A lo largo de unos cincuenta años, la Serie Nacional de Béisbol ha variado de estructura con la misma frecuencia que los recién nacidos cambian de culero (o George Best de pareja de cama); poco más, poco menos.

Es terrible: hemos hecho del béisbol un laboratorio donde experimentamos las ‘vacunas’ más inimaginables. Cierta vez, renunciamos a la majagua por el aluminio y, un cuarto de siglo después, volvimos a romancear con la madera. Hemos modificado la altura del montículo y jugamos mucho tiempo en algunos estadios donde un pobre y plebeyo flaicito podía adquirir la realeza del jonrón.

Así, los récords de las Series Nacionales son un puente -como diría Paul Simon- sobre aguas turbulentas. Menguados de credibilidad, casi todos requieren asteriscos explicativos del tipo “lo logró en una campaña de X juegos” o “con bate de aluminio”. En fin, la mar de aclaraciones.

Relajo es la palabra que resume este vaivén. Relajo, e incapacidad. No se entiende que hayamos probado con tantos sistemas de juego y que la cantidad de equipos en disputa y de choques a efectuar mudara una y otra vez.

Allá vamos: los sistemas pasaron del Todos Contra Todos al formato de Dos Divisiones; luego al de Dos Zonas y, más tarde, al de Cuatro Grupos para regresar a las Dos Zonas y el Todos Contra Todos.

Serie Nacional de Béisbol

Partido de la Serie Nacional de Béisbol. FOTO: Hansel Leyva

¿Y el número de equipos? Subió de 4 a 6, y a 12, y a 14 y 18. Entonces lo fijamos por un tiempo en 16, hasta que algún sesudo decidió que en el 2012 se elevara a 17. ¡Qué maravilla, un campeonato con matrícula impar! (Cierto: la corona de Puerto Rico la dirimen cinco escuadras, pero no existe ninguna razón que nos obligue a imitar malos ejemplos.)

Ahora bien, la novela del absurdo la hemos escrito con el total de encuentros a celebrar por cada selección. Empezamos por 27, y de ahí a los corrientes ha seguido una inverosímil trayectoria: 30-38-39-65-99-66-78-39-51-75-48-65-90-96-87. Vaya contraste: desde hace 54 temporadas, en Grandes Ligas cada club efectúa 162 partidos; ni uno más, ni uno menos.

Pareciera mentira, pero es tan verdadero como un templo. No se ha podido consolidar una estructura y, para no romper la tradición, en los hornos de la Dirección Nacional de Béisbol ya se cuece la posibilidad de implantar una nueva; otra más.

¿Cómo será? Ni idea. Ya sabemos de los afanes misteriosos que mueven los hilos de nuestra pelota -lo mismo para dar a conocer un manager que para amplificar las causas de alguna sanción. Aunque eso sí: se rumora con fuerza en torno a la celebración de un par de eventos -el segundo de ellos con menos conjuntos en liza-, y sobre la definitiva adecuación del calendario a los actuales escenarios beisboleros.

Sea cual sea la variante a implementar, lo preciso es que perdure por respeto a la Serie Nacional, a los récords, y a ese público que va a seguirla viendo, incluso, cuando -tal como van las cosas- se convierta en un torneo de desarrollo de talentos que, inevitable y legalmente, emigrarán a otros diamantes.