La Superliga intentó ser de alguna manera un golpe de estado al status quo del mundo del futbol. No fracasó por ser una idea del todo descabellada, sino por su falta de tacto en la comunicación del producto que ofrece, pues le faltó, más que nada, convencer al cliente más cercano y el centro de todo: al hincha de toda la vida, al que está a 20 kilómetros del estadio.

Los dueños de la idea se presentaron como salvadores del fútbol, con un torneo semicerrado y elitista, que olvidaba la meritocracia deportiva o al menos, la reducía bastante. Vendieron la idea solo en el apartado económico, con cifras, porcientos, puntos decimales y se les olvidó decir como salvarían al mundo.

Los ideólogos de la Superliga se pusieron frente a las cámaras para decir que era casi más importante la cifra de seguidores en Instagram que los títulos en las vitrinas. Trataron, sin siguiera cubrirlo, al aficionado como un mero cliente, lo cual es, pero estos no quieren que se lo digan tan abiertamente. Se olvidaron que a las masas hay que enamorarlas, seducirlas. Es cínico, pero perdieron esta guerra porque los otros, lo fueron mucho más.

La UEFA, FIFA y federaciones nacionales del otro lado de la pelea, se escudaron en un discurso vacío: “el respeto a las aficiones”. Realmente, una burla a la inteligencia de la gente, pues: ¿hay respeto en entregar un mundial a un país donde mueren 6.500 personas por causa de trabajar en condiciones casi de esclavitud para construir los estadios donde se celebrarán los partidos?

¿Lo hacen por el bien del fútbol del aficionado o por un tema de influencia e intereses? ¿Respetan al hincha buscando hacer partidos en Miami o Supercopas en Arabia? ¿Los horarios y calendarios se diseñan para los seguidores o para responder a ciertos inversores?

Superliga vs UEFA/FIFA/Federaciones no es más que una guerra de intereses para quedarse con la mayor parte del pastel posible en la industria del juego. Es más, la Superliga es el resultado natural de la evolución del negocio.

De alguna manera, el modelo actual también perpetúa a los poderosos en las competencias más grandes, simplemente porque a estos los han convertido en clubes mundiales con mayor clientela a la cual venderles el negocio. Su facturación los aleja cada día más de lo clubes de pueblo y la brecha no hay manera de reducirla. Es un bucle que no tiene fin.

No existen mecanismos para proteger a los más pequeños y permitirles crecer, más bien todo lo contrario: el sistema solo defiende a los superclubes porque son los que traen el dinero. La realidad confirma esta afirmación: el Bayern gana cada año en Alemania, el PSG en Francia, en Italia la Juve y el torneo español es cosa de tres.

Los “grandes” inflan el mercado, los límites salariales y muchos viven por encima de sus posibilidades generando una burbuja económica que cuando aparece una pandemia los deja desnudos. El efecto dominó es inmediato porque la industria está construida de tal manera que el resto depende de ellos.

Los derechos televisivos de la liga se venden a tan alto precio gracias a los poderosos y son, en gran parte, el mayor sustento de los pobres, no así de los ricos, que tienen merchandising, abonos, ticketing. Con la COVID esa otra parte de ingresos desapareció y al tener deudas que se iban a pagar con estos, algunos se quedaron en la ruina.

La solución que proponían los clubes de la Superliga a estos problemas es sacar de la ecuación a la UEFA/FIFA/Federaciones que se llevan una parte importante de las ganancias para quedarse con el 100 por ciento de estas. A la hora de repartirlas serían los grandes los que tendrían el sartén por el mango, pero tampoco es que iban a ser como Robin Hood ni nada por el estilo.

La Superliga venía para abrir todavía más la brecha. Los superclubes dicen: yo lo genero, yo me quedó con todo. Mucha razón no les falta en su argumento, pero es que de los chicos ellos también se alimentan, y estos, aunque sepan que es casi imposible competirles a los poderosos, quieren por lo menos tener una mínima posibilidad, que esta novedosa competencia, prácticamente, cerraba.

La disolución del torneo 48 horas después de haber nacido no es un triunfo de las aficiones, ni del romanticismo, sino del régimen imperante. El fútbol necesita una revisión en todos sus estamentos y formas y necesita sacar la podredumbre debajo de la alfombra. Dudo que pase, pues mientras el dinero corra, se produzca y todos queden salpicados, no pasará nada.

El negocio ahora parece estar en crisis, pero la UEFA sacó de la gaveta unos miles de millones que tenía escondidos para contentar a los renegados, les dará más facilidades para que puedan seguir generando su plusvalía y que las aguas se calmen.

Al final del día, la historia sigue igual: el negocio devoró al deporte, el dinero al juego y los aficionados seguiremos siendo cifras contables a quienes venderle un espectáculo. Sea quien sea el dueño del cotarro, “the show must go on”.  

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