Este texto debería comenzar así: Cristiano Ronaldo reinó ayer en Turín. Dejó una obra de arte que está colgada ya en el salón principal del museo de la Champions —alguien escribió ayer en Twitter que “después de Violeta Parra, es la chilena más preciosa de la historia”—. Con otro gol y una asistencia puso al Madrid en semifinales, a falta del trámite que se jugará el próximo miércoles en el Bernabéu. Pero este texto no arranca como debía. Sospecho que todo lo que sucedió ayer en Italia no fue obra de Cristiano. Tengo decenas de colegas anti-madridistas y sobre todo “cristianofóbicos”. Tengo entonces, decenas de razones para la duda.

Mis sospechas que comenzaron con el primer tanto madridista. De Cristiano se dice que no hace goles, los “empuja”. Justo sería decir que, visto así, es el Giancarlo Stanton de la Champions. Que, por ejemplo, si lo listáramos como un club, él sólo sería el décimo equipo con más goles en la historia del torneo. Pero eso no es importante ahora. Lo que cuenta es que como empujador su papel se reduce a asesorar al balón en su camino a la red.  Y a sacarlo de allí porque el juego debe continuar. Cristiano es un aparca coches de goles. El recogepelotas mejor pagado del planeta. Por eso no puedo creer que ayer haya sido Ronaldo quien leyó el centro de Isco tres segundos antes de que sucediera, en el primer gol. Que no haya esperado a que el balón viniera a sus pies como indica la lógica y haya decidido salir a buscarlo. Y encima, marcar.  Algo extraño estaba pasando.

Lo del segundo gol fue todavía más raro. Se supone que, a estas alturas, con 33 años, Ronaldo ya no está para acrobacias. Sí para sesiones semanales de terapia con su psicólogo, encargado de minimizar el trauma creado por sus crecientes limitaciones físicas. ¿Cómo creer entonces que ese tipo que puso el empeine a 2,38 metros del suelo era el portugués? ¿Cómo, además, creer que un empujador, un cuarto bate con abdominales, pueda ser capaz de semejante chilena? No sé ustedes, pero ya en ese momento ya no podía con la sospecha. Y entonces llegó la puntilla. ¿Cristiano Ronaldo siendo aplaudido por una afición, por una ciudad ajena? Digo, si es que el Juventus Stadium continúa estando en Turín y no fue mudado a Madrid. No, aquello no podía ser. Ese tipo de cosas no suceden con Cristiano. Y, por si fuera poco, este tipo al que colocaron en su lugar anoche, devuelve la gentileza. Mira al público y con gesto casi de humildad agradece los aplausos de la afición.

Al incrédulo que aún no cree en mi teoría, le dejo un par de detalles adicionales. El 7 que el Madrid puso en campo ayer dio una asistencia que transformó Marcelo. El aparca coches, el recogepelotas asistiendo. A la salida, le preguntaron por su gol y le dedicó dos segundos para irse de inmediato a hablar del juego ¡y del equipo! No, esto no está pasando. Esto es demasiado. Ese de anoche, no nos engañen, no fue Cristiano.

Sólo hay dos elementos que me hacen dudar. Primero, que los de siempre ayer volvieron a hablar de Messi. En el día de la historia reciente que menos sentido tenía hablar de él. Un acto comparable a haber mencionado al Madrid tras el 6-1 del Barcelona al PSG. El otro, es la posibilidad real de que durante tanto tiempo mis socios, los anti-madridistas y sobre todo “cristianofóbicos” hayan estado equivocados. Pero seguro que eso es imposible.

No fue Cristiano.