Una de las historias más poderosas del béisbol cubano es la de Armando Capiró, porque tiene todos los elementos del mejor guion o de un best seller de ficción, en el cual, no faltaron las injusticias que llevaron al fin de la carrera de uno de los grandes bateadores que han pasado por las Series Nacionales.

El niño pobre y huérfano de madre que comenzó a jugar béisbol en su pueblo natal con los años se convirtió en ídolo de masas, más tarde cayó en desgracia por una injusticia, para después ser reivindicado por la vida y su actitud.

Armando Capiró, con 14 temporadas en la pelota cubana, se fue temprano de nuestro béisbol y, sin embargo, dejó una huella indeleble en el pasatiempo nacional.

Como toda gran historia, siempre hay un momento donde el camino suele torcerse y las cosas comenzaron a salir mal para el toletero cubano, que, a finales de la década de los 70 del siglo pasado, fue víctima de injusticias que destruyeron su carrera y su dañaron su vida personal.

Capiró iba teniendo una carrera espectacular en nuestros torneos domésticos y en la selección nacional. A pesar de un slump de cuadrangulares muy mediático que tuvo a mediados de la década, continuó siendo un infaltable del equipo Cuba y un temible bateador de los equipos capitalinos, adorado por legiones de fanáticos que llenaban los estadios por todo el país para ver toda la elegancia que lo caracterizaba en el terreno.

En el plano deportivo todo marchaba bien, sin embargo, en el orden personal no era así. Una nueva lesión en una de las rodillas lo llevó al quirófano en dos oportunidades, y descontinuó su ritmo competitivo. Además, junto a un divorcio complejo, estas circunstancias llevaron su carrera a un abrupto final, como contó a esta revista el mismo pelotero, en diálogo en el cual vivimos con él Los días que marcaron la vida de Armando Capiró.

“Cuando estaba en proceso de ruptura con mi primera esposa esta envió una carta al periódico Granma acusándome de una serie de cosas que no eran ciertas. Yo nunca pensé en abandonar el país, ni tuve otra cosa en mente que no fuera representar a Cuba y mi ciudad en el terreno. Pero no solo se cuestionaba mi lealtad, las acusaciones llegaban hasta mi sexualidad, una mentira que desgraciadamente muchos creen todavía. En ese momento no ocurrió mucho, pero esas palabras habían quedado grabadas en algunos que después la usarían contra mí”.

“Fui a los Juegos Panamericanos de San Juan lesionado de la rodilla derecha, después de una primera operación. Pude conectar un jonrón contra Venezuela de emergente que nos ayudó a ganar el título y ese fue mi final con el equipo Cuba. Cuando regresé del torneo el dolor era insoportable y decidí volverme a operar. Entonces, cierto dirigente, de quien ya no vale ni la pena mencionar su nombre, me amenazó que si lo hacía me iban a suspender, algo que no creí posible. Por el otro lado, tenía al Dr. Martínez Páez que me había advertido que mi carrera se iba a terminar definitivamente si no me operaba. Entonces decidí hacerle caso al especialista y operarme”.

“Después de hacerlo, el Comisionado Andrés “Papo” Liaño me llamó para comunicarme que estaba suspendido de manera indefinida, sin más explicación, ni nada escrito. Por ejemplo, nunca supe si esta sanción solo era aplicada en La Habana o al resto del país, porque años más tarde me propusieron jugar por Guantánamo y no supe ni qué contestar, a pesar de que me costaba imaginarme vistiendo otro uniforme que no fuera el de alguno de los equipos de la capital”.

“No obstante, lo peor fue que a raíz de esta situación comenzó una campaña de desprestigio contra mi persona. Así fue como se difundieron todas las acusaciones de mi exesposa y sufrí cosas como la expulsión de un torneo de softbol junto a “Monguito” Cabrera, quien también estaba suspendido por otras razones. En esos años solo el Comandante Bernabé Ordaz, director del Hospital Psiquiátrico de La Habana, lugar donde siempre yo había trabajado y jugado en los Campeonatos Provinciales, me brindó su apoyo total y nunca dejó de creer en mí, nunca me alcanzarán las palabras para agradecerle. Para mí fue terrible el no poder hacer lo que me hacía persona, porque amo el béisbol, amo Cuba y a mi ciudad. Todo eso me lo quitaron de un golpe, sin más”.

De esa manera abrupta quedaba terminada la carrera de Armando Capiró en el béisbol cubano. Los aficionados habaneros se verían despojados de uno de sus máximos ídolos para siempre.

No obstante, a pesar de su dolorosa salida del béisbol y su descrédito público, Armando fue capaz de continuar su vida de buena manera. Conoció a su actual esposa y se enfocó en formar una familia con ella, mientras continuaba trabajando en el Hospital Psiquiátrico.

Conozca toda la historia en esta entrevista.

Pero su añoranza por los terrenos nunca menguó y seguía como una espina clavada. A finales de la década de los 80 parecía que era posible el regreso de Capiró a los diamantes, pero no fue así.

“En esos años logré tener una vida estable aquí en mi Santiago de las Vegas junto a mi esposa. Pero me incomodaba mucho el no poder jugar pelota. Entonces mi esposa le envió una carta al Comandante Fidel Castro, explicando todas las injusticias que se habían cometido conmigo”.

“Un tiempo después me llegó una invitación para participar en el torneo “Memorial Stanley Callazo” en Nicaragua, ya que era para veteranos del mundial que se había celebrado en ese país en 1972. Me hacía muy feliz estar de regreso con mis compañeros en el terreno y en este torneo tuve la posibilidad de enfrentarme a Dennis Martínez, quien era un estelar en las Grandes Ligas y acabó con nosotros ese día. Aún estoy orgulloso de la base por bolas que le pude coger”.

“Un año después, en el 88, me permitieron volver a jugar en las Provinciales con mi Hospital Psiquiátrico y me esforcé mucho porque interpreté que si rendía bien podía volver a integrar, aunque fuera, el equipo Metropolitanos y jugar en la Serie Nacional. Estuve muy bien al bate en ese torneo a pesar de que llevaba varios años inactivo y las Provinciales antes era muy fuertes, no como hoy en día. Di como 16 jonrones, no recuerdo bien”.

“Yo y todos mis compañeros pensábamos que eso sería suficiente para poder regresar. Hasta que me comunicaron que no sería tomado en cuenta porque había que darle paso a los más jóvenes. Antes de terminar el torneo, me organizaron una ceremonia de retiro muy modesta en el mismo terreno del Hospital, y mi gente de Santiago de las Vegas comenzó a gritar que era una injusticia y uno de mis amigos quiso lanzarse al terreno, pero por suerte no lo hizo. No pude evitar sentirme decepcionado una vez más, ya que me había ilusionado bastante con la idea de regresar y enfrentar una ceremonia que significaba que todo había terminado para siempre. No fue nada fácil”, recordaba Capiró.

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