Por: Gian Franco Gil y Alejandro M. Abadía Torres

Andy Ibáñez comenzó en la pelota a la edad de cinco años. De la mano de su padre lanzó su primera bola. Corrió y bateó bajo la supervisión de su progenitor hasta que pudo acudir a un terreno de béisbol. Como pupilo del entrenador Tabique, Ibáñez desentrañó la esencia de este hermoso pasatiempo y comenzó a soñar en grande.

Aunque ha pasado algún tiempo, a su memoria llegan recuerdos de sus primeros pasos en el deporte de las bolas y los strikes y ahora, lejos de Cuba, se confiesa nostálgico de su tierra, pero sabe que su sueño está cerca.

“Mi primer entrenador fue mi papá. Él fue quien me inculcó todo; me tiraba la pelota en el barrio, con él aprendí a coger y son recuerdos muy bonitos. Disfruté mucho esa niñez”, afirmó Andy Ibáñez.

El joven talento, que busca llegar a las Grandes Ligas en Estados Unidos, nació en la Isla de la Juventud, y a ese territorio le profesa especial afecto.

“Allí viví 21 años antes de salir del país. Para mí representa mucho saberme pinero, es el lugar donde nací, crecí, donde viví 21 años. Contento de pertenecer a ese terruño. Los recuerdos son los mejores, en la Isla está mi familia, mis amigos. El paso por el equipo me permitió crecer como pelotero y como persona, estar en una EIDE, aprender cosas del béisbol. Fue algo maravilloso lo que me pasó”.

¿Cómo eran las condiciones de vida y entrenamiento en Cuba?

“Para nadie es un secreto que las condiciones de vida en Cuba no son las mejores, al menos no las que uno quisiera, pero fue lo que nos tocó. En cuanto a los entrenamientos, nosotros trabajábamos con lo que teníamos a mano; a veces no había pelotas y los bates teníamos que remendarlos con esparadrapo si se partían. Cuando comparo aquello con las cosas aquí (en Estados Unidos) me doy cuenta de que los peloteros cubanos somos superhéroes porque entrenábamos y salíamos adelante con muy poco, pero creo que cuando uno tiene deseo, cuando uno hace lo que le gusta y tiene amor por el deporte, esas cosas no te chocan tanto.

“Teníamos déficit de todo: trajes, guantes, spikes; además, nosotros en la Isla a veces cuando teníamos que ir a jugar a otra provincia no teníamos transporte, pero bueno, uno era un muchacho y lo único que quería era jugar pelota. Esa pasadera de trabajo lo enseña a uno en la vida. Eso me convirtió en un hombre más duro, no solo en el deporte, sino en la vida”.

Andy creció admirando a ídolos de la talla de Omar Linares y Michel Enríquez. Desde niño aspiraba a llegar al Equipo Nacional y representar a su país en eventos internacionales. En casa era práctica habitual madrugar para ver los juegos del Team Cuba porque, simplemente, creció con el béisbol en el corazón. Años más tarde tuvo la oportunidad de vestir el uniforme de sus sueños durante el Tercer Clásico Mundial de Béisbol, evento que reúne a lo mejor de esta disciplina a nivel global.

“Mi paso por el equipo Cuba del Clásico de 2013 constituye una de las experiencias más hermosas. Mientras otros a lo mejor querían otras cosas, yo era un niño que soñaba con ese momento, lograr estar con los mejores peloteros de Cuba. Recuerdo en un juego que conversaba con Frederich Cepeda y le decía que para mí era un orgullo estar al lado de ellos, y él me dijo créetelo, usted está aquí y también es grande y eso me llenó de confianza. Entendí que sí se podía y que estaba entre los mejores peloteros del país ese año”, cuenta.

Migración y béisbol

En busca de nuevos horizontes, decidió emigrar porque quería, como todos los cubanos, probarse en el mejor béisbol del mundo, ayudar económicamente a su familia y crecer como pelotero, como deportista. “Por eso emigré. Nunca tuve problemas con nadie, solamente quería ayudar a mi familia y jugar pelota con los mejores del mundo, sentirme orgulloso de mí mismo”, dice.

Como toda gran decisión, existen pros y contras, máxime cuando son circunstancias de este tipo, como salir en busca de lo desconocido, enfrentar otro idioma, otra cultura, dejar a la familia.

“Te alejas de todo lo que nació contigo y no sabía si iba a llegar o cómo iba hacerlo. Es una decisión muy difícil, pero me llené de valor, hice las cosas bien. Salí legal de Cuba, por eso he podido regresar. Una vez fuera te vienen tantos recuerdos y luego no sabes cuándo vas a volver abrazar a tus padres, no sabes cuándo vas a volver a tu país”, expresa.

“La familia, al principio, no estaba de acuerdo, pero poco a poco fueron cediendo. Yo vivía con mi mamá y mi papá, soy muy apegado a ellos. Una vez comprendieron mi decisión, con el apoyo de ellos, sentí tenerlo todo. Confío en Dios, en mi talento y en lo que podía hacer, y gracias a eso también salieron las cosas. No me arrepiento y si tuviera que volver a tomar la decisión, lo haría con los ojos cerrados. Cierto es que Cuba se extraña mucho. Extraño mucho a mi familia, a mi hermana. Mis padres tienen visa y vienen. Se extraña el barrio, las amistades de la escuela, la comida, pero yo voy mucho y comparto con mis amistades por allá”, cuenta.

“El primer año para mí fue muy difícil. Había días en los que al levantarme me sentía confundido. A veces me iba mal en el juego y lloraba porque tenía lejos a mi familia. Extrañaba lo de uno en Cuba, salir al barrio, estar con los amigos en la esquina, jugar fútbol, extrañaba tantas cosas. Pero hasta ahora me he adaptado bien. Resulta complicado al principio porque es una sociedad que tiene reglas e incumplirlas genera problemas. El idioma me chocó, no es que ahora lo hable perfecto, pero he aprendido bastante. Este es un gran país y estoy contento, no puedo decir otra cosa. Aquí tengo cosas que nunca soñé, la verdad estoy agradecido por la gran oportunidad”, manifiesta.

La vida en las Ligas Menores, para cualquier beisbolista, deviene un constante aprendizaje. Andy Ibáñez reconoce que, en el caso de los latinos, la exigencia es mayor

“Venimos de un lugar en donde no hay tanta disciplina, donde se irrespetan los horarios. Recién llegado a la organización de los Texas Rangers choqué con la realidad y no comprendía muchas cosas. Después me di cuenta de que era necesario, como antesala de las Grandes Ligas. Es difícil porque estás lejos de tu país. En ocasiones hay ciudades donde uno juega con mucho frío, y nos afecta porque venimos de lugares cálidos como Cuba.

“Otra cosa que me chocó mucho fue la comida pues uno está adaptado al arroz y frijoles y en ocasiones aquí no hay lugares con restaurantes que vendan nuestra comida, pero gracias a Dios me fui acostumbrando. El resto es jugar pelota; aquí se juega igual que allá, solo que más partidos, las temporadas son más largas, se entrena mucho más, y se nota un mayor profesionalismo”, explica.

¿Cuáles son las principales diferencias con respecto a Cuba?

“Muchas. Yo no entendía lo que era el profesionalismo. Durante mi primer año hacía las cosas igual que en Cuba. Ahora veo los videos de cuando aquello y se notan las deficiencias elementales y lo feo que lucía. El profesional juega diferente, trabaja para el equipo, no es solo el hecho de ganar dinero, sino que se trabaja diferente, la gente cumple con la rutina de entrenamientos, los horarios, aquí son muy estrictos con esto.

“En la Serie Nacional te mandaban las cosas sin saber si eso era lo que necesitabas realmente. Aquí tiene que estudiarse uno mismo. Si quieres tener mejor swing, si tienes que hacer más gimnasio: son cosas que tienes que conocer tú mismo porque son siete meses y si no tienes resultados, al otro año te botan, así de fácil”.

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A pesar de lo difícil del camino, Andy Ibáñez confiesa haber encontrado lo que buscaba al salir de su país natal. La aventura que, como él, enfrentan miles de cubanos, en el caso del otrora camarero de la Isla de la Juventud le ha convertido en una mejor persona, y lo ayudó en su crecimiento como profesional, como pelotero.

El muchacho espera alcanzar su mayor aspiración y jugar en el Big Show. Para ello se ha enfocado y los resultados han salido. Quizás ha faltado la suerte o simplemente, como dice, se debe a que “la decisión acá la toman muchas personas que ni siquiera han jugado pelota, pero todo aquí es por dinero. De todas formas, ahí están los resultados y creo que se va a lograr. Estoy cada vez más cerca”.

Las estadísticas no mienten y dentro del sistema de granjas de la organización de los Rangers, el cubano destaca por su aporte ofensivo y defensivo, “pero hay que seguir trabajando. No me puedo dar por vencido ni creerme superior porque entonces viene otro y te pasa por el lado con tremenda facilidad. Hay que seguir con fuerzas y ganas de trabajar”.

“Así y todo soy feliz, tengo días buenos, otros malos, pero generalmente al final del día me siento tranquilo. Tengo una gran familia, tengo un niño de un año y verlo crecer me llena de satisfacción. Trabajo en lo que me gusta que es jugar pelota, aunque no me siento satisfecho porque aún quedan cosas por lograr”, afirma.

¿Jugaría Andy Ibáñez nuevamente por Cuba si lo llamaran?

“Seguro que sí, cien por ciento, vuelvo a jugar con Cuba. Creo que todos los peloteros que estamos aquí, si nos llamaran, diríamos que sí. Soy cubano y representar a mi país es una gran misión. Una vez me puse el traje de las cuatro letras en el pecho y la sensación es indescriptible. Ahí estaba en nombre de mi tierra, de mi barrio. Si me llaman lo acepto de una vez. Imagínate que tengo la bandera tatuada en mi brazo.

“Quisiera jugar también en la Serie Nacional, regresar al Estadio Cristóbal Labra, en donde di mis primeros pasos. Allí me hice pelotero. Tengo como objetivo llegar a las Grandes Ligas y consagrarme en este béisbol, aún estoy joven y siento que me faltan cosas por hacer aquí en Estados Unidos. Ojalá y se hiciera una liga invernal en Cuba, que no coincidiera con las Mayores, para jugar por allá también si se da la posibilidad. No me siento desvinculado, pero me gustaría volver a jugar en mi tierra”.

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