Marzo es un mes que marca la historia reciente del béisbol y la diplomacia cubana. Hace dos años, Barack Obama y Raúl Castro presenciaban, a estadio lleno, el juego entre un equipo cubano y el conjunto Tampa Bay, de las Grandes Ligas; 19 años atrás, Fidel asistía al juego entre Cuba y los Orioles. Clinton no vino.

Ambos desafíos han pasado a la historia como símbolos del cambio ansiado, sí, pero que no ha llegado. Con la administración Clinton, porque no era el momento. Con Obama, porque se quedó corto de tiempo.

Aunque es cierto que los dos momentos han sido manejados desde la política como símbolo de un acercamiento que solo ha quedado en eso, en símbolo; sin duda alguna han sido los peloteros los protagonistas. Por eso se impone una pregunta: ¿dónde estamos a casi dos décadas de aquel primer juego?

Como dato curioso, el tope contra los Orioles también tuvo lugar en el ocaso del mandato de un presidente (William Clinton) sin opciones de reelegirse y quien, por tanto, decidió dar luz verde a este acercamiento para que, tras haber firmado la Ley Helms Burton, el béisbol quedara como un último gesto de buena voluntad…justo antes de que llegara W. Bush y todo se fuera por el caño, si es que había algo que tirar. Obama hizo lo mismo. Y ya sabemos lo que hizo Trump.

Pensemos en marzo de 1999. Cuba luchaba por salir del Período Especial y solo habían pasado cinco años desde la última crisis migratoria. Lo único reluciente en el país era el béisbol, repleto de estrellas. Y entonces aparece el tope con los Orioles, pactado a dos choques: el primero en La Habana, luego en Baltimore. Era una oportunidad de oro para ambas orillas del Estrecho de la Florida, pero cada una tenía sus respectivos intereses.

Claro, en aquel momento los protagonistas, los que jugaban en el terreno, no importaban tanto como los que veríamos luego en 2016. Aquella generación de jugadores, quienes nunca se habían enfrentado a profesionales, no conocían otra cosa que a los mismos amateurs antes de que entraran al sistema de la Gran Carpa.

El 28 de marzo de 1999 el Estadio Latinoamericano se repletó para ver el duelo entre Orioles y Cuba. FOTO: Doug Pensinger /Allsport.

En 1999 solo se trataba, en buen cubano, de probar fuerza; de saber finalmente quiénes eran mejores: si ellos o nosotros, si sus big leaguers o nuestros amateurs que nada tenían que envidiarles fuera de sus salarios. Muchos calificaron este tope de hace casi 20 años como una pura estratagema política y hubo quienes no lo vieron, como declararía Leonardo Padura en el documental El juego de Cuba, de 2001.

Desde el punto de vista de la gente, hubo mucha inconformidad. Las entradas en aquel entonces fueron por invitación y los verdaderos fanáticos se quejaban de que “a quienes les gustaba la pelota de verdad no habían podido estar en el juego” y hubo quien llegó a decir que era “porque al gobierno cubano no le daba la gana”. El entonces Ministro del INDER, Humberto Rodríguez, diría entonces que quienes estaban invitados eran la digna representación de nuestro pueblo, quienes debían estar ahí apoyando a su equipo. Muchos de los que colmaron el estadio no sabían el nombre de los peloteros cubanos que toparon contra los norteños. Del conocimiento acerca del equipo visitante, ni hablar.

Desde el punto de vista de los jugadores, pocos eran los cubanos que habían emigrado a Estados Unidos y habían logrado tener éxito desde 1959: Bárbaro Garbey, René Arocha o Liván Hernández eran algunos de ellos, dos de los cuales ya ostentaban sus anillos de campeones de la Serie Mundial, mientras que en ese 1999 comenzaría a construirse la leyenda del Duque, el cubano que más anillos ha conseguido.

Irse de Cuba era una traición inexplicable, y abandonar el barco en busca del sueño de jugar en el béisbol norteamericano, o simplemente de vivir con algo de decoro en aquellos difíciles años 90, era cosa de apátridas, gente que quedaba tachada de la historia. Por eso, quizás, muchos peloteros no se fueron y prefirieron quedarse. Amén de que antes era diferente y los atletas vivían, comían y pensaban distinto: el compromiso con esta isla era palpable, vestir las cuatro letras, algo sublime.

Contra Baltimore se perdió en el Latinoamericano, ante una vaga representación de verdaderos fanáticos del béisbol. Pero se ganó en Camdem Yards, donde pocos cubanos pudieron ir desde todo el territorio de la Unión a ver el juego. Nosotros quedamos mal aquí, ellos allá.

También por eso, que Tampa viniera en 2016 era tan importante. Necesitábamos el desempate.

Además, en 2015 parecía que los acercamientos tendrían lugar definitivamente. Hombres como Peña, Puig y Abreu desembarcaron en La Habana luego de años de ostracismo, convirtiéndose de desertores a embajadores del béisbol. Parecía que el paso definitivo se daría con la nueva visita que habría de un equipo de EEUU a jugar en Cuba.

Y, como era de esperarse, no había mejor momento que aprovechar la visita de un presidente norteamericano para que esto pasara, en un gesto que sin dudas podría haber cambiado muchísimas cosas…mientras hubiera tiempo. Pero el complicado entramado de leyes que supone el bloqueo y todo lo que le rodea, no permitía que se operaran esos cambios tan rápido. Y así terminó Obama, llegó Donald, y se acabó la actividad.

El presidente de los Estados Unidos de América, Barack Obama, durante el partido de béisbol celebrado el 22 de marzo de 2016 entre los Rays (MLB) y Cuba en el Estadio Latinoamericano. FOTO: Play-Off Magazine.

Con el último inning jugado en el Latinoamericano se apagó la esperanza de que el béisbol tendiera en breve tiempo los puentes que la política había sido incapaz de construir. Y ya hemos visto que Trump es un constructor, pero prefiere los muros.

Deportivamente hablando, desde 1999 la pelota cubana se desangró en materia de deserciones y emigración, dando un cambio radical. El último momento brillante de la pelota cubana habría que irlo a buscar en 2006, con el primer Clásico.

Ahora vestir el uniforme del Cuba ya no es lo que era antes y, seguramente, hoy muchos se esfuerzan buscando acumular horas para después poder intentar un contrato en el extranjero…para, quizás, luego perderse en un aeropuerto francés mientras regresan de Japón.

Quienes se fueron desde 1999, siguen siendo desertores, y no hay posibilidad alguna de que nos representen, a pesar de haber mantenido una postura “políticamente correcta y de principios”, al jamás desvirtuar la situación cubana ni decir una mentira sobre la Isla, dejando varias posibilidades, no solo en el béisbol, multiplicadas por cero. Solo un datico sobre los “desertores”: últimamente se han multiplicado los que se han colgado un anillo de campeones del dedo, ¿no?

Entonces, ¿recuerdan la pregunta que nos hicimos? ¿Dónde estamos a casi dos décadas de ese primer juego? Y agrego, ¿dónde estamos a dos años del segundo? Estamos, seguimos, en el limbo. Detenidos, estancados. Pensando más en implicaciones políticas que compliquen los procesos de descongelamiento en estos campos, que intentando llegar a verdaderos acuerdos lo más rápido posible.

Hemos utilizado para este análisis al béisbol, deporte nacional, lo que más nos gusta y sufrimos, el que ha tenido este tipo de oportunidades. Pero sirva de ejemplo para otros muchos deportes que andan igual o peor. En cuanto a lo que pueda pasar si en algún momento viniera otro equipo norteamericano a jugar en estas tierras… solo nos restaría esperar que, esta vez, las entradas las repartan en el Parque Central.