Una de las historias más poderosas del béisbol cubano es la de Armando Capiró, porque tiene todos los elementos dignos del mejor guion o de un best seller de ficción.

El niño pobre y huérfano de madre que comenzó a jugar béisbol en su pueblo natal con los años se convirtió en ídolo de masas, más tarde cayó en desgracia por una injusticia, para después ser reivindicado por la vida y su actitud.

El destino me dio la posibilidad de conocer a fondo esta historia gracias al Dr. William De Jongh, su defensor más acérrimo, con quien pude emprender la escritura de un libro biográfico que aún no ve la luz.

En la actualidad, Capiró es esa gigantografía que se levanta en el left field del Latinoamericano; el argumento de los que peinan canas cuando se habla de «Cinco Herramientas» o simplemente Armando, un anciano amable con algunos problemas para andar que adora recibir reconocimiento por su pasado glorioso y legendario.

Todos tenemos momentos que definen nuestra existencia, algunos felices, que nos sirven como inspiración para buscar una meta determinada o aquellos difíciles que ponen a prueba todas nuestras capacidades para enfrentarlos.

Hace unos años pude darle un espacio en estas páginas a la historia del pelotero. Ahora le toca el turno al ser humano, visto a través de algunos de esos días o «puntos de quiebre» vitales que marcaron la vida de este símbolo del béisbol cubano, narrados por el protagonista.

El día que el «Vinagre» inspiró a un niño

Siempre el ambiente que nos rodea en la infancia condiciona los rasgos distintivos de nuestras personalidades. En el caso de Armando, se puede ver mucho de Santiago de las Vegas en él, sobre todo en el carácter pausado propio de los habitantes de la periferia de una ciudad.

En los años cincuenta del pasado siglo, este pueblo respiraba béisbol como gran parte de la nación, acrecentado por un equipo perteneciente a la entonces Liga Atlética Amateur que sabía paralizar a sus habitantes cada vez que salían al terreno.

Para el niño Armando, la pelota siempre fue un alivio de los males que aquejaban a esa niñez, como la pérdida de su madre o la pobreza que lo obligaba a desempeñarse en varias labores como la de limpiar botas o ayudar a uno de sus tíos como tapicero.

Ese niño alto y delgado amaba lanzar en los partidos que se realizaban en los placeres de esta localidad casi todos los días, de ahí viene el apodo de “Pichy” por el cual se refieren a él todavía algunos de los habitantes más antiguos de esta localidad habanera. Sin embargo, hubo una vivencia específica que lo hizo plantearse seriamente la posibilidad de perseguir el sueño de convertirse en pelotero.

«En mi familia todos éramos «habanistas» y cada vez que teníamos la oportunidad íbamos al estadio a ver los partidos. Un día mi padre nos recogió a mí y mi hermano José para disfrutar un clásico Habana – Almendares. Ese día iba a lanzar un pícher americano que era la sensación de esa temporada, no recuerdo muy bien su nombre, pero todos le decían «Vinagre» Maisel».

«Yo estaba loco por verlo y mi papa al ver mi emoción me prometió que me iba a comprar helado por cada ponche que este propinara. Estos eran unos helados chiquitos que venían en unos envases de cartón y que costaban 10 kilos (centavos). Imagínate, ese día Maisel dio 15 ponches», termina Armando con una sonrisa de satisfacción.

Wilmer David Mizell era el nombre real de aquel lanzador zurdo oriundo de Alabama, que capturó la imaginación de muchos en el país en esa única temporada que jugó con el antiguo equipo Habana, en la que además implantó récord de ponches con 206.

«La emoción en las gradas era tremenda, de todos los que estábamos ahí vitoreando cada lanzamiento, cada ponche, cada out. Eso me hizo desear con todo ser también parte de algo como eso y a partir de ahí supe que quería ser pelotero cuando me llegara la oportunidad».

Armando Capiró
Armando Capiró. Foto: Hansel Leyva.

El consejo que lo cambió todo

Armando prosiguió con su desarrollo como joven pelotero de manera consecuente con su época. Participó en torneos escolares, integró los representativos juveniles, hasta llegar a las categorías de mayores. No obstante, fue como lanzador, y así el propio Armando pretendía que fuera su carrera.

Cuentan los que lo vieron lanzar que superaba fácilmente las 90 mph, a pesar de que en la época no se contaba con velocímetros para determinar con exactitud su velocidad. De hecho, llegó a propinar un no hit no run en uno de los torneos juveniles que se desarrollaban en La Habana en el año 1966 y estuvo muy cerca de lograr otro en la Serie Nacional de la categoría del mismo año, al solo permitir una carrera sucia al equipo de Las Villas.

Pero, ¿qué fue lo que sucedió para que Armando Capiró se convirtiera en el slugger que todos conocieron posteriormente?

«En ese primer año como juvenil me sentí muy decepcionado porque no me alcanzó para hacer el grado con el equipo Cuba. Nunca se me dio mal batear y mis entrenadores siempre me ponían a jugar jardines o primera base para aprovechar mi ofensiva. Fíjate que mi debut con el Cuba juvenil fue en una pequeña gira por Canadá y no me llevaron como pícher, jugué jardines y primera».

«Pero el momento definitivo fue en un entrenamiento de bateo en el que se me acercó Pedro «Natilla» Jiménez y me dijo que me pusiera definitivamente para batear que mi futuro estaba ahí, bajo el argumento de que los bateadores duraban más que los pícheres. Yo, como todos en el mundo de la pelota cubana respetaba mucho los conocimientos de «Natilla» y comencé a enfocarme más en mi bateo hasta que me quedé definitivamente como jardinero», afirma.

En su carrera en Series Nacionales solamente en una ocasión Armando actuaría como lanzador. Esto fue en la 66 – 67 cuando entró de relevo por el equipo Occidentales ante el temible equipo de Las Villas y obtuvo una victoria.

La lesión

Armando nos cuenta que en su primer turno en Series Nacionales le conectó un cuadrangular al zurdo de los Henequeneros Manuel Rojas, hecho que profetizaba su destino en los diamantes.

A partir de ahí, poco a poco fue consolidando su carrera mostrando un potencial infinito. Dominaba los dos aspectos fundamentales de la ofensiva a cabalidad, tacto y poder. Tenía un brazo que llegó a alcanzar ribetes mitológicos por su alcance y precisión. Además, era un buen defensor del left field y corredor rápido para su gran estatura, para redondear su integralidad. No en vano muchos de los que lo vieron jugar teorizan acerca de que fue el primer jugador de cinco herramientas de las Series Nacionales, antes de que este término comenzara a usarse.

No obstante, fue con el bate en mano que sentó cátedra, dueño de un peculiar sistema de bateo que le ganó el apodo de «El elegante del Diamante» por parte del fallecido narrador Bobby Salamanca. Fue integrante junto a otras luminarias del béisbol habanero de la denominada «Tanda del Terror» en el año 1969.

Esa gran temporada consagratoria se vería interrumpida por la adversidad, porque sufrió una lesión que le trajo consecuencias por el resto de su vida.

«Fuimos a celebrar una subserie contra los Mineros y uno de los partidos lo programan en el terreno del Central América de la provincia de Oriente, como estímulo para los trabajadores que estaban allí en plena zafra. Recuerdo que el terreno estaba muy irregular y duro, no tenía las condiciones de un estadio de cabecera».

«Estaba picheando Figueredo por ellos y me dio un pelotazo, y cuando llego a primera el coach Zuasnabar me advirtió que no saliera al robo. Pero tú sabes que en aquella época se jugaba caliente a la pelota, me fui para segunda sin señas. Cuando me deslice me quedé clavado literalmente y se me fracturó el tobillo y el peroné. Por suerte, me operó el doctor Martínez Páez que era el mejor ortopédico de la época y que por casualidad estaba en la provincia, y quedé bien en ese momento».

«Pero al pasar los años esas cosas siempre salen y tengo una úlcera en el tobillo producto de esa vieja lesión. Me cuesta un poco caminar y tengo que recibir atención médica regular para mantener la enfermedad estable. Aprovecho para agradecer a todos los que me han atendido por su dedicación y afecto, y me han hecho mucho más llevadera la enfermedad.»

El récord

El año 1970 vio como Armando hacía su debut con el equipo Cuba en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Ciudad Panamá. Su estatus de seleccionado nacional no lo perdería hasta el final de su carrera y siempre ocupando turnos de responsabilidad en la alineación antillana.

A partir de este momento es que viene el periodo clásico que todos conocen de Capiró, del cual se recuerdan esas heroicidades que todos los aficionados cuentan, como aquellos disparos a las bases que enfriaron a más de un corredor, los campeonatos con La Habana y el equipo Cuba, los jonrones a Vinent en la Serie de Estrellas, la hipotética competencia de tiro desde los jardines con el entonces mánager puertorriqueño y estelar jugador de las Grandes Ligas Roberto Clemente en el mundial de Nicaragua ´72 o el cuadrangular ante Estados Unidos en los Panamericanos de México ´75.

Sin embargo, el pináculo de su carrera sería la temporada de 1973, donde implantó nueva marca para una temporada con 22 jonrones, destronando la anterior marca de su coterráneo Agustín Marquetti.

«Según me iba acercando al récord, la prensa y la afición no paraban de hablar de eso. Pero si te digo que sentí presión te engaño, yo nunca me puse nervioso ni me sentí presionado en lo más mínimo cuando estaba en un terreno de pelota, fuera cual fuera la situación. Yo por supuesto que quería romper el récord, pero mi principal interés siempre fue ayudar al equipo para que saliéramos adelante».

«Recuerdo que di el número 18 en el Tricontinental de Güira de Melena y después venía un doble juego contra Constructores en el Latino el 8 de abril, el equipo de Marquetti. En el primer juego del doble empaté el record contra Florentino González con un gran batazo entre rigth y center. Después en el último turno al bate le di a una línea pegada por el left y se fue muy cerca de los límites del foul».

«Esa fue la explosión de júbilo más grande que he sentido en mi vida. Todos mis compañeros fueron a felicitarme, y una vez llegué al banco tuve que salir varias veces a saludar al público. Fue muy un momento muy feliz en verdad, salvo por el hecho de que Marquetti no me felicitó y eso me dolió mucho porque éramos muy amigos hasta ese entonces. Llegamos prácticamente juntos a la pelota, salíamos juntos, incluso yo le cosía las medias de jugar. La relación entre ambos no fue lo mismo».

«No obstante, nada pudo manchar mi felicidad, porque fue muy difícil poder lograrlo. Nosotros jugábamos con la Batos II, una pelota que casi no avanzaba y con bates que no eran de la mejor madera. A eso súmale la calidad de los pícheres de aquella época. Batear un hit era un verdadero dolor de cabeza».

De esa manera Armando escribía la página más dorada de su brillante carrera. Ese mismo día conectó el número 21 y tres días más tarde daría el número 22 y definitivo para imponer la nueva marca que duraría hasta 1978, cuando el slugger villareño Pedro José «Cheíto» Rodríguez conectó 28 en la IV Serie Selectiva.

La sanción

Como toda gran historia, siempre hay un momento donde el camino suele torcerse y las cosas comienzan a salir mal.

Armando iba teniendo una carrera espectacular en nuestros torneos domésticos y en la selección nacional. A pesar de un slump de cuadrangulares muy mediático que tuvo a mediados de la década, continuó siendo un infaltable del equipo Cuba y un temible bateador de los equipos capitalinos, adorado por legiones de fanáticos que llenaban los estadios por todo el país para ver toda la elegancia que lo caracterizaba en el terreno.

En el plano deportivo todo marchaba bien, sin embargo, en el orden personal no era así. Una nueva lesión en una de las rodillas lo llevó al quirófano en dos oportunidades, y descontinuó su ritmo competitivo. Además, junto a un divorcio complejo, estas circunstancias llevaron su carrera a un abrupto final.

«Cuando estaba en proceso de ruptura con mi primera esposa esta envió una carta al periódico Granma acusándome de una serie de cosas que no eran ciertas. Yo nunca pensé en abandonar el país, ni tuve otra cosa en mente que no fuera representar a Cuba y mi ciudad en el terreno. Pero no solo se cuestionaba mi lealtad, las acusaciones llegaban hasta mi sexualidad, una mentira que desgraciadamente muchos creen todavía. En ese momento no ocurrió mucho, pero esas palabras habían quedado grabadas en algunos que después la usarían contra mí».

«Fui a los Juegos Panamericanos de San Juan lesionado de la rodilla derecha, después de una primera operación. Pude conectar un jonrón contra Venezuela de emergente que nos ayudó a ganar el título y ese fue mi final con el equipo Cuba. Cuando regresé del torneo el dolor era insoportable y decidí volverme a operar. Entonces, cierto dirigente, de quien ya no vale ni la pena mencionar su nombre, me amenazó que si lo hacía me iban a suspender, algo que no creí posible. Por el otro lado, tenía al Dr. Martínez Páez que me había advertido que mi carrera se iba a terminar definitivamente si no me operaba. Entonces decidí hacerle caso al especialista y operarme».

«Después de hacerlo, el Comisionado Andrés «Papo» Liaño me llamó para comunicarme que estaba suspendido de manera indefinida, sin más explicación, ni nada escrito. Por ejemplo, nunca supe si esta sanción solo era aplicada en La Habana o al resto del país, porque años más tarde me propusieron jugar por Guantánamo y no supe ni qué contestar, a pesar de que me costaba imaginarme vistiendo otro uniforme que no fuera el de alguno de los equipos de la capital».

«No obstante, lo peor fue que a raíz de esta situación comenzó una campaña de desprestigio contra mi persona. Así fue como se difundieron todas las acusaciones de mi exesposa y sufrí cosas como la expulsión de un torneo de softbol junto a «Monguito» Cabrera, quien también estaba suspendido por otras razones. En esos años solo el Comandante Bernabé Ordaz, director del Hospital Psiquiátrico de La Habana, lugar donde siempre yo había trabajado y jugado en los Campeonatos Provinciales, me brindó su apoyo total y nunca dejó de creer en mí, nunca me alcanzarán las palabras para agradecerle. Para mí fue terrible el no poder hacer lo que me hacía persona, porque amo el béisbol, amo Cuba y a mi ciudad. Todo eso me lo quitaron de un golpe, sin más.»

De esa manera abrupta quedaba terminada la carrera de Armando Capiró en el béisbol cubano. Los aficionados habaneros se verían despojados de uno de sus máximos ídolos para siempre.

Armando Capiró
Armando Capiró. Foto: Hansel Leyva.

La ceremonia

A pesar de su dolorosa salida del béisbol y su descrédito público, Armando fue capaz de continuar su vida de buena manera. Conoció a su actual esposa y se enfocó en formar una familia con ella, mientras continuaba trabajando en el Hospital Psiquiátrico.

No obstante, su añoranza por los terrenos nunca menguó y seguía como una espina clavada. A finales de la década de los 80 parecía que era posible su regreso a los diamantes, pero no fue así.

«En esos años logré tener una vida estable aquí en mi Santiago de las Vegas junto a mi esposa. Pero me incomodaba mucho el no poder jugar pelota. Entonces mi esposa le envió una carta al Comandante Fidel Castro, explicando todas las injusticias que se habían cometido conmigo».

«Un tiempo después me llegó una invitación para participar en el torneo «Memorial Stanley Callazo» en Nicaragua, ya que era para veteranos del mundial que se había celebrado en ese país en 1972. Me hacía muy feliz estar de regreso con mis compañeros en el terreno y en este torneo tuve la posibilidad de enfrentarme a Dennis Martínez, quien era un estelar en las Grandes Ligas y acabó con nosotros ese día. Aún estoy orgulloso de la base por bolas que le pude coger».

«Un año después, en el 88, me permitieron volver a jugar en las Provinciales con mi Hospital Psiquiátrico y me esforcé mucho porque interpreté que si rendía bien podía volver a integrar, aunque fuera, el equipo Metropolitanos y jugar en la Serie Nacional. Estuve muy bien al bate en ese torneo a pesar de que llevaba varios años inactivo y las Provinciales antes era muy fuertes, no como hoy en día. Di como 16 jonrones, no recuerdo bien».

«Yo y todos mis compañeros pensábamos que eso sería suficiente para poder regresar. Hasta que me comunicaron que no sería tomado en cuenta porque había que darle paso a los más jóvenes. Antes de terminar el torneo, me organizaron una ceremonia de retiro muy modesta en el mismo terreno del Hospital, y mi gente de Santiago de las Vegas comenzó a gritar que era una injusticia y uno de mis amigos quiso lanzarse al terreno, pero por suerte no lo hizo. No pude evitar sentirme decepcionado una vez más, ya que me había ilusionado bastante con la idea de regresar y enfrentar una ceremonia que significaba que todo había terminado para siempre. No fue nada fácil».

Poco a poco la vida le iría recuperando de algunas heridas. A principios del 2000 fue convocado por Humberto Rodríguez, presidente del INDER en aquel entonces, junto a otros veteranos para asesorar los entrenamientos de Industriales. Trabajó como entrenador en varios países como Japón y Venezuela, fue elegido como uno de los mejores 100 atletas del siglo XX en nuestro país, y una gigantografía suya pasó a adornar el jardín izquierdo que tanto defendió en el Latinoamericano. Además, fue parte de un histórico viaje a Miami como parte de la celebración del 50 aniversario del equipo Industriales y ha recibido diversos homenajes por parte de la afición que no lo olvida.

«Mi vida en la actualidad es relativamente tranquila. Recibo mi tratamiento médico, cumplo con las medidas para combatir el coronavirus, me dedico a sembrar calabaza y yuca en el patio de mi casa, veo televisión y en especial recibo todos los días muestras de cariño por parte de mis seres queridos. Solo me gustaría que se nos tuviera más en cuenta a los veteranos a la hora de colaborar con el desarrollo de los muchachos de hoy. A pesar de los años, todavía nos queda mucho que aportar».

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