Genio es esa palabra breve, pero contundente, que escogemos para calificar a los prodigios, a quien completan proezas al alcance unos pocos -por precoces, inigualables, por su aura mística-, la que sin dudas mereció José Raúl Capablanca, el único campeón latinoamericano de la historia del ajedrez.

Incluso a 132 años de su nacimiento, que ocurrió un 19 de noviembre de 1888 en el Castillo del Príncipe, instalación militar de La Habana, la figura del ajedrecista se mantiene viva y asociada a la esencia de un juego-ciencia en el cual el cubano tiene una impronta indeleble.

Como toda leyenda que se precie, Capablanca tiene muchas anécdotas que han quedado marcadas en el imaginario popular y que ayudaron a construir la figura del genio como lo conocemos hoy, considerado uno de los mejores de la historia, pese a que sus últimos juegos fueron hace casi 80 años.

Momentos puntuales que agrandan su leyenda, anécdotas, apodos, su figura analizada por otros grandes ajedrecistas: estos son cinco aspectos claves para entender la leyenda del Mozart del ajedrez.

La precocidad y la etiqueta de genio

En la base de su construcción mítica están sus registros de precocidad, pues con pocos años aprendió a mover las piezas – mirando a su padre jugar- , de la cual, en “Capablanca, Leyenda y realidad” de Miguel A. Sánchez (Ediciones Unión, 1978), se da una versión más terrenal, y seguramente más cercana a lo sucedido, en base a testimonios de Graciela y Zenaida, hermanas de José Raúl (fueron 11 hermanos), y por los originales del libro inédito de Olga Chagodaev, la segunda esposa”, cuenta ABC.

“Según ellos, un día José María, el padre de José Raúl, vio al niño sollozar, y rompiendo las costumbres, lo sentó a su lado buscando calmarlo, mientras jugaba una partida de la velada habitual, el niño prestó atención a lo que pasaba y cuando el rival se fue, José Raúl puso las piezas en su posición inicial, el padre emocionado llamó a su esposa para que fuera testigo de la proeza del hijo de ambos, y a partir de ahí se le permitió participar en la reunión nocturna, y a los pocos meses podía competir con su padre y los amigos de este, pero no ganarles con facilidad”.

Otro momento que ayudó a cimentar la leyenda fue el match entre el campeón cubano Juan Corzo y él, al mejor de cuatro partidas, jugado entre el 17 de noviembre al 18 de diciembre de 1901.

Corzo fue campeón de Cuba cinco veces (1898, 1902, 1907, 1912 y 1918) y ni Capablanca creía que podía ganarle a un ajedrecista que superaba ampliamente en edad al adolescente de apenas 13 años.

“Empecé a jugar con la convicción de que mi adversario era muy superior a mí; conocía todas las aperturas y yo ninguna, conocía profundamente muchas partidas de los grandes maestros, cosas que yo desconocía en absoluto; además había jugado muchos matches, tenía experiencia y todo lo que conlleva, mientras que yo era un principiante”, escribió en My Chess Career.

Después de un comienzo adverso de dos derrotas, el cubano se recuperó, pues entablaron seis veces y el jovencito ganó cuatro duelos, para llevarse la victoria ante Juan Corzo.

Ochos años sin conocer la derrota

Uno de los hitos que modeló su historia fue, sin dudas, su imbatibilidad por un prolongado periodo de tiempo de 8 años, una muestra de que, al menos en esa época, era prácticamente imposible ganarle.

José Raúl no conoció el sabor de la derrota desde el 8 de febrero de 1916 en New York (O. Chajes 1 – Capablanca 0, Defensa Francesa, 60 movimientos), hasta el 22 de marzo de 1924 en New York (R. Reti 1 – Capablanca 0, Apertura Inglesa, 31).

En este lapso en que no perdió ninguna de las 63 partidas que jugó obtuvo un “impresionante resultado de 81,7% de efectividad, con 40 victorias y apenas 23 tablas», y tengamos en cuenta que, en el intermedio, jugó y ganó el match por el Campeonato del Mundo contra el doctor Emmanuel Lasker, también invicto.

Si eso no entrega la etiqueta de “Máquina de jugar Ajedrez”, nada más podrá hacerlo.

El Campeonato del Mundo y otros torneos legendarios

Entre su catálogo de hazañas, claro está, se encuentra el Campeonato del Mundo con el doctor Emmanuel Lasker, ganado en 1921, único para un jugador latinoamericano, en La Habana, que por tercera vez fue sede un campeonato mundial de ajedrez, después de los duelos de Steinitz y Chigorin, en 1889 y 1892.

Este comenzó el 15 de marzo de 1921 en los salones del Unión Club, en la misma mesa y con las mismas piezas que en 1892 utilizaron en La Habana Steinitz y Chigorin en su match por el campeonato del mundo.

El cubano venció en cuatro de los duelos y empató otros 10 diez, y no se llegó a completar el pacto de 24 choques previstos porque el vencido, Lasker, decidió abandonar en el duelo 14, con lo cual cedía el título y llegaba un nuevo campeón.

“Posteriormente a la celebración del match Lasker envió una serie de artículos al diario “Telegraf”, de Amsterdam, donde, entre otras cosas, expresó lo siguiente: “Así terminó un episodio de mi vida que abarcó el match con Capablanca. Cuando Steinitz vio perdida la última partida del match que sostuvo conmigo, se puso de pie y exclamó: ¡Tres hurras por el nuevo campeón del mundo! Ese gesto me emocionó y es para mí un honor pronunciar ante el mundo ajedrecístico esas mismas palabras”, narraba EFDeportes

No solo este momento marca su vida, pues resaltan: el match contra de 1909 contra el estadounidense Frank J. Marshall (gana 8 partidas, entabla 14 y pierde una sola), o el resonante triunfo en San Sebastián en 1911.

«En San Sebastián hubo gran oposición de los maestros rusos Aron Nimzowitch y Ossip Bernstein a que Capablanca jugara, pues para ellos y según las estipulaciones del torneo, era requisito indispensable el haber obtenido un primer premio en torneos de esta categoría, o por lo menos dos terceros puestos en competencias de primer orden, condición que no cumplía Capablanca. En su haber solo exhibía como hechos meritorios, la conquista del campeonato de Cuba a los trece años de edad, como ya se ha referido, tras derrotar en un match a don Juan Corso en 1901, y haber vencido en competencia similar en 1909 a Marshall», cuenta EFDeportes.

«Al concluir la liga, fue Capablanca el ganador del primer lugar. Había ganado seis partidas, entablado siete y perdido una contra Akiba Rubistein».

Otro de esos torneos que no se pueden olvidar de su carrera fue Nueva York 1927, en el cual participaron seis de los mejores maestros, a cuatro vueltas: Capablanca, Alekhine, Nimzovich, Marshall, Spielmann y Vidmar.

«Capablanca hizo 5 puntos sobre 6 en la primera vuelta, con una victoria sobre Alekhine utilizando un esquema de Indo Benoni que sería popular muchos años más tarde, de la mano de un revolucionario Mikhail Tal. Aflojó al ritmo en las siguientes tres vueltas, pero logró un triunfo abrumador, terminó invicto, ganó los cinco mini matches, hizo 14 sobre 20 puntos, y terminó con 2½ puntos por encima de su escolta, Alekhine. Ganó el premio de la partida más brillante contra Rudolf Spielmann y ganó dos partidas modélicas ante Nimzovich, que son consideradas como obras de arte posicional».

Otros de sus momentos recordados los constituye la medalla de oro al Mejor Primer Tablero en la Olimpíada de Ajedrez celebrada en Argentina, en 1939, cuando para muchos ya estaba en declive.

Los apodos de una estrella

Como su nombre no basta, muchas veces las grandes figuras deportivas son reconocidas también por apodos que trascienden tanto como su actuación. Es la forma de redefinir al personaje, de exaltar sus resultados extraordinarios y hasta amplificarlos.

Con un apellido de por sí sonoro, el juego del cubano, su mencionado periodo de imbatibilidad, o el desempeño científico e irrebatible que registraba cuando estaba en su mejor momento, le valieron los sobrenombres de El Mozart del ajedrez, La Máquina de Ajedrez o El Invencible.

Las opiniones de sus contemporáneos y sus sucesores

Para definir mejor la significación del ajedrecista en su tiempo y épocas posteriores, nada mejor que descubrir qué opinaron sus contemporáneos y sucesores, ilustres como Alexander Alekhine, Mijaíl Botvinnik, Richard Reti o Garri Kaspárov.

Richard Reti: «Yo he aprendido el ajedrez adulto y me he perfeccionado en él con la dificultad que requiere el estudio de una lengua extranjera; Capablanca ha nacido jugando al ajedrez, cuando mueve las piezas está hablando su lengua materna. Hallar la maniobra precisa en determinadas posiciones me exige a mí un complicado proceso mental, sujeto a lagunas y errores; se me nota el acento extranjero, como a quien habla un idioma extraño. Capablanca, en cambio, maniobra con una espontaneidad desconcertante; sus planes son fluidos, perfectos, y parece que no le demandaran esfuerzo alguno. Preguntarme cuándo voy a jugar como Capablanca, es como preguntarme cuándo voy a escribir, en castellano, como Cervantes».

Jacques Miese: «El estilo de Lasker es como una copa de agua clara con una gota de veneno. El de Capablanca es una copa de agua aún más clara, sin la gota de veneno».

Emmanuel Lasker: “Sus partidas son claras, lógicas y vigorosas. En ellas no hay nada escondido, afectado o artificioso. A través de sus jugadas se advierte su pensamiento, aún allí donde quisiera ser astuto. Si bien sus jugadas son transparentes, no son en modo alguno fáciles de hallar. Su profundidad no es la de un poeta, sino la de un matemático; su espíritu, el de un romano, no el de un griego”.

Mijaíl Botvinnik:»Es imposible comprender el mundo del Ajedrez sin mirarlo con los ojos de Capablanca».

Garri Kaspárov, en Mis Geniales Predecesores: “En general, el apogeo de Capablanca fue, en mi opinión, en el periodo anterior a su conquista del campeonato. Fue entonces cuando jugó el ajedrez más fresco e interesante, y cuando demostró su colosal superioridad sobre sus contemporáneos. Por esa razón surgió precisamente el mito de su invencibilidad. Nadie podía ver las pequeñas -y, a veces, no tan pequeñas- lagunas de su estilo ultrapuro. Pero esos errores no eran accidentales, y en el encuentro con Alekhine [quien le derrotó en 1927] pasaron a ser trágicos, puesto que echaban por tierra los frutos del enorme trabajo precedente. Capa fue cayendo por culpa de su proverbial pereza, y una cierta negligencia en su juego. Si tenía éxito, ¿para qué esforzarse más?”.

Alexander Aleckine: “Ha muerto el más grande ajedrecista de todos los tiempos. Jamás volverá a nacer uno igual”.

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