Santiago de Cuba regresó nuevamente al Estadio Latinoamericano y acabó con la espera de dos años del público capitalino para revivir el superclásico de la pelota cubana.

No obstante, amén de lo que pase en el resto de la subserie, ese primer juego, que debió ser la mejor cara de un duelo esperado y deseado, dejó en evidencia más carencias que alegrías, más dudas, más decepción.

El marcador final de 13-12 en ese desafío puede dejar pensar que, como suelen decir algunos, fue un “tremendo juego de pelota”. Pero la verdad, nada que ver. Si bien empezó el choque con rivalidad, zarpazos y aguijonazos, más tarde se transformó en un poco más de lo mismo.

Un  juego de 25 carreras es excesivo. Se conectaron 29 indiscutibles y se cometieron 6 pifias, cuatro de ellas a la cuenta del equipo ganador, lo que ya es un detalle a destacar, pues generalmente el que peor lo hace al campo, pierde. En la misma medida que se dio esa cantidad de imparables, se dejó la misma cantidad de hombres en base, y los lanzadores de ambos equipos dieron una veintena de boletos de libre tránsito. Todo un desastre.

PLAY BALL: Anglada vs Paret, ¿ofensiva o picheo?

Estos factores hicieron que el desafío se extendiera durante cinco horas y quince minutos, pues comenzó a las 2:15 de la tarde y terminó a las 7:30 de la noche. Pero lo importante acá no es lo absurdo de los guarismos, sino los procederes que conllevan a inflarlos.

Industriales tomó ventaja rápidamente frente a Norge Carlos Vera, un joven valor  de 18 años con el peso tremendo del apellido y el número 20 de su padre, quien no pudo aguantar la ligera olla de grillos que lo recibió en el Coloso del Cerro. Al cierre de la tercera entrada tuvo que abandonar, dejando a su team debajo en el pizarrón por 5 rayas. Acto seguido, entró David Mena, a la altura del cuarto, todo descontrolado.

Cierto es que Mena gusta de cerrar a los bateadores y experimentar, pero si está ganando usted 5-0, lo que hay que hacer en ese caso es dar strikes, no inventar. Si bien la zona la pierde cualquiera, como luego hicieron los lanzadores que vinieron detrás, la concentración y la disciplina no se puede perder. Y eso hay que hacerselo entender a nuestros peloteros: lo cortés no quita lo valiente. Una cosa es lanzar duro y otra hacer derroche de guapería para nada, retrasando el juego y buscándose advertencias de los árbitros. Esto también va para Rosabal y Danny Betancourt, algo “calientes” en su actuar.

Seguimos con los lanzadores. Situación de tanda baja en el séptimo capítulo por Santiago de Cuba. Industriales ya había perdido una ventaja de 10-3 y ahora el cotejo está 10-6. Los serpentineros Azules, en una demostración más que clara de sus debilidades, dan 4 boletos consecutivos. Uno se lo dan a un emergente, que a pesar de batear .500 viene frío del banco. Otro al noveno bate, sin siquiera tirarle un strike. Ahí Anglada debe quemar a Héctor Ponce, que deja el juego 10-7, explotado a batazos en el octavo inning.

Los nervios aparecieron cuando Henry Molina, en el noveno episodio, deja caer la bola que le pasa Aroche para facturar el último out. Quizás cerró el guante antes, quizás bajó la cabeza en un gesto de victoria adelantada y no vio bien la trayectoria de la pelota. Pero esta jugada es de libro: aunque venga un misil al pecho, usted debe capturarla. Luego del error, el hit salvador y el empate de Santiago.

El pitcheo de Santiago en el noveno, con Danny Betancourt, de lágrimas. El experimentado lanzador se fue del juego con dos lanzamientos que no le cantaron strike, y ahí comenzó la sinfonía de boletos que trajo a Yoandry Urgellés a la caja de bateo. Y ya ustedes saben que pasó. Dato positivo para Industriales: qué bueno es tener en el banco a un hombre de esa categoría, ¿no? Muy buen turno al bate, de paso.

Postales del Latino: ¡Volvió la pelota!

En la Serie Mundial 2017, Astros y Dodgers se enfrascaron en un duelo de 25 carreras y 28 indiscutibles. Fue el quinto juego. Pero solo hubo dos errores. Y si cierto es que se dieron 11 boletos entre los dos equipos, hubo ocho cuadrangulares en el desafío que le pusieron alta dosis de emoción. Fue aquel juego que todos necesitábamos que no se acabara jamás, hasta que por supuesto, los Astros ganaron.

El pasado domingo, con 25 carreras y 29 indiscutibles, más de una persona deseaba que se acabara el desafío. No estábamos viendo nada que aportara emoción. El error humano, mental o no, la indisciplina técnica y táctica y la incapacidad, transformaron un juego que prometía mucho en otro episodio tedioso de nuestra malgastada pelota. Bastaron nueve innings y cinco horas para verla reflejada en “todo su esplendor”.