Desde el lunes 23 de octubre la noticia se esparció en el viento: la televisión cubana trasmitiría la serie mundial de beisbol de las grandes ligas (casi) en vivo en todo el territorio nacional. No había una confirmación oficial, pero solo el rumor bastaba con levantar las expectativas.

Miles de aficionados cubanos vieron una luz de esperanza. De súbito, los fanáticos olvidaron todos los años que llevamos hundidos en el silencio, enclaustrados y con la alegría y la pasión beisbolera momificada por otros intereses políticos y propagandísticos.

Mientras Cuba le sacaba la lengua al futbol internacional y saltaba envuelta en la euforia colectiva, quienes amamos el béisbol nos frotamos las manos, le prendimos una vela a la justicia y botamos en la esquina la basura de la intolerancia y la estupidez.

La noticia de la transmisión por Tele Rebelde nunca fue hecha por los medios oficiales, pero algunos flashazos de información no pasaron desapercibidos. Los cubanos hemos aprendido en leer entre líneas.

Un artículo en el periódico Granma nombrando a todos los peloteros por sus nombres y equipos, sin los epítetos de mercenarios o traidores; publicaciones en Facebook de periodistas nacionales eufóricos; comentarios dentro y fuera del Instituto Cuba de Radio y Televisión (ICRT). En otras palabras, una “bola” como Dios manda. Una que nos despertó el pelotero que, aletargado por la mala calidad de nuestra Serie Nacional, hiberna en cada cubano.

Como era lógico, en las redes explotaron los comentarios y las dudas, los profetas, los recelosos y los necios optimistas como yo. Pero de nada sirvieron los comentarios.

El final todos ya lo conocen. Cuba no transmitió el primer juego de la Serie Mundial este martes. Ni con media hora de retraso. Ni con un inning. Ni con una hora. Nada.

En cambio, nos quedamos como imbéciles frente al televisor mientras Tele Rebelde transmitía una comedia inglesa donde el club Arsenal era el protagonista. El fútbol, o los decisores, nos devolvían la mueca; se burlaban de nosotros.

Y por favor, que a nadie se le ocurra esgrimir la excusa del bloqueo, que ya está gastada y para el ICRT no se aplica. Porque si fuera por el bloqueo, solo veríamos Lo que el viento se llevó, Rin Tin Tin y Lassie.

Quienes debían aprobar la transmisión no lo hicieron. Les tembló el pulso y la decisión fue simple: sacrificar en el altar de la política cubana el júbilo de mayorías y parte de nuestra identidad nacional. En nombre de dudosas dignidades, se aferraron a estériles teoremas y a añejos idearios que se fermentan con la luz de los nuevos tiempos.

En la balanza salió perdiendo la cubanía y el béisbol. Y con ellos millones de cubanos. Aún quienes dirigen no consiguen entender que la Patria es de todos, y que los cubanos que juegan en las Ligas Mayores nunca han dejado de ser también nuestros ídolos; que, desde allí, también alimentan nuestro orgullo y nuestros sentimientos más puros. Pero lo más doloroso, es la seguridad de que, quienes tomaron tal decisión, seguramente sí vieron la Serie Mundial en vivo, con sus dosis de publicidad incluidas.

Se pospone el sueño una vez más. Cuba tampoco verá en vivo, o casi en vivo, esta Serie Mundial. Una vez más, Cuba exhibe una oda a la censura y a lo absurdo, un manotazo en la cara a la sensatez y a uno de nuestros símbolos patrios: el béisbol.