La Serie Nacional para menores de 23 años se está jugando en Cuba desde el pasado 1 de abril. Muchas son las inquietudes de los pocos mortales que acuden a los estadios y los que revisan los resultados y las estadísticas a diario por las redes sociales o por la prensa escrita.

Son alarmantes la cantidad de errores que pasan a los records tras cada partido, las fallas mentales que no van a las hojas de anotaciones, el descontrol generalizado de los lanzadores, la inestabilidad de los atletas, la desconcentración y la poca vergüenza ante las derrotas de la mayoría de los implicados en el torneo.

Sentarse a ser testigo de estas semillas a punto de germinar, de estas feas orugas que, supuestamente, deben convertirse en mariposas, es escalofriante y desesperanzador para el aficionado que ve el béisbol como una parte intangible de la cultura y del patrimonio de este país.

Pero, ¿quién tiene realmente la culpa de estos desparpajos en el terreno, de este pretérito imperfecto, de estos eslabones quebrados de la cadena, de esta pirámide frágil y tambaleante? ¿Acaso ya no hay beisbolistas de calidad en Cuba? ¿Está muerto nuestro deporte nacional? Me resigno a creerlo.

“Ahora el equipo no está hospedado en ningún hotel, los peloteros están yendo para su casa después de los juegos, porque al alberge de Mulgoba no van a ir, eso está en muy malas condiciones, y estos son los prospectos de nuestro país, son los que representarán a Cuba en un futuro. Los directivos tienen que aprender a hacer las cosas, se están haciendo mal, no se hacen las gestiones que se tienen que hacer, ¿Quién me va a decir a mí que aquí en la Habana no existe ningún lugar donde puedan hospedarse 36 atletas, que todas las capacidades están copadas? Yo creo que eso es una mentira”, me dice, molesto, el director del equipo La Habana, Lázaro de la Torre.

Esto solo es la punta del iceberg, hay que ir a las causas, preguntarse si unos muchachos que no llegan a 23 años son capaces de explotar al máximo sus cualidades, canalizar sus virtudes y su talento en el diamante, bajo los demonios de las necesidades, de los problemas, de tormentas y vicisitudes.

Los directivos tienen que aprender a hacer las cosas, se están haciendo mal, no se hacen las gestiones que se tienen que hacer, ¿Quién me va a decir a mí que aquí en la Habana no existe ningún lugar donde puedan hospedarse 36 atletas, que todas las capacidades están copadas?

Giraldo González, estelar torpedero de los equipos de Pinar el Río y de la selección nacional, ahora entrenador del equipo sub 23 de su provincia, expresó en una entrevista varios días atrás:

“Esta es la segunda vez que yo trabajo en esta categoría, te puedo decir que entrenamos en un terreno con muy malas condiciones todo el año. Por aquí no viene nadie, ninguna de las autoridades deportivas se llega por acá a preguntarnos cómo van las cosas ni cuáles son las necesidades que tenemos. Más bien, todo funciona con el apoyo de nosotros mismos”.

De la Torre, lo reafirma: “Todos los terrenos por ahí están en muy malas condiciones, esos atletas vienen deformados desde la base, por eso las cosas no salen bien y se está jugando con tantos errores por partido. Hay que ser más exigente con el problema de los terrenos y más cuidadosos con eso”.

Si así están las cosas, ¿de qué manera y con qué moral podemos señalar con el dedo a todos aquellos que han cometido 479 errores al campo en 160 partidos? ¿De qué se alarman técnicos y especialistas si, además, tenemos los agravantes del juego vespertino bajo el sol abrasador de este trópico implacable, los problemas de alimentación, de transportación, de alojamiento, y no sé cuántos etcéteras?

Ninguna de las autoridades deportivas se llega por acá a preguntarnos cómo van las cosas ni cuáles son las necesidades que tenemos

Play-Off puedo acceder al interior del estadio capitalino Changa Mederos, a donde desplazaron la tropa de la capital —bajo las protestas del director del conjunto— y las condiciones son deplorables: las neveras de las bancas están rotas, los baños están sucios, hay huecos peligrosos en el terreno, en los bull-pen el box tiene tablitas superpuestas, los receptores tienen que recibir allí los lanzamientos a la distancia que ellos mismos entiendan porque no hay home-plate, etc.

“En los bull-pen el box tiene tablitas superpuestas, los receptores tienen que recibir allí los lanzamientos a la distancia que ellos mismos entiendan porque no hay home-plate”. FOTO: del autor

Hablamos de la capital. ¿Qué pasará en el resto de las provincias? ¿Cómo podemos criticar de manera despiadada a los lanzadores que han otorgado 1470 bases por bolas durante todo el campeonato (9.18 por juego)? ¿Quiénes son los verdaderos culpables de este desastre en el terreno? Los problemas no son huérfanos, sus padres tienen nombre y apellidos. Y nosotros, ¿qué podemos hacer al respecto?