El tema de los refuerzos siempre destapa pasiones encontradas. Y es lógico, sobre todo si tienen en cuenta sus dos caras: por un lado, no cabe duda que concentra calidades y llena estadios; pero al mismo tiempo lacera orgullos provinciales, coquetea con la injusticia y pone obstáculos a desarrollos individuales.

No hablaremos de truncar o minimizar la labor de algunos jugadores, quienes habiendo aportado lo mejor de sí a sus conjuntos clasificados, irán irremediablemente a la banca, opacados por la llegada de jugadores con mejor currículum. Tampoco el centro de este artículo serán las diez provincias en las que no se jugará béisbol en los próximos meses. Y pasaremos por alto, a conciencia, en los cambios de dinámicas grupales ni en rupturas psicológicas.

Aún a tal precio, sería ingenuo desconocer que nuestro beisbol necesita (al menos como electroshock inmediato) esa bocanada de oxígeno que hoy conocemos como refuerzos; esa fuerza que —de súbito— rescata el entusiasmo y la excitación por nuestro deporte nacional.

Pero, ¿qué pasa con los casi 400 peloteros que tendrán que mirar desde sus casas esta nueva etapa? ¿Qué harán esos prospectos, esos jóvenes inactivos por los próximos meses, alejados del primer nivel del béisbol doméstico? ¿Qué hacer con quienes tuvieron una magnifica temporada, se esforzaron y engordaron los números a plenitud y no encajaron en franquicia alguna?

Partamos de un punto básico, para desarrollarse en el juego, para pulir habilidades y eliminar fallas, para cuajar aptitudes y ganar experiencia, solo hay una fórmula: jugar y jugar; no hay otro camino. En el deporte no existe desarrollo en gimnasios ni en laboratorios, es en el terreno donde se esconden grandes tesoros y mapas que indican el camino al éxito.

En todos los medios informativos cubanos se habla de las bondades de los refuerzos. De la noche a la mañana, con elegir a treinta hombres entre los que no clasificaron, se cree haber solucionado problemas que tardarían años en solventarse. Con los refuerzos —un trámite que duró menos de una hora—, seis equipos reforzaron sus líneas centrales y cuerpos de lanzadores, se repellaron fisuras al campo o aumentaron el poder de fuego de las alineaciones regulares. Todo ello no pasa de ser un parche.

Amén de esconder el verdadero problema, y no de solucionar el bajo nivel que exhibe una Serie Nacional con 16 elencos, dejar diez equipos en casa crea un bache tremendo: ¿cómo sustentar la preparación de quienes no fueron elegidos?

Peloteros de reconocido nivel y experiencia como Jordanys Acebal (IJV), Orlando Acebey (SSP), Juan Miguel Soriano (CFG), Alexander Pozo (MAY), Yeniet Pérez (VCL) y Leonel Moas (CMG) que fueron convocados al juego de las estrellas tendrán que irse a casa, a ver los toros desde la barrera con apenas 45 partidos jugados. En tales condiciones es lógico suponer que su futuro inmediato sea que el aire les oxide los músculos, o pensar la manera más fácil de abandonar el país y probar su suerte en otras tierras.

Otros estelares como Yoelvis Fiss (CAV), Yander Guevara (CAV), Michael Gorguet (HOL), Geydi Soler (HOL), Dainier Gálvez (IJV), Danny Aguilera (IJV), Michael Gonzales (MAY), Orlando Lavandera (MAY), Edilse Silva (SCU), Alberto Bicet (SCU), Danny Betancourt (SCU), Eriel Sánchez (SS), Yoen Socarras (SS), Yurien Vizcaino (VC), Andy Sarduy (VC) y Yasmany Hernández (VC), también serán lastres hasta la próxima campaña, peones sacrificados en aras de llenar estadios, piezas prescindibles que se apartan o se usan según convenga.

¿Y para los jóvenes prospectos, los que tuvieron una magnifica campaña? ¿Cuál es su premio? Una serie corta, cortísima, de 45 choques en los que casi ninguno fue regular a tiempo completo.

Un pelotero no se desarrolla en 45 partidos. Los refuerzos no hacen más que reproducir el esquema de “equipos débiles/cantera y equipos fuertes”, y así veremos que, casi siempre, los eliminados son los mismos desde hace cinco años. Desde esa óptica, ni Cienfuegos, ni Mayabeque, ni Sancti Spíritus, ni Camagüey, ni el mismo Santiago de Cuba, conseguirán salir del hoyo en el cual se encuentran.

Es cierto que nuestro país, nuestro béisbol, necesita de un torneo élite, precisa con urgencia la concentración de calidades y elevar el nivel de sus participantes en función del espectáculo deportivo. Pero para conseguirlo no se puede sacrificar la Serie. Porque el resultado final es hipotecar el futuro y la preparación de los jugadores cubanos, y con ello, el de la Serie Nacional.