No hay dudas de que el jefe de la manada de Lobos, que acaba de coronarse por vez primera en la Liga Superior de Baloncesto (LSB) en Cuba, es el atacador villaclareño Andy Bofill. El más veterano del quinteto anaranjado es también su máximo anotador, el MVP de la final de 2018 y la bujía para los del centro dentro de la cancha.

Pero Bofill no cae bien, ¿no convence? El nacido en Caibarién, tiene todas las cualidades y méritos atléticos para hacer el grado en un team Cuba. Pero hasta él lo tiene claro: “Estoy excluido sin ninguna justificación”, le decía a esta periodista en 2016, cuando otra vez concluía una campaña admirable. No lo llamaron esa vez tampoco.

Sin embargo, los directivos del básquet en Cuba tienen su excusa y Bofill cree que todo partió del año que él pidió de vacaciones, durante los entrenamientos en el equipo nacional. Un año en el que, afirma, no hubo torneos internacionales.

La exclusión tiene el mismo basamento que dejó a Donald Duarte sin equipo en el Nacional de béisbol, o al Gran Maestro Leinier Domínguez sin Capablanca. Tomarse ciertas libertades. Desde ese “año maldito”, Andy no volvió a ser llamado al equipo nacional y, temporada tras temporada, está entre los máximos anotadores del torneo.

El año del título, este 2018, con los Centroamericanos a la vuelta de la esquina, Andy consiguió 454 puntos para su aval durante la clasificatoria de la Liga Superior, fue el segundo máximo anotador de la lid (solo lo superó el matancero Yuniskey Molina, con 519 unidades) de entre más de 100 jugadores. Molina jugó todos los partidos, Bofill descansó. Fue, por mucho, lo mejor a la ofensiva del Villa Clara. Fue el más efectivo en el quinteto titular en cuanto al cobro de tiros libres, con un potencial 68%. Cuando Bofill está bien, los Lobos también.

Durante la recién concluida final, donde los villaclareños barrieron en cuatro choques a los multicampeones de Ciego de Ávila, otra vez Bofill marcó la diferencia, con más de 90 puntos en esos encuentros. Los numeritos del capitán naranja, si se escapan, es porque algún decisor quiere dejarlos pasar. Todo ello, en medio de una Liga Superior carente de espectacularidad, no tanto por el talento local (aunque no se muestre el talento que milita en ligas extranjeras) como por las condiciones materiales que le acompañan.

Apenas para la semifinal contra Camagüey, la Sala Amistad de Santa Clara adquirió una pizarra eléctrica. Antes, la pizarra era manual y era conducida por estudiantes a los que les importaba poco cómo anduviera el marcador oficial. La cancelación de un choque por lluvia —¿por lluvia?— en el tabloncillo avileño también habla de las condiciones en que transcurre la LSB.

Aún así, jugadores de la talla de Andy, con 35 años entre lesiones y malos tratos, se siguen esforzando. “Hay una falta de estímulo sistemático, realmente el deportista no se siente motivado”, escarbaba Bofill entre las causas del estado del básquet en la Isla.

Pero, ¿y después del título, qué ha pasado? Bofill sigue a la espera, sin noticias a pesar de la corona y la solicitud de no pocos especialistas de la prensa deportiva en su presencia en Barranquilla 2018. “No importa —me dice el del dorsal 15, vía celular—, hasta que me retire voy a ser el mejor. Voy a estar ahí hasta que Dios quiera. Salud es lo que hace falta”. Bofill, el MVP de la finalizada Liga Superior de Baloncesto en Cuba, está resignado a la exclusión. No cree, pero no se paraliza por ello.