Asley González parece estar curado de las espinas y frustraciones que puede tener un deportista. El tiempo lo ha vuelto feliz con lo que ha conseguido a lo largo de su carrera.

A miles de kilómetros de su Placetas natal, el judoca cubano lleva una vida tranquila, disfrutando de la alta competencia sin ningún tipo de presión. Él tiene a Cuba en el corazón, aunque ahora la bandera que exhibe en su judogi sea la rumana.

Ritsu Rei

El destino de aquel niño que andaba descalzo por el pueblo dio un giro de 180 grados que hace unos años hubiera costado imaginar.

“Mi infancia fue muy buena, con mi familia, mis amistades del barrio… Extraño mucho mi época en Cuba y más cuando era niño, que no se pensaba en nada. Creo que fue la mejor etapa de mi vida. Recuerdo que escapaba mucho. Mi madre salía a buscarme, me regañaba y me castigaba. Y yo lo olvidaba y lo volvía a hacer”, explica Asley González.

Fue un niño alegre, que se iba al río o se ponía a jugar al trompo con los demás muchachos, todo hasta que el judo llegó a su vida.

“Di con el deporte gracias a mi abuela, que conocía a un entrenador que hoy en día es como si fuera mi padre. Ellos habían trabajado juntos y mi abuela me llevó. Entonces empecé, pero después quitaron los tatamis y tuve que estar un periodo fuera.

“Practiqué varias disciplinas: kárate, boxeo, fútbol, pero algo me decía que el judo era lo máximo y luego supe que volvían a dar las clases y recomencé con 11 años, con el mismo entrenador: Pedro Pérez. Él me llevó de la mano, me enseñó bastante. Más tarde, continué en la Eide y hasta el equipo nacional”, cuenta.

La mayor parte de su tiempo la pasaba en ese colchoncito, y era tanta la devoción que cuando no estaba en los tatamis, se iba a casa del entrenador a observar videos.

“Mis padres apoyaron mucho siempre en todas las etapas de mi carrera deportiva. En los inicios, el soporte de la familia es muy importante, ya que el niño debe sentirse seguro de lo que está haciendo. El entrenador de base igualmente juega un papel fundamental, porque debe enseñarte la técnica y los elementos básicos del judo y mientras más aprendas cuando eres niño, más fácil será cuando crezcas: no cometes tantos errores y resulta sencillo competir a nivel alto con una buena técnica”, cuenta.

La evolución alcanzada en esa primera etapa lo llevó a la beca en una Eide, lo que supone un reto para los muchachos. No obstante, Asley destaca la importancia que tienen en la formación del atleta y el ser humano.

“La estancia puede ser dura para un niño, pues ni los padres ni algunas comodidades están contigo, pero no es algo que no se pueda superar y aprendes mucho de la vida y te hace crecer como persona.

“Es cierto que muchos no se adaptan a ese sistema y a estar lejos de casa, pero el que lo logra da un gran paso en su vida, aprende a convivir con otras personas, crea una nueva familia que es diferente a la del hogar… Eso te da mucha voluntad y es vital a temprana edad. Sé que no tienen las mejores condiciones a veces, sin embargo, quien la pasa, mejora bastante como persona”, afirma Asley González.

Tras cumplir su fase en la Eide, fue llamado al equipo nacional juvenil y posteriormente, en unas vacaciones, le comunicaron que integraría el conjunto de mayores.

“Me dijeron: ‘Prepárate, que en septiembre entras al equipo nacional juvenil’. Estaba muy contento, era algo que había esperado y fue lo más grande en ese momento. En menos de un año, subí a la selección mayor.

“Al principio resultó muy difícil, porque el entrenamiento era un poco más fuerte y el atleta joven sufre mucho, sobre todo con la parte del físico; pero te vas adaptando. Además, tuve buenos compañeros y compartíamos casi todo”, dice.

Un vago recuerdo de su primera aventura internacional lo remonta a Inglaterra. Allí el joven, inexperto, perdió en el combate inicial. “Como era de esperar, es muy difícil a nivel internacional y más cuando empiezas. No gané nada; pero fue muy bueno entrar a este tipo de competencias de primer nivel”, detalla Asley.

A esa nueva experiencia, le sumaría una inesperada participación en la cita bajo los cinco aros de Beijing 2008. La lesión de la principal figura del país en los 90 kilogramos, Jorge Benavides, propició que Asley, con solo 18 años, tuviera que hacer el peso para cargar con tamaña responsabilidad.

“Era juvenil y decidieron llevarme a mí que era 80 kilogramos. En el momento en que me dan la noticia no sentí nada. Me puse contento, pero no sabía lo que representaba hasta que estuve ahí. La experiencia de una olimpiada es lo que quiere todo deportista y eso era un sueño… Es un recuerdo que queda para siempre.

“La villa de Beijing era hermosa. La recuerdo como la mejor olimpiada de las que he ido. El reto me quedaba muy grande, había presión, no tenía recorrido y fue demasiado para mí en aquel entonces”.

En el Ne-waza

El año 2011 significó la validación del talento de Asley González. En agosto consiguió la medalla de bronce en el Mundial de París y meses más tarde, en octubre, se llevó el subtítulo en los Juegos Panamericanos de Guadalajara.

“Esa presea de bronce mundial es la que me hace salir adelante, querer más. Me reafirmó como atleta de élite y es la primera medalla importante en mi vida. Con la plata de Guadalajara me siento bien. Perdí con Tiago Camilo, tremendo judoca, un gran rival. Medallas son medallas. Uno quiere siempre ganar y no se puede. Tiago es uno de los rivales más difíciles que he tenido, por su forma de pelear, y estoy contento con ese resultado, que al final formaba parte de un sacrificio”, dice.

Para el 2012, llegaba la posibilidad de luchar por el título olímpico en los Juegos de Londres. Inesperadamente el color de la presea cambió a última hora, pero con los años el sabor amargo que inicialmente tenía esa plata pasó a ser motivo de orgullo para él.

“En Londres tenía más experiencia internacional y llegué con mayor confianza. Con el rival de la final, Dae-Nam Song, nunca había peleado. Sí podía ganarle, pero no era algo seguro. Como todo el mundo sabe el judo es de equivocaciones y él estuvo mejor en ese momento. Es un buen atleta, era su día y lo mereció.

“Con la plata, al principio, me sentí un poco mal, porque no me gusta perder, a nadie le gusta. No obstante, luego la disfruté y la disfruto mucho, pues es una medalla olímpica que todo el mundo quisiera tener. Estoy contento ahora. Después de que soy un poco más viejo, me siento bien con eso”, cuenta el judoca.

Finalmente, un año después, la maldición de quedar a las puertas del oro en los grandes eventos se rompió. El Mundial de Brasil, en 2013, vio a Asley González coronarse como monarca del orbe. Ese es el pasaje de su carrera que más lo ha complacido y que mejor lo ha hecho sentir: “En aquel instante ni me lo creía y no sé cuánto tiempo me llegó a durar la alegría. Trabajé fuerte y al final salió”.

Sin embargo, su cuerpo no acabó del todo bien tras dicha final y ahí, de la felicidad máxima, se originó uno de los episodios más oscuros de su vida. “Me lesioné en la final y así comenzó el descenso de mi carrera. No me di cuenta de que era una lesión grave y quise seguir. Al percatarme, quise la operación, pero era muy tarde. De esa forma vinieron las complicaciones: pérdida de tiempo, dejar de entrenar y al final afectó.

“Es muy difícil y frustrante para un atleta lesionarse, ya que no puedes hacer lo que te gusta y te cae una ansiedad que quieres más de lo que hacías. No es fácil para un deportista. Solo te sobrepones con paciencia, control mental y trabajo de recuperación”.

De esta manera, en los Juegos Panamericanos de Toronto 2015, el mejor Asley parecía estar de vuelta, sin embargo, una vez más el brasileño Tiago Camilo se atravesó en el camino al cetro continental. Lo que pocos sabían es que el cubano llevaba a la par otro combate.

“Tras recuperarme competí en varios eventos, entre ellos estuvo el Panamericano donde perdí con Tiago. Y no resultó algo frustrante, porque antes de eso pensaba que no podía más, que era muy difícil volver y hacerlo bien. Estaba recién operado, ni siquiera sabía si podía dar pelea. Al final lo hice. No fui campeón, caí de nuevo contra él, pero logré regresar al tatami, que era lo que quería. Igual estando sano podía haber perdido. Él es un atleta de nivel y no tengo que sentirme mal con el subtítulo”.

Luego de esto, las lesiones continuaron perturbando los sueños de Asley, entre ellos, el de convertirse en titular olímpico. En la edición de Río de Janeiro 2016, las expectativas se fueron por encima de la realidad.

“Todo el mundo esperaba que cogiera medalla, pero verdaderamente fue muy difícil para mí. Nunca llegué a entrenar tres meses seguidos, porque la lesión del hombro todavía daba problemas y tenía que parar. Cada vez que me lastimaba, había un retroceso.

“La operación llevaba 16 meses de recuperación y no los cumplí. Quería competir y de hecho lo hice. Ahí fallé. Debía haberme recuperado para no arrastrar el problema”.

A la par que todo esto sucedía, iba perdiendo terreno a nivel nacional y su lugar en la selección ya no era tan seguro con el ascenso de figuras como Iván Silva. En este contexto, una desagradable situación extradeportiva colocó a Asley en boca de todos. Era julio de 2020 y después de alrededor de tres años acudiendo a las autoridades correspondientes, sus familiares denunciaron a través de las redes sociales que el deportista había sido víctima de la corrupción, al ser despojado de partes de la propiedad que le pertenecía para construir una vivienda.

Él no habla mucho del tema. “Al final, perdí la mitad de mi terreno. Lo veo de esa manera y creo que pudieron ayudarme. No obstante, eso quedó atrás y yo seguí adelante.

“En mi carrera deportiva no tuve problemas graves como el de la casa. Mis dificultades fueron producto de las lesiones. Aparte del hombro, tuve en la rodilla, el muslo y son cosas que pasan en el deporte. Aquello me hizo pensar que necesitaba retirarme. También Silva ya me estaba ganando, era más joven, se encontraba más fuerte y decidí parar”.

Después del Mate

Luego de un año en casa con la familia, la llamada de un amigo cambió su vida. A veces hay quienes confían en el talento por encima de todo, y en esta ocasión la jugada de esa persona no pudo ser mejor.

“Me invitó a Rumanía a dar unas clases para niños y al llegar me propusieron competir de nuevo. Y dije: ‘¿Por qué no? Puedo intentarlo, ya llevo tiempo fuera y tengo ganas, a ver qué puede pasar… ya sin presión’.

“Entonces hablé con las federaciones de Cuba y Rumanía, se pusieron de acuerdo y me dieron el permiso. En lo que se completó el papeleo, ya llevaba dos años sin competir y finalmente empecé”.

El cambio inicialmente resultó muy brusco. La soledad, el clima y la añoranza lo golpearon. Es el precio a pagar por continuar haciendo lo que lo apasiona por un tiempo más. “No va a ser por toda la vida… Luego podré estar con mis familiares y amigos nuevamente”, dice.

“No espero nada diferente. Ahora hago judo con menos preocupación, para disfrutarlo y esto es parte de mi vida. Me siento bien haciéndolo, me complace más porque estoy relajado, ya que no tengo nada que probar.

“Encontré en Rumanía la manera de competir más fácil… En Cuba se dificultaba salir a eventos debido a la economía, pues dependíamos mucho de la Federación Internacional. Aquí tengo la posibilidad de escoger las competencias a las que quiero ir y la la libertad a la hora de salir a entrenar a Europa, donde se realizan casi todos los torneos internacionales”, explica, y añade que los entrenamientos son diferentes a los que conocía: entrena menos y descansa algo más, para cuidarse, teniendo en cuenta su edad y las lesiones.

¿Cuán difícil se hacía llevar la vida deportiva en Cuba?

Es de mucho empeño, ya que desde chiquito tienes que sacrificarte para tener el resultado que tu gente quiere, que tu familia espera y sobre todo el país, que exige mucho.

Creo que los problemas principales del deporte en Cuba son económicos, que no tienen como salir, conocer y ganar experiencia. Todo el entrenamiento lo tienen que hacer en allí y cuando salen deben ir a ganar y así es complicado.

Ahora que han pasado algunos años, Asley reconoce que no tiene ningún tipo de recelo con su trayectoria. En determinada ocasión lo tuvo con la plata de Londres, pero “cuando uno va creciendo se da cuenta de que en la vida hay que coger las cosas con calma, aprovechar las oportunidades y disfrutar los momentos lindos”.

A corto plazo lleva entre ceja y ceja el objetivo de clasificar a los Juegos Olímpicos de París 2024 y no se limita a soñar con poder conquistar la presea dorada. Si esto pasara, su sueño de niño sufriría algunas variaciones. Ya no sería la bandera de la estrella solitaria la que se izaría luego de que recibiera la medalla.

“No pierdo la esperanza de ser campeón olímpico, pero ya no es con el afán que tenía de joven. Y no me da tristeza que fuera por aquí (Rumanía), pues si yo lo lograra por este país, creo que parte de Cuba también sentiría que eso es de ellos”.

¿Crees que estarían en los cubanos de alguna manera apoyándote en los Juegos Olímpicos si logras una presea?

Sí, por supuesto. La mitad de la medalla sería para Rumanía y la otra mitad, para Cuba.

¿Quisieras volver?

“Claro que sí. Es mi país y siempre que pueda voy a regresar, de hecho hasta campos de entrenamiento podría hacer en Cuba. Eso no es problema para mí. Yo extraño mi tierra, como todo cubano, pero mientras esté activo en la disciplina tengo que sacrificarme y estar aquí, porque no puedo dejar de competir ni de entrenar”.

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