No importa lo que haya pasado en el segundo juego de la final. Este comentario le vendrá como anillo al dedo, ya hubiera ganado Granma o Las Tunas —aunque ganó Las Tunas por tunda de 11×4. Y no es porque haya detalle “curioso” alguno, sino porque, increíblemente, en una final “de calidad”, hay que volver sobre el tema.

Y sí, usted, entendido del béisbol, ya debe saber que en este PLAY BALL otra vez vamos a hablar de pitcheo. Y si no es entendido dirá: ¿por qué hablar de pitcheo en una serie donde los bates deben llevar la voz cantante? Simple, querido lector: donde hay brazos no hay fantasmas. Y cuando hay mal de estos, no valen guayabas verdes.

La soberana paliza que le estaba propinando este domingo Las Tunas a los Alazanes, a la mera altura del tercer capítulo, es el vivo ejemplo de lo mal que están nuestros lanzadores, quienes —de paso— han venido a una final a echar por tierra todo lo que se vio antes por parte de los ganadores de sus respectivas series eliminatorias.

Ulfrido García fue tronado del box y comenzó el desfile de lanzadores de Granma, que no paró hasta que Yanier González, veteranísimo reincorporado a los de Carlos Martí, pudo sofocar el incendio, no sin agarrar su dosis de “jarabe de palo”, e irse permitiendo que de 20 bateadores a los que enfrentó en dos días, diez le conectaran de hit. Pero no lo hizo tirando rápido ni mucho menos. Solo tratando de dibujarla “por ahí”.

Los rápidos como Yosber Zulueta no pueden encontrar la manera de tirar un strike por encima de 90 millas, y para marcar el automático tienen que bajar considerablemente la velocidad. Les tienen que gritar del banco que vengan por el medio, y los resultados son catastróficos, como el de ayer: Viñales, en dirección al jardín central, a lo profundo y dígale que no a esa pelota, parafraseando a Ernesto Jerez.

Luego del tercer inning de ayer, podríamos pensar que el lanzador cubano ha perdido la inteligencia, la fuerza, el coraje; que no tiene armas o velocidad para combinar sus variedades, y en esta final hay altas posibilidades de que todo el que salga se termine convirtiendo en un conejo en galería de tiro. No hay concentración de ningún tipo.

Por eso resulta inexplicable que el diestro camagüeyano Yariel Rodríguez se perdiera de la manera que lo hizo en el cuarto capítulo, con ventaja de 10×1 y fuera incapaz de encontrar la zona de strike. Diez a uno, ¡diez! A la altura del cuarto, y con semejante ventaja, no pudo llegar a la quinta entrada, con cinco boletos en tres innings. De hecho, si me preguntan, ese ha sido el mal de los serpentineros tuneros y dolor de cabeza de Pablo Civil: nadie, excepto el holguinero Luis Manuel Gómez, ha podido cuajar una apertura de calidad.

Los granmenses no han bateado lo que esperaba Carlos Martí, ni Despaigne ha conseguido marcar la diferencia en esta Final. FOTO: István Ojeda.

Los nervios juegan malas pasadas en situaciones de tranquilidad, y cuando se enciende el primer fósforo se ponen peor. A la hora de la verdad, no hay ponches ni dobles matanzas salvadoras, sino boletos y wild pitches. Ayer no fue la excepción. Lo mejor que pasó fue par de ponches a la hora cero…enfangados por sendos wilds. Hombres con vida gracias al descontrol y también a veces la displicencia de los receptores. No olvidar que, en uno de esos lanzamientos escapados, Alarcón fue a por la pelota con una calma pasmosa.

Lo otro me lo recuerda ese comentario de Jose Manuel Cortina en una entrevista que le diera a Michel Contreras hace un tiempo: el lanzador cubano, al dejar de batear, deja de pensar como los bateadores, por tanto, pierde en buena medida la habilidad de saber qué tirar, a quién y cuándo.

Vienen mansos al centro en conteo de dos y nada, tratando de liquidar con tres lanzamientos, como si tuvieran los atributos de Kershaw, Bumgarner o Arrieta. Inteligencia falta para trabajar a hombres peligrosos, que por muy desesperados que luzcan en muchos turnos, no perdonan. De eso han pecado estos cuerpos de pitcheo en momentos claves, como por ejemplo con Danel y los Alarcón.

Sin nada en la bola y con tan pocas armas, agregándoles la falta de pensamiento táctico, muy mal andamos. Todas las señas no pueden venir del banco y me suena muy cercano que tampoco los lanzadores son de detenerse a estudiar a sus rivales. Pero ese es un mal generalizado en Cuba a todos los niveles del juego.

Sin Blanco ni Ulfrido, sus principales cartas, pudiéndolo hacer bien, muy enredado anda Martí Santos, quien debe confiar en una batería que no está produciendo a la altura y que tiene más grietas que la de los tuneros, pues Céspedes y Raico Santos están en slump, Yulexis La Rosa no es un receptor ofensivo, y todas no las pueden empujar Avilés o un Despaigne todavía con jetlag.

Las Tunas, sin rendirle mucho más el pitcheo abridor, ha demostrado tener un bull pen en mejor forma para caminar en los juegos, con Yudiel Rodríguez, Cousín, Meneses o Granado. Y para que hablar de Jose Ángel García, clave en todo (sí, todo) desde la lomita para las victorias de los  Leñadores.

Dicho esto, y tomando como referencia lo visto, me lanzaré un piscinazo a la altura del juego dos. Si no ocurre un milagro en Bayamo, Las Tunas gana la Serie 57 en cinco juegos de esta final.