El histórico triunfo de la Liga Mundial de Voleibol de 1998 marcó a una generación dorada del vóley masculino cubano que por fin se quitaba el sambenito de no ganar en ese importante evento.

Varias veces había chocado aquel espectacular conjunto plagado de estrellas con la poderosa Italia, que los había privado de tocar la gloria en el deporte de la malla alta, como en una especia de “maldición”.

Pero no “no hay mal que dure cien años” y el éxito llegaría en 1998, cuando los jugadpres del vóley masculino cubano se coronaron campeones de la Liga Mundial.

Uno de los protagonistas de aquella histórica generación fue Alain Roca, gloria del deporte cubano, atacador-receptor y pasador por 7 años de nuestras selecciones nacionales, quien fue partícipe de la victoria más grande del voleibol masculino.

Precisamente de su voz, escuchamos, como si de una batalla épica se tratara, cómo se gestó aquella hazaña que no pudo ser emulada por otro conjunto antillano en su historia.

Recuerdo que tuvimos una fase clasificatoria importante en la que concluimos primeros en la fase de grupos. En esta edición de la Liga Mundial, a diferencia de otras, se llevó a cabo una etapa semifinal eliminatoria que otorgaba el derecho estrictamente a 3 selecciones camino a la fase final de 4, pues Italia, como anfitriona en esa oportunidad, tenía garantizado su boleto directo. En esa semifinal se conformó un grupo de 4 países que otorgaba 2 plazas. En cambio, nosotros fuimos colocados en el llamado grupo de la muerte conformado por 3 naciones, el cual concedía únicamente 1 plaza. Nos correspondió entonces disputar en Bulgaria nuestro derecho a avanzar, en donde jugamos contra el país sede y posteriormente, enfrentamos a la extraordinaria selección de Yugoslavia. Eran tres poderosas naciones a nivel mundial luchando por un cupo para la final.

Afortunadamente, se impuso nuestra garra caribeña. Por esos años, como equipo, éramos un hueso duro de roer para cualquier adversario en el mundo. Ganamos nuestros dos partidos. Por el otro grupo pasaron Holanda y Rusia, y se estableció la final de 4 con Italia como sede. Vencimos en nuestro primer encuentro 3-0 frente a la eterna desafiante selección de Rusia con un elenco extremadamente competitivo. El segundo match fue contra Italia, oportunidad exquisita e inigualable para la deseada revancha. ¿Dónde mejor que en su propia casa? Para alegría de muchos, se rompía una sequía de victoria ante esta selección porque ganamos ese encuentro con un parcial de 3-0. Fue un paso increíble tras una victoria convincente que apuntó los reflectores hacia nuestra selección como favorita para la conquista del torneo.

Fue entonces que disputamos nuestro último encuentro contra los campeones olímpicos de Atlanta 1996, la majestuosa selección de Holanda. Al ser una final de todos contra todos y al llegar invictos a ese partido sin haber perdido un set en los encuentros previos, bastaba con ganar uno más contra el equipo de los Países Bajos y, matemáticamente, nos garantizaba el añorado título. Finalmente, el universo conspiraba a nuestro favor pues un marcador final de 3-1 reflejado en la pizarra del fórum de Milán, hacía realidad el sueño de 12 jugadores, un colectivo técnico y una nación entera. Cuba y Brasil eran los únicos países de América ganadores de una Liga Mundial de Voleibol. Más de 150 naciones integraban la FIVB y sólo 4 de ellas habían llevado el preciado oro a casa en 9 ediciones del clásico por aquel entonces.

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