“No estés así muchacho, cualquiera pierde un partido y más si fue de esa manera. Ya tendremos lo revancha”, me dijo entonces mi padre.

Aún recuerdo las palabras exactas que me dedicara aquel día de octubre, cuando con 13 años, presencié la final del voleibol femenino de los Juegos Panamericanos de Guadalajara. En aquella ocasión, las brasileñas obtuvieron su revancha de la derrota sufrida 4 años antes en Río de Janeiro a manos de las cubanas.

Sin embargo, lo que mi padre no logró divisar es que ese sería el fin de los choques de calidad entre ambas selecciones, y la última generación de peso con que hemos contado en el sector femenino.

La vida me ha permitido más de 9 años después entrevistar a una de las participantes de aquella gesta deportiva, una “Morena del Caribe”, Wilma Salas, natural de Santiago de Cuba, quien comenzó la práctica del voleibol a los 8 años.

“La primera persona que me impulsó fue mi padre, quien ha sido entrenador de voleibol de sala y de playa, y que actualmente se encuentra con el equipo nacional de este último. Él fue, como quien dice, “la patadita”. Comencé jugando en áreas especiales de San Luis con varios entrenadores. Luego me trasladé a la Escuela de Iniciación Deportiva (EIDE), en donde estuve alrededor de 5 años. Me dirigí posteriormente a la ESPA en mi natal Santiago, y ya entonces me captaron para la preselección nacional”, recuerda.

Wilma nos cuenta por qué seleccionó el voleibol.

“Tenía que escoger el voleibol por obligación. Mi padre, mi tía, vengo de una familia que está muy ligada a esta especialidad y al deporte en general. Recuerdo que cuando llegué a la EIDE, el primer día, un entrenador de taekwondo le hace una seña a mi papá y le dice ‘tráemela para acá’ y yo misma le dije: ‘no, lo mío es voleibol’.

Sobre su estadía en la EIDE nos cuenta anécdotas que aún no se le olvidan.

“Lo que más recuerdo es cuando los entrenadores llegaban y habíamos entrenado un día mal o algo parecido, y nos decían: ‘arriba, que nos vamos para las lomas’, lo cual era la parte de atrás, que estaba llena de tierra, vacas, caballos. Teníamos que dar vueltas y vueltas en todo aquello, y con esos animales detrás de uno. Era mucha la exigencia, pero no para mal, puesto que todo eso nos aportó de una manera u otra”, explica.

Wilma Salas llegó a la selección nacional con apenas 15 años cumplidos, y tuvo la suerte de coincidir con quienes llama “el clan de las buenas”.

“En ese equipo todavía estaban figuras como Regla Torres, Yumilka Ruiz, entre otras. Toparme con aquello a mi edad fue algo muy fuerte, porque uno piensa: ‘estoy junto a estas mujeres que han sido tricampeonas olímpicas’. Fue algo superinteresante. Recuerdo que estaba Eugenio George, la profesora Harry, Anaivis, un grupo de entrenadores estelarísimo. La responsabilidad fue muy grande, porque es insertarte en un lugar donde confían en ti, aun siendo tan joven. Yo sabía que iba para algo grande, y que se esperaba mucho de mí.

“Estuve 7 años en el equipo nacional, los cuales fueron de mucha enseñanza. Por ejemplo, llegar con 14 años al Cerro Pelado, como aquel que dice, ‘del campo’, es demasiado chocante, es mucho que procesar. Pero nada, lo importante es sobreponerse a este tipo de situaciones y seguir adelante y eso fue lo que hice con la convicción siempre de lo que quería lograr”, manifiesta.

El mítico Eugenio George, un legendario entrenador de talla mundial, siempre tenía una frase para referirse a Wilma Salas.

“Lo recuerdo siempre. Cada vez que yo llegaba al terreno y él me veía, me decía: ‘tú vas a ser grande; ponte, que tú vas a ser grande’. Es algo que siempre tengo presente. Estoy muy agradecida con Eugenio por todo lo que aprendí, que desgraciadamente no fue lo suficiente, pues no fue mucho el tiempo que coincidimos en la selección en realidad”, expresa.

Podríamos decir que esta generación fue el comienzo del fin. El declive de las “Morenas del Caribe” era inminente, y los resultados nada halagüeños por aquellos tiempos eran testigo de esto.

“Creo que más bien eran problemas externos, los cuales ni jugadoras ni colectivo técnico tenían forma de resolver. Por ejemplo: había problemas en los albergues, en la comida, cosas que obviamente uno va mirando y descubriendo que existen. Desgraciadamente, hay desilusiones, y creo que esa es una de las cosas por las que el voleibol ha ido mermando y decayendo cada vez más”, refiere.

Hay un evento en particular que Wilma Salas recuerda con mucho cariño con el seleccionado nacional.

“Fueron los Panamericanos de Guadalajara, en donde terminamos con plata. Recuerdo el juego con Brasil, que fue bastante emocionante. La tensión en esos partidos era tremenda. Desde que uno entraba al terreno y nos mirábamos mal, ya existía esa gran rivalidad. Luego también nos sucedió con República Dominicana. Eran partidos muy exigentes, sucedían muchas cosas por debajo de la net. Al final se disfrutaba de cierta forma esa rivalidad, porque todo sucedía en la cancha. Ya luego interactuábamos con las brasileñas y todas nos íbamos en paz”, cuenta.

Diversas razones motivaron a Wilma Salas a tomar la decisión de desvincularse de la Federación Cubana de Voleibol, lo cual representó para ella un gran sacrificio.

“Lo primero que me motivó a pedir la baja fue mi familia. Es doloroso decirlo, pero la situación por la que estaba pasando por aquel entonces no era buena. Las condiciones como tal en la escuela me desmotivaron mucho, y estoy segura de que pasó así con muchas de las que tomaron el mismo camino por aquel entonces. Cuando pedí mi baja me sancionaron dos años en Cuba sin poder salir. Me los pasé en Santiago de Cuba entrenando con mi padre hasta donde podía, ya fuese en la carretera o en la yerba, porque tampoco me permitían entrar a las instalaciones deportivas del país. Eso es lo que me impulsó a crecer con más fuerza y a seguir adelante y decir: ‘voy a todas por mi familia’. Tengo una madre que ahora mismo sufre cáncer de colon y por ella, es todo lo que he hecho”, dice.

“Mi salario por aquel tiempo era de 250 pesos cubanos, lo cual no me alcanzaba para nada. Mi madre, mis hermanos, todos dependen de mí. Tenía que pensar por mi familia, que al final era la principal motivación por la que hice todo. Reconozco que fue con dolor, porque quién no quiere jugar por su país, quién no quiere representar a su bandera, pero desgraciadamente, muchas cosas me llevaron a eso”, añade.

Luego de dos años sancionada, a Wilma Salas le llega la oportunidad de jugar en su primer club profesional en Azerbaiyán.

“Todo viene a raíz del equipo nacional de Cuba. La persona que me contacta había visto en otras ocasiones como era mi juego. Le interesaba mucho como jugadora y a través de internet contactan conmigo. Me dicen que quieren que vaya para allá, que me tenían una propuesta. Cuando terminó mi sanción, voy a Azerbaiyán con mi primer club, el Rabita Bakú”, explica.

Su vida experimentó entonces un cambio profundo. Entre tantas cosas, recuerda cuando tuvo su primer cheque en la mano: “lo primero que pensé fue en comprarle una casa a mi mamá, y así lo hice. Fue muy sorprendente, nunca en mi vida había visto algo parecido”.

En el mundo del voleibol, al jugador cubano se le conoce por tener una gran resistencia y fuerza física y al respecto, Wilma Salas nos comparte su experiencia.

“El cubano, cuando llega al extranjero, se siente cómodo, o al menos fue lo que me sucedió a mí. Venimos con una base que considero extraordinaria, pues después de todo, Cuba es una escuela en el voleibol con los entrenadores que teníamos. Cuando llegué a Azerbaiyán, te confieso que me sentía relajada. Como tenía esa base fuerte, un entrenamiento de dos horas o una hora y media eran un paseo para mí, sobre todo cuando aquí eran 4 o 5 horas, mañana y tarde”, explica.

Wilma Salas
Foto: Hansel Leyva Wilma Salas. Foto: Hansel Leyva

En su periplo por los diferentes clubes en los que militó, nuestra morena guarda especial recuerdo sobre su estancia de tres temporadas en Turquía.

“A Turquía la considero como mi segunda casa por las experiencias que tuve ahí. Conocí a personas maravillosas que me ayudaron mucho. Incluso, mi boda fue en ese país. Estuve una temporada en el Canakkale Belediyespor y dos temporadas en el Halkbank Ankara, los cuales están llenos de buenos recuerdos, sobre todo porque los equipos estaban rodeados de personas excepcionales. Cuando mi madre se enfermó, me dieron la oportunidad de descansar e ir a verla, incluso de traerla. Me ayudaron con todo en esos momentos difíciles, por eso me atrapó tanto Turquía”, expresa.  

En su currículo cuenta también con un breve recorrido por Italia, que le hizo toparse con figuras de nivel mundial.

“A pesar de que llegué a la temporada con retraso y tuve una estancia corta, fue una buena experiencia. Aprendí muchísimo con unos entrenamientos bastante fuertes, e incluso los comparé con el 50 por ciento de los de Cuba. La experiencia de jugar contra grandes equipos y jugadoras estelares como Egonu, es algo sorprendente. Yo venía de Turquía donde también hay muchas jugadoras buenas, pero Italia es la élite. Fue una experiencia muy enriquecedora”, dice.

Wilma Salas es una jugadora que posee la peculiaridad, a diferencia de la mayoría de sus coterráneas, de tener un buen recibo.

“Me acuerdo de que, en una liga nacional, incluso, jugué hasta de líbero, y no me lo podía creer. Los profesores me dijeron que confiara, que iba a salir bien. En realidad, pienso que es algo típico del jugador cubano, que es más de ataque, más de fuerza, y en mi caso particular, me gusta mucho recibir y siempre me he preparado para eso”, detalla.  

Desde hace unos años se está viviendo un proceso de reinserción de atletas en el sistema deportivo cubano. Lo hemos visto en el balonmano, en el béisbol, en el propio voleibol con el caso de Robertlandy Simón. Sin embrago, aunque existe esa misma posibilidad en el sector femenino, hasta ahora ninguna morena ha decidido regresar.

“Pienso que más bien es porque los atletas quieren ver primero cambios, y si no ven una evolución, no creo que vayan a regresar”, comenta al respecto.

En la pasada temporada, Wilma Salas sufrió una de las lesiones más graves que le pueden suceder a un atleta.

“Fue el momento más difícil que he vivido en toda mi carrera deportiva. No soy una atleta de lesiones ni de dolores. No sé si es por mi constitución física o porque yo siempre trabajo duro, precisamente, para evitar eso. Antes de la lesión estuve un período de 3 meses en Cuba donde, por el tema de la COVID y la situación de mi madre, no pude trabajar lo suficiente. Además de eso, me incorporé tarde al club Grupa Azoty Chemik Police, de Polonia, donde sucedió el evento. A mi llegada, como confiaban mucho en mí debido a que era una de las estrellas, y el entrenador habló conmigo pidiéndome que ayudase al equipo. Entonces, para ponerme a la par de mis compañeras, presioné mucho mi cuerpo y creo que eso fue lo que me llevó a tener la lesión”, recuerda.

En el tercer juego de la temporada, realicé un salto y el pie no cayó bien y me lo viré. Me rompí entonces los ligamentos laterales, el cruzado y el menisco también sufrió daño. La cápsula me rotó, en fin, que fue una operación bastante grave. En ese momento, cuando fui al piso, solo podía pensar que se había acabado mi carrera. Era algo que no podía expresar ya que era mucho el dolor. Gracias a Dios, el club, en el tema de la rehabilitación, se portó muy bien. La operación fue a los dos días y por suerte fue exitosa. Tanto el doctor que me atendió como la institución y sus terapeutas, todos me ayudaron muchísimo en mi rehabilitación y recuperación. Tuve una segunda operación debido a que mi rodilla tenía fibrosis. Continué mi rehabilitación aquí en Cuba, lo cual estoy haciendo ahora mismo con una fisioterapeuta del atletismo que se llama Sonia Hernández junto a su esposo. Estoy muy agradecida con todos los que me han apoyado en mi recuperación”, explica.

“Ahora mismo me estoy preparando aquí, puesto que voy a un club nuevo en Grecia, el Olympiacos, que es muy bueno a nivel mundial. Gracias a Dios, me han acogido como si fuera de la familia; incluso, me han pedido que vaya antes para prepararme bien, para que me rehabilite y que, en agosto, cuando se reincorpore todo el equipo, ya esté en forma. Mis metas son continuar en el voleibol dos años más para volver a estar en el top a nivel mundial y posteriormente tener mis niños. Ya tengo el nombre de la hembra, del varón aún no se. Ya quiero ser mamá”, cuenta sobre sus planes a corto y mediano plazos Wilma Salas.  

Al final, esta Morena del Caribe lo ha hecho todo por y para su familia.

“Sé que están muy orgullosos de mí, el día a día lo dice. Sabes cuando alguien te mira a los ojos y te dice ‘tú eres el sostén, tú eres la persona por la que hoy estoy viviendo’. Eso me pasa mucho con mi madre, y sé que, en general, toda mi familia está muy orgullosa de lo que soy y he hecho hasta ahora”, concluye.

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