Convocatoria a los Legionarios, contratos en el exterior, canchas sintéticas y hasta una nueva imagen: la mezcla se antoja casi perfecta para el fútbol cubano, que pareciera vivir una nueva era. Sin embargo, repetidos traspiés con viajes “fallidos” a competencias oficiales y fechas internacionales imprescindibles para ayudar a cimentar una verdadera selección nacional han tirado por tierra las esperanzas de muchos aficionados.

Resulta que los directivos no han asegurado una variable ausente, cuyo cumplimiento sigue lastrando el despegue del balompié en la isla, al menos, a nivel de la absoluta: el desarrollo como equipo llega jugando. Se trata de un paso que, aunque en apariencia parece sencillo, se ha violado hasta la saciedad, por diversos motivos.

El drama del fútbol cubano parece eterno. Cierto es que en un principio se consideraba una quimera la convocatoria de los llamados “Legionarios”, en esencia, atletas de origen cubano que se desempañaban en ligas foráneas, entre ellos Onel Hernández, considerado la joya de esta generación. No obstante, el sueño de muchos se cumplió y meses atrás la elástica nacional también llevaba el nombre de ellos.

Como es lógico, la expectativa en torno al llamado deporte de las multitudes despertó en los de esta isla un sentimiento pocas veces experimentado con esta disciplina y casi que extinto por estos días en otros deportes. La participación del combinado en las eliminatorias de la Concacaf revivió las esperanzas de los fanáticos y, aunque se quedó fuera de Qatar 2022, la escena preparó las bases de un “futuro prometedor”.

Lo que nadie pudo prever es que esta novela del fútbol cubano tuviera otro capítulo, al más puro estilo de las producciones turcas. Conocemos de sobra las afectaciones globales asociadas a la pandemia provocada por la Covid-19, pero desde que se reinició el calendario futbolístico en el orbe, el combinado de la Mayor de las Antillas solo pudo intervenir en dos partidos de eliminatorias mundialista.  

Contrario a la realidad que vive el fútbol, otras disciplinas como el voleibol o el béisbol, cumplen con sus calendarios internacionales sin dificultad, en detrimento del deporte de los goles y gambetas. Tal realidad hace sonar las alarmas y genera incertidumbre entre seguidores, especialistas y los propios involucrados en el tema.

Quizás, la página más oscura se vivió cuando el equipo quedó sin visado y, por tanto, fuera de toda posibilidad de intervenir en la Copa Oro, celebrada en Estados Unidos. A principios del mes de julio, dicha noticia cayó como un balde de agua fría a las aspiraciones de la selección e hizo estallar a la opinión pública nacional respecto al tema.

Lejos están estas líneas de buscar culpables o señalar deficiencias visibles en el trabajo de las autoridades respectivas en Cuba. Pero eso sí, desde el punto de vista futbolístico, supuso una dura derrota para los Leones del Caribe, aun sin encajar ni un gol. En aquel entonces, Onel escribiría en Instagram:

“He experimentado mucho en mi vida, pero nunca antes algo así. Vi a un equipo, a un entrenador y gente responsable llorar. Todos tuvimos un sueño, todos queríamos representar a nuestro país en la Copa Oro. Los chicos no han visto a su familia durante casi un mes. Se sacrifican tanto. Un día triste para el fútbol de Cuba”.

Al descontento de los propios atletas se sumó la poca capacidad mostrada por el organismo rector del balompié a nivel de Norte y Centroamérica. Tiempo después y sin la Concacaf de por medio, otra vez el avión quedó en tierra y el plantel volvió a zafarse los botines de juego. 

Durante los primeros días del mes en curso, la Asociación de Futbol de Cuba (AFC) anunció la ausencia de un representativo en las llamadas Fechas FIFA en septiembre. La AFC alegó que tal decisión se explica debido a que “la situación de la pandemia, tanto en el continente americano como europeo complejiza los traslados aéreos (…) Por lo que se hace inevitable el desarrollo de la Fecha FIFA para nuestra selección nacional”, según reseñó el diario JIT, órgano oficial del Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Recreación (INDER).

Recientemente, la Federación Nicaragüense de Fútbol publicó una misiva en la que informaba que “los partidos amistosos programados para el mes de octubre contra la selección nacional masculina de Cuba se han pospuesto debido a la falta de disponibilidad de vuelos con los que se ha encontrado la federación de ese país, pese a las gestiones realizadas con anticipación”.

¿Cómo se explica la falta de disponibilidad de vuelos? ¿Realmente existe tal carencia de aeronaves prestas a cruzar el Mar Caribe rumbo a ese país centroamericano? ¿No existen variantes para que la selección pueda jugar al fútbol? Preguntas como estas, o similares, pululan a través de las redes sociales, como interrogantes verídicas realizadas por la afición. Lo cierto es que la selección antillana se ha visto privada, una vez más, de juego.

Más allá de culpables, víctimas o victimarios, el poco bregar sobre las canchas lacera el desempeño competitivo de un equipo en plena construcción. Solo basta con apreciar el cambio sustancial experimentado por Cuba de un partido a otro, cuando luchaba por su presencia en Qatar. Dos derrotas, pero con un sabor muy distinto cada una.

Aquella vez salió a relucir la poca relación entre los futbolistas, el engranaje no existía apenas, comprensible en un conjunto que apenas si había entrenado. Entonces, lógico hubiera sido incrementar el roce entre ellos mismos y con rivales de nivel en la región. De otra manera, el equipo no crecerá en términos de juego e identidad de un grupo que mantiene a miles de cubanos pendientes de sus telerreceptores cada que suena el Himno Nacional sobre la cancha.  

Cuando parece que el fútbol cubano va a alzar vuelo, lanzado por una aparente conciliación con el profesionalismo -incompleta hasta que no se convoquen a quienes abandonaron selecciones-, el globo se vuelve a desinflar y la absoluta se queda en casa, mirando el tiempo pasar. Y este, nunca vuelve.

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