Granma es nuevamente el campeón nacional de la pelota cubana. Ironías del destino, el mismo día del nacimiento de nuestro Apóstol, otro Martí se niega a entregar títulos y coronas de laureles a valientes contrarios, mientras galopa, eufórico y complacido, por el siempre dulce camino de la victoria final.

Esta vez un Martí no cayó en Dos Ríos, ni en Bayamo, ni en las Tunas, esta historia de guerras necesarias tiene un final feliz, es día de nacimiento de nuevas dinastías, de caballos salvajes y de festejos orientales.

Es un premio a la sapiencia, a la experiencia y a la paciencia misma. Carlos, porque en silencio ha tenido que ser, escogió sus refuerzos y aguantó como un Cristo redentor las piedras y los palos que le tiraban las multitudes confundidas, escondió en la oscuridad de la banca a líderes jonroneros y a hermanos talentosos de jugadores de Grandes Ligas como armas secretas, redujo la plantilla de sus lanzadores relevistas a una sola persona, tiró en el fango las biblias del béisbol e hizo caso omiso a números y estadísticas.

Carlos, esperó con calma la resurrección que tanto le susurraban al oído espíritus de alazanes indomables. Tranquilo se sentó en el banquillo siempre caliente de los derrotados, porque sabía que tenía Santos en la vanguardia, La Rosa detrás del plato, un caballo Blanco que hala e inspira, un Guillermo, otro Carlos, un Alfredo, un Raidel, y un Alain crecido en aguas tormentosas; esperó con los brazos cruzados sobre el pecho, balanceándose cual anciano aburrido frente al televisor, hasta que se abrió la barda de par en par y llegó la estampida, la fuerza, el valor, el aire caliente que le explotó en el rostro a los contrarios.

Cayó el telón. En el escenario, una tropa de bravos centauros levantando trofeos, toda Cuba aplaudiendo porque sabe que el béisbol se ha llenado los pulmones con aire puro, que se han duplicado las multitudes en los estadios, que los parques se han llenado de jóvenes que juegan a dar jonrones, que en cada esquina hay un analista, un director de equipos, un aficionado que traza en el aire estudiadas teorías.

Se acabó la función por ahora. Nuestro deporte nacional presenta una vez más credenciales para ser nombrado, de una vez y por todas, patrimonio intangible de nuestra cultura. Aunque vestido con camisetas inusiales, el béisbol en Cuba se levanta de sus cenizas y nos alumbra a todos.

Se apagan las luces de los estadios, pero se queda prendida la pasión y el agradecimiento a todos los que lucharon y cayeron con las botas puestas; a los que nos hicieron vibrar y soñar con épicas victorias; a los que llenaron nuestros espacios vacíos y nos hicieron olvidar heridas y problemas sin soluciones inmediatas; a leñadores y cocodrilos, a leones azules, a vegueros y a sorprendentes cazadores, pero sobre todo, a nuestros flamantes campeones: ¡Felicidades alazanes de Granma!