argentina pero no lo tienen en cuenta porque juega en la B. Que Carrizo se paralizó con el enredo entre los defensores. Que la pelota que embocó Guillermo se podría haber ido a lo más alto de la tribuna.

Es cierto. En el terreno de las probabilidades, las chances de que ese disparo de movimiento más desesperado que virtuoso se vaya a la tribuna son altamente mayores a que ingrese al arco. Por varios motivos. Farré no es delantero. Le pegó cayéndose. La pelota tardó en bajar. Su promedio de gol por temporada es menos de uno. El mediocampista está más preocupado por defender su propio arco y siempre le toca marcar al más habilidoso del team adversario. Pero no fue así. Fue golazo. Fue un evento extraordinario. La relevancia de la víctima transforma a Farré en un verdugo global que ingresa al salón de la fama de la elite del fútbol inesperadamente. ¿Pero cómo hubiera sido recordado el volante hiperdefensivo de no haber convertido ese gol? Hay que pensar en Farré antes de los dos partidos de Belgrano versus River.

El hombre que espera

Conocí a Guillermo Farré en un departamento de la calle Zeballos casi esquina Corrientes en el verano de Rosario del 2001. Allí vivían nuestras actuales esposas. Mariana estudiaba el profesorado de biología y Susana soñaba ser ingeniera en sistemas. Mientras, el país se fracturaba. El índice de desocupación arañaba los tres dígitos, aún no habían derribado a las Torres Gemelas, un peso argentino valía un dólar y nosotros nos reuníamos los lunes a la noche para reírnos con Todo por 2 pesos, un programa televisivo de un humor muy extraño. Rosario estaba por parir una de las mayores protestas sociales de la historia y nosotros caminábamos despacio. La recesión económica paralizaba no sólo el movimiento comercial. Se respiraba un clima de tensión contenida, ésa que precede a los terremotos. Guille ni siquiera era suplente en Central Córdoba y venía de digerir su primera gran tristeza futbolística: quedar afuera de Boca Juniors luego de haber entrenado casi medio año a metros de la Bombonera.

“Estuve a punto de abandonar el fútbol”, me dijo. Toda su familia, pero especialmente sus hermanos, apostaron por el futuro futbolístico de Espi. Mientras cursaba el último año de la secundaria en la Escuela Nacional de Colón los mellizos lo acompañaron hacia Buenos Aires hasta tres veces por semana durante el segundo semestre del 98. Guillermo integraba un equipo de divisiones inferiores de Boca que se conocía entre los especialistas como la Generación 80. Con jugadores de la talla de Sebastián Battaglia, Omar Marchant y Clemente Rodríguez, entre otros. Todos triunfaron en el Boca de Carlos Bianchi.

A Boca había llegado desde Newell’s Old Boys de Rosario uno de los profesionales más respetados en el fútbol juvenil: Jorge Bernardo Griffa, el descubridor de buena parte de los ídolos futbolísticos argentinos. Y Farré recuerda las peripecias que hizo para llegar a cada una de las prácticas. Ni él ni los mellizos conocían Buenos Aires. Los llevaban comisionistas, remiseros y hasta hicieron combinaciones de colectivos que hoy no se atreverían a repetir. Nunca lo dejaban sólo a ese pibe de diecisiete años. Sus hermanos, un par de años mayores, esperaban hasta que finalizara la práctica y regresaban a Colón.

La nochebuena del 98 los integrantes de la familia Farré brindaron por la incorporación de Guillermo a Boca. El juvenil debía esperar un llamado telefónico para presentarse en la pretemporada. El 99 arrancó y el teléfono jamás sonó. La familia decidió acompañar a Guillermo hasta el predio donde entrenaban los jugadores juveniles y viajaron a Capital Federal. Guillermo llegó, se saludó con utileros y preparadores físicos a quienes conocía por haber entrenado casi seis meses. Se vistió de jugador pero lo hicieron esperar a un costado junto a varios chicos que iban a probarse por primera vez. Cuando ingresó, Guille recuerda que la rompió, tuvo despliegue en el mediocampo y ordenó el juego. Al finalizar el partido se acercó el gurú del fútbol de inferiores y le dijo las tres palabras más desagradables que podía escuchar: “Gracias por venir”. Así, Griffa comunicaba el final a los miles de chicos que se presentaban en cada prueba. Agradeciendo. Guillermo lloró desconsoladamente. Sus hermanos quisieron pelear. Y los echaron a todos del predio.

Un no. Rotundo. Un golpe. El miedo al fracaso. La etérea vida de los futbolistas. Los sueños convertidos en pesadillas y las dudas de volver a empezar empujaron a Guillermo a pensar en abandonar la carrera profesional antes de arrancarla. Así llegó a Rosario para estudiar administración bancaria. Hasta que gracias a un amigo de Colón consiguió probarse en Central Córdoba. Por aquellos años, el club rosarino jugaba en la B Nacional.

Tal vez los hinchas de Boca que propusieron crear una Peña con el nombre de 26 de junio-Guillermo Farré en honor al descenso de sus archirivales desconocen esta anécdota del pasado. La historia circular hizo que millones de hinchas de Boca gritaran su gol contra River con la misma fuerza que la parcialidad celeste. Los bosteros también adoraron a Farré durante una tarde de invierno. Ese instante se convirtió en un hito.

Los hitos son resúmenes. Síntesis representativas de nuestras propias vidas. El bautismo, la primera comunión, las vacaciones en Carlos Paz, el primer beso, una despedida dolorosa. Pero visualizar la vida a través de los instantes-hitos puede significar una tarea riesgosa. Probablemente eliminemos hechos o gestos cotidianos y sencillos más paradigmáticos y reveladores que nos hablen con más certeza sobre quiénes realmente somos. San Martín cruzó los Andes, a Newton se le cayó una manzana en la cabeza, Benjamín Franklin colocó una llave en un cometa y Diego Maradona condensó la Justicia de Dios en su mano. Los hitos sintetizan procesos. Son indicadores. Guillermo Farré no es sólo el autor del gol que condenó a River a descenso.

He seguido gran parte de la carrera de Farré. Lo he visto jugar en Central Córdoba y en Belgrano. La primera vez que mi hijo pisó un estadio fue en Alberdi para ver a Guille. Hemos compartido asados y bautismos mutuos. Brindis y viajes. Hemos cantado las canciones de Juan Luis Guerra y filosofado sobre la vida. Hemos vivido en paralelo. En esta crónica, la selección de lo escrito no se remonta a un par de encuentros con el protagonista y su entorno. Las elipsis, las secuencias elegidas y los momentos reveladores son recortes subjetivos de más de diez años de camino compartido. No obstante, hay una imagen de Guillermo que no me pertenece, que yo no he visto, pero creo que es la síntesis más acertada sobre quien es el autor del gol que vapuleó a River. Me cuenta Antonio Galimany, gran amigo, colega e hincha fundamentalista de Central Córdoba que allá por el 2003 él estaba en la tribuna de cemento del Gabino Sosa, donde juega de local su equipo. En un momento del partido se sienta a un par de metros un pibe flacucho, con jeans gastados, camisa a cuadros y zapatos náuticos evidentemente alisados de tanto caminarlos. Antonio le pregunta a su padre y a su hermano: “¿Ése no es Farré?” Guillermo, por aquellos años, era eterno suplente. En un momento se larga a llover. Y Guille, al igual que los hinchas fanáticos, se queda mirando el partido. Recuerda Galimany a Farré con un gesto templado, pensativo, con la sensación de que la lluvia no lo mojaba. O si lo mojaba era intrascendente. Lejos del banco de suplentes Guillermo esperaba una oportunidad sentado en la tribuna. Un hombre solo que espera.

Lo aman los hinchas de Belgrano en Córdoba. Lo valoran sus coterráneos en Colón. Lo idolatran los de Boca. Lo pretenden repatriar en Central Córdoba de Rosario. Lo respetan los de River. Lo grita Maradona. Lo abrazan sus compañeros. La alegría de Guillermo por llegar a jugar en Primera después de los treinta años es reparadora. Es una respuesta tardía a ese “Gracias por venir” de Jorge Griffa. Es un: “De nada, señor, éste es mi trabajo” una década después. De esto se trata. Es una historia con más paciencia que magia. Con más deseo que fortuna. Como en un libro de autoayuda, Guillermo escribió un capítulo por cada partido jugado. Siempre con esa convicción que materializa en palabras: “Estaba predispuesto a que esto ocurra”.