Desde la abolición del béisbol profesional en Cuba, en el año 1961, los puentes levadizos se izaron y nuestro deporte nacional quedó atrapado en una especie de castillo medieval, rodeado por un foso profundo y plagado de hambrientos tiburones. Series Mundiales y placas de Cooperstown se fueron disolviendo como humo confuso en la mente de todos, mientras la censura y el chovinismo más cruel, infestaba la prensa y las ansias de las grandes masas beisboleras.

Desde ese momento los cubanos fueron perdiendo su hegemonía latina dentro los principales circuitos profesionales del planeta. Las bancas se llenaron de ausencias, dudas, recuerdos y preguntas sin respuestas. Pero en la isla, los peloteros seguían saliendo de todos los rincones como la mala yerba, armándose su propio campeonato, amontonándose unos sobre otros, engordando los mitos más increíbles y las hazañas domésticas.

Han pasado los años y, poco a poco, los viejos puentes comienzan a servir de comunicación, aún muy lenta. El tiempo ha quebrado paredes y mentalidades, el agua se está secando y escuálidos tiburones duermen en los fondos del foso, parciera que desinteresados.

Una generación nueva se las ingenió para burlar cercos y hacer historia, para robar titulares y conseguir anillos de campeones de Series Mundiales. La otra, la generación vieja, la que va saliendo con paso lento al exterior del castillo medieval, la que mira el mundo con la vista encandilada por el sol, la que nunca pudo tener titulares en periódicos foráneos, ni anillos de campeones, ni placas en Cooperstown; la que camina encorvada con los bolsillos vacíos y vive en la mente de unos cuantos fieles, corre un riesgo tremendo: el de ser tragada por la historia, tragada de golpe, masticada, y luego escupida en el rincón oscuro del olvido.

¿Qué hacemos con todos esos peloteros que nunca pudieron probarse al máximo nivel en el béisbol y que le sobraba talento y herramientas para jugarlo? ¿De qué manera podemos justificar ante la historia la afirmación de que, por ejemplo, Omar Linares, sea el mejor pelotero cubano de todos los tiempos? ¿En qué lugar está Antonio Muñoz o Armando Capiró? ¿Quién demuestra que Orestes Kindelán o Lázaro Junco eran más jonroneros que Rafael Palmeiro? ¿Pesan más los jonrones de Yuliesky Gurriel en la serie mundial que el que dio su padre en el mundial de Parma? ¿Vale más su anillo que las medallas de oro que cuelgan del cuello de Víctor Mesa o de Norge Luis Vera? ¿Están Tany Pérez y Luis Tiant por encima de Antonio Pacheco y Braudilio Vinent?

Las preguntas, entrados en este tema, podrían ser innumerables: ¿Rey Ordoñez o Germán Mesa? ¿Kendry Morales o Frederich Cepeda? ¿Céspedes o Casanova? ¿Pito Abreu o Pedro José Rodríguez?

Llueven las interrogantes, la polémica explota, especialistas y analistas de barrio exacerban sus pasiones escondidas en teoremas y tesis inapelables.

Orlando Hernández, El Duque, es el cubano que más Series Mundiales ha ganado en la MLB: posee cuatro anillos.

Orlando Hernández, El Duque, es el cubano que más Series Mundiales ha ganado en la MLB: posee cuatro anillos.

Estamos hablando de etapas diferentes, de unas pelotas viejas y otras de botes sorprendentes; de bates de aluminio y de madera; de estadios impecables y potreros desnivelados; de estructuras cambiantes, aficionados diversos, motivaciones variables, necesidades mentales diametralmente opuestas, psicologías y perspectivas de todos los colores y, sobre todo, de diferencias cualitativas abismales.

Lo cierto es que —en este caso en particular— valen muy poco los números y las estadísticas, los records y los títulos de campeonatos. No vale la pena engordar cuartillas con averages y cantidades de carreras impulsadas, con frecuencia de jonrones o con promedios de bateo con corredores en posición anotadora, ni ponches por entrada, ni juegos ganados desde la lomita.

Son imposibles las comparaciones justas y las verdades completas, pero los aficionados son lobos hambrientos, necesitan de banderas y estandartes, de nombres y de listados absolutos. Ellos, en las gradas o en las peñas, son competitivos, escarban en los libros, en los recuerdos, y se alimentan con el sudor de sus ídolos en el terreno.

¨Las comparaciones en el béisbol siempre me parecen injustas, por ser disímiles los factores y variables en cada época. A la generación de Omar Linares se le imputa no haber saltado a la MLB y a las nuevas generaciones no haber jugado en el nivel de los 80-90s. Es por eso que creo más en las habilidades y en las herramientas de cada jugador. Linares debe ser el mejor beisbolista de la historia hasta el momento, él hubiera brillado más en otro beisbol que cualquier pelotero, pero ya eso quedará en el terreno de lo que pudo ser y no fue¨ me dice Francys Romero, voz de opinión autorizada cuando hablamos de beisbol y columnista de prestigiosos sitios digitales.

La esencia es esa ¨lo que pudo ser y no fue¨, muchos necesitan de ese aval, muchos ven ese requisito indispensable, un cuño y una firma que falta en la prestigiosa hoja de servicios y en el currículo de nuestras estrellas internas, para que se perpetúen en el tiempo y en el espacio.

Desde Cuba, otra de las voces reconocidas en el tema y una de las  pluma más fina en temas beisboleros, Michel Contreras, piensa diferente: ¨ Lo primero es que Linares, Casanova, Vinent…, nunca podrán quedar en el olvido, a menos que se produzca una insospechada epidemia amnésica. Esa gente, su béisbol, está en el corazón de las nostalgias de este pueblo. Y creo que para ser catalogado como “el mejor” no hace falta haber jugado allá, cosa que (claro está) mejora la cotización del pelotero en el ánimo del evaluador. Para mí, Omar Linares es por mucho el mejor pelotero integral que dio este país, y Pito Abreu, el mejor bateador. En el grupo de mis mejores están también Kindelán, Casanova, Víctor y Lazo, que nunca estuvieron en la MLB, y Despaigne, que tampoco lo ha hecho, aunque juega en Japón¨.

Omar Linares, una verdadera leyenda del béisbol cubano, al ser exaltado en 2014 al Salón de la Fama de Cuba. FOTO: Marcelino Vázquez.

Omar Linares, una verdadera leyenda del béisbol cubano, al
ser exaltado en 2014 al Salón de la Fama de Cuba. FOTO: Marcelino Vázquez.

Pasará el tiempo, implacable, y los mejores peloteros cubanos de todos los tiempos, al final del camino —y es mi opinión muy personal— quedarán inmortalizados en salones de la fama (aquí y allá), o en videos de partidos memorables de Series Mundiales. Sus nombres se repetirán todos los años en cadenas televisivas de alto rango o en las redes sociales, quedarán convertidos en esbeltas estatuas a la entrada de majestuosos estadios, vivirán en postales de colores y en libros al alcance de millones de fanáticos. Porque, tras sus historias, está la intención de que el béisbol siga siendo pasión.

En Cuba, mientras, quedarán los vestigios de las viejas generaciones, aquellas víctimas del siempre sucio juego de las políticas gubernamentales en ambos lados, los que desbordaron su talento solo en casa y decidieron dejar pasar las oportunidades de famas internacionales e inmortalidades globales. Esas son las mismas generaciones que ven, desde ya, cómo se apagan sus luces poco a poco y solo viven en las bocas de abuelos y en hojas amarillentas, las mismas que morirán ahogadas en la duda y en la especulación.

Ellos, que quedaron de este lado del puente levadizo, encerrados en un castillo medieval, probablemente serán tragados por la historia y se irán difuminando de a poco, montados en sus hazañas, como Quijotes románticos, por la alcantarilla de la vida.