“Me dicen que todavía ponen mi jonrón en la televisión: eso quiere decir que todavía me quieren aquí”, expresa Agustín Marquetti.  

El autor del jonrón más icónico de las series nacionales está de visita en La Habana, en el país en que nació y se convirtió en leyenda del béisbol, ocho años después de su anterior viaje.

Viste pulóver con el nombre de Cuba en el pecho -como hiciera por años- y lleva una gorra de los Rojos de Cincinnati. Parece que no ha cambiado mucho en el hombre que emigró y se radicó en Estados Unidos, hace más de una década ya.

“En mi vida lo que hecho es el bien, ayudar a la gente. También, a mí me han ayudado mucho”, cuenta, con orgullo, sobre su forma de proyectarse en este mundo.  

Es el mismo Agustín Marquetti que le desapareció la pelota a Rogelio García en el Estadio Latinoamericano, aunque muchos años más viejo.

Habla con la misma familiaridad, es dicharachero, conversador y abierto. Pero el exjonronero, exmiliciano, expelotero y todavía ídolo de multitudes, cree y afirma -rotundo- que la vida “es dialéctica”, que todo cambia. Incluso, él.

Naciste en 1946, en Alquizar. ¿Cómo fue la niñez de Agustín Marquetti?

Cuando era muchacho, como me gustaba tanto la pelota, le pedí a los Reyes Magos un traje del equipo Almendares, pero mi padre me dijo que no había y me regaló uno de La Habana. Por ahí tengo una foto junto a mi hermano, como con seis o siete años, mientras él está vestido de cowboy y yo de pelotero.

¿Dónde jugaban en aquella época?

Jugábamos a las cuatro esquinas por la noche. Usábamos cajetillas de cigarro, tubitos de desodorante, una pelotica de goma. Lo llevo en la sangre, porque mi papá era pelotero, segunda base; mi abuelo, receptor y tuve un tío que era muy bueno. Nací con un bate en la mano.

¿Y a nivel organizado?

A nivel organizado, un tío mío, Manuel, era el capitán del equipo. Íbamos a Güira, Bauta, San Antonio, Bejucal. Alquilaba en jeep y nos transportábamos todos los niños ahí.

Antes del 59, ¿qué situación económica tenía su familia?

Me crie con mis abuelos, porque mis padres se separaron. Junto a mi tío, que era carpintero, mi papá era constructor. Hambre no pasé, sí éramos humildes, pero sin muchos problemas. Nunca tuve que trabajar a esa edad.

Me decía que era de La Habana

Jugué juvenil y cuando aquello, en el servicio militar pagaban 7 pesos. En aquel tiempo, entre los centros de laborales había muchas rivalidades. Entonces, un scout del Ministerio del Interior (MININT), me dijo que quería que jugáramos con ellos. Me explicó que si me iba para el servicio ganaría siete pesos y que, si lo hacía con ellos, serían 125 y, en aquel tiempo, eso era algo de dinero. Estuve en el MININT como hasta 1980. Realmente, lo único que hacíamos era jugar pelota. Quizá, alguna que otra guardia, pero la mayoría del año teníamos licencia deportiva.

¿Para ser pelotero tenías que estar en algún centro de trabajo?

Antes, también existía la pelota en la base, el juvenil y la segunda categoría. La gente jugaba por su centro de trabajo: por el Hospital Psiquiátrico de La Habana (Mazorra) o la pesca, por ejemplo. Al final, nuestro pago salía de esos centros, aunque estuviéramos el año entero jugando pelota.

¿Y esos torneos tenían mucho seguimiento?

¡Sí! Tenían tremendo nivel, eso era candela. Incluso, más nivel que la Serie Nacional actual.

¿Algún pelotero profesional fue tu entrenador?

A nosotros, principalmente, mi tío Manuel. Después, cuando fui para La Habana, tuve a Ramón Carneado, Juan Ealo y Oscar Sardinas, en mi opinión, el mejor entrenador de bateo.

También, me ayudaron otros como Andrés Ayón y Juan Delís, que fueron jugadores. Nos ayudaron mucho esos peloteros profesionales.

Debutaste en la temporada 65-66. ¿Qué recuerdas de ese momento?

Después de que salías de los juveniles, había una segunda categoría de seis equipos. Los equipos de la Serie Nacional podían coger tres peloteros de ese torneo. A mí, me llamó Ramón Carneado (mánager).

Tengo una anécdota de aquella época. En un inicio, los novatos éramos los últimos en todo: en la práctica de bateo, en entrar al comedor, en subir a la guagua y eso me motivó para querer ser uno de los generales, ser de los primeros.

Con Carneado, además tengo otra historia. Cuando aquello estaba sonando el Mozambique (ritmo musical cubano) y lo ponían en la practicas de bateo. Yo estaba en los jardines cogiendo los batazos de mis compañeros y mientras, me puse a bailar. Cuando se acabó la práctica, me llamó y me dijo: “¿usted no sabe que en el terreno de pelota no debe estar bailando? Cuando estés en el terreno es pelota y pelota. Tienes todo el talento para ser de los mejores bateadores de este país, pero tienes que estar centrado”. Ramón era una gran persona.

Fuiste novato del año y Campeón nacional, en la misma temporada.

Sí, además, cuarto bate del equipo, algo único. Además, salimos campeones, con el cuarto campeonato seguido de Industriales. Estaba viviendo un sueño. Ojalá pudiera darle para atrás al almanaque.

Después, en el año 67, les ganó Manuel Alarcón, en uno de los grandes momentos de la pelota cubana después de 1959.

Alarcón era tremendo pícher. La gente me dice que siempre me ponchaba, y cuando yo llegué, él era un león y yo todavía estaba iniciando. Era un señor lanzador.

Hansel Leyva Agustín Marquetti

¿Comenzaste tu carrera como rigth field?

Empecé en el rigth field en los juveniles y también en la segunda categoría. Incluso, algún equipo nacional lo hice en esa posición. Pero me dedicaba más a batear, pues en la defensa no era tan bueno. Un día, me le acerco a Juan Ealo y le dije que creía que, si jugaba como primera base, iba a estar más tiempo en el equipo. El problema es que cuando me bateaban rolling le viraba la cara, le tenía miedo a la pelota. Hasta que me acerqué a Tony González y German Águila, quienes eran manos maravillosas, para que ellos me dieron los secretos. Además, cogía 1000 rollings todos los días. Siempre hay que buscar a los maestros, aprender de los que saben. La experiencia es dinero.

¿Cómo eran las condiciones en aquellas primeras series nacionales?

Viajábamos hasta Guantánamo en guagua, dormíamos en los estadios. La comida no estaba mala. También, me hacía amigo de los cocineros, les regalaba una pelota, algo y entonces, siempre había algo extra para mí. En Las Villas, Pinar, Matanzas y hasta en Oriente.

Nunca tuve problemas con eso del regionalismo. Incluso, uno de mis grandes amigos es Braudilo Vinent. Ese le dio pelotazo a todo el mundo menos a su mamá y a mí. Le daban un batazo y quien venía atrás se llevaba un bolazo.

¿Cómo recuerdas el momento en que rompiste el récord de cuadrangulares que había implantado Felipe Sarduy?

El récord lo tenía Sarduy con trece y yo lo rompí como en el juego 30, cuando faltaban como 60 partidos, pero estaba cansado. Nelson Cielo me dice: ¿pero ¿cómo vas a estar agotado? Mira como tienes esos brazos. Pero me faltó alguien que me apretara. Fíjate que solo pegué seis en los últimos 60 juegos.

Años más tarde, te lo rompió Armando Capiró, otra leyenda de la pelota cubana. ¿Cómo era la relación entre ustedes?

Me los rompió, con 22. El año en que di 19, él también tenía como 10, lo que pasa que se lesionó robándose una segunda base. Éramos el mejor one-two de la pelota. Se habla de la aplanadora santiaguera, pero a nosotros nos llamaban la tanda del terror. La relación era espectacular. Generalmente, él era el tercer bate y yo el cuarto. A nosotros lo que nos faltó un poco más de picheo, porque solo teníamos al gran Changa Mederos como estrella.

¿Cuándo llegaste al equipo nacional?

En el año 69, cuando el mundial de béisbol en Dominicana, en que Gaspar “El Curro” Pérez les ganó a los americanos. Servio Borges fue inteligente, porque la gente quería que sacara al Curro, pero le estaba tirando un juegazo e, incluso, era un gran bateador.

Yo no jugué ese partido porque tenía problemas en los muslos, los tenía en carne viva. Todo el estadio de Quisqueya estaba con nosotros, ¡todo el tiempo gritando yankees go home! Era un equipazo, decían que les ganamos a universitarios, pero aquellos lanzadores tiraban 100 millas y estaban buscando que los firmaran en Grandes Ligas.

También el año 1972 decidiste un juego contra los estadounidenses. ¿Qué recuerdas de entonces?

Di un jonrón de foul y uno, de buena. Es algo que no pasa casi nunca. Era el quinto bate, Félix Isasi da hit y Capiró se poncha. Lo normal era darme la base y pichearle a Owen Blandino. Pero no, me lanzaron a mí. Conecté el primero de foul y después, con un lanzamiento malo, lo doy en zona buena. Una cosa, las imágenes que salen aquí en Cuba no son del swing del jonrón, porque cuando llega ese momento, se le acabó el rollo al camarógrafo, así que pusieron otro momento.

¿Qué sucedió en el 80, cuando te quedaste fuera del equipo Cuba?

Eso es histórico. La culpa es 50 por ciento de Servio Borges y 50 por ciento mía. Porque Ramiro, y Fernández Mel, me habían dicho que diera jonrones, porque Antonio Muñoz estaba dando 25 y yo 10 en las series nacionales. Entonces, llegamos a la preselección, pegué 10 en siete juegos contra los mejores lanzadores del país, pero me dejaron fuera del equipo. Ni me acuerdo de lo que me dijeron.

Soy religioso y fanático a mi religión. Le dije a Servio, en este Latinoamericano, delante de Fidel, te van a abuchear con cualquier cantidad de improperios. Y en el 82 perdieron los centroamericanos en el Latino y los aficionados le dijeron de todo. Pero también fue culpa mía por no dar lo mejor de mí en la serie nacional, por confiarme, porque si era capaz de destrozar a los mejores de Cuba, ¿cómo no iba a hacerlo contra los de la Serie Nacional? Fue el dolor más grande de mi carrera deportiva.

¿En aquel momento salir con el equipo Cuba era una manera de ayudar a la familia?

Había mucha diferencia entre peloteros de equipo Cuba o de Serie Nacional. Con respecto a la dieta, a conocer gentes que te hacen regalos, además, tienes un estatus. Era cuarto bate del equipo Cuba y ganaba 125 pesos, y llegué a ganar máximo a 400 porque me hice licenciado en Cultura Física, pero eso no alcanzaba. Ganabas por tu trabajo, no por la pelota.

Vamos al momento más icónico de tu carrera, el jonrón del 86 contra Rogelio García, en el estadio Latinoamericano.

Cuarenta años tenía ya en ese momento. Rogelio estaba encendido, intratable. Pero yo tenía una confianza descomunal. Si buscas mi average abriendo innings es peor que con hombres en base. En el quinto o sexto inning, José Modesto Darcourt dice: esto lo deciden o Lázaro Vargas o Agustín Marquetti y salté. Dije: este juego lo decido yo. Fue un alarde, pero es que lo sabía. Además, llevábamos 13 años sin ganar.

Diste el jonrón y casi no pudiste pisar el home.

Sí llegue, pero todo el mundo se queda cuando me da la mano Giraldo González, con quien tenía una gran amistad. Además, él decía que yo era uno de sus peloteros favoritos. Lastimosamente, se nos fue el año pasado, el mismo día de mi nacimiento. Eso me puso muy triste.

Yo le decía a la gente: tengo que llegar a home para que valga. La gente me cargaba, entonces, pisé tercera y después me volvieron a cargar hasta home. El problema es que en un juego contra Occidentales yo doy hit en el noveno para decidir, pero con la euforia no llegué a primera y Tony González se da cuenta y me sacan out y entonces eso se me quedó grabado: por eso, era que pedía que me dejarán llegar a home.

Es el jonrón más icónico de las Series Nacionales.

Una suerte que tengo, porque es una imagen que siempre se va recordar: me puedo morir mañana que ese jonrón estará en el recuerdo popular, de por vida. Se juntaron el momento, que era con el equipo Industriales, que el lanzador fuera Rogelio García, que estaba encendido. Llevaba seis entradas en las que nos dominó muy fácil. Lázaro Vargas y Pedro Medina se fueron con tres ponches, ese día. Si yo hubiese sido el director de Vegueros, me hubiese mandado para primera y que bateara Luis Daniel Pérez, que era novato.

¿Qué vino después del jonrón?

Fue tremendo, una locura, semanas y semanas de fiestas y reconocimientos. Pero para que veas, yo era loco a la cerveza, pero me salió un quiste en un glúteo y no pude tomar. Nos regalaron de todo lo que quisiéramos.

¿Por qué te retiraste en el 87?

No quería retirarme. En el 80 ya yo quería hacerlo, pero Óscar Fernández Mel (quien fue General de las FAR) me dijo cómo lo iba hacer, que aguantará un poco más. Además, un amigo mío me dice que pidiera un carro antes de retirarme que, si no, me iba a quedar sin nada. Entonces, yo hablo con Fernandez Mel y él me dice que sí. Pero yo quería una lada y me dieron un Peugeot. Hablé con Ramiro Valdés y me quería dar un Moskvitch.

Después, hablé con el José Ramón Fernández y me habló de un Fiat Polski 126p. Víctor Mesa me llamó un día y me dijo que hay yo era el pelotero preferido del hijo de un dirigente grande. Hice una buena relación con este y me llevó a conocer a su papa, Carlos Rafael Rodríguez. El día del jonrón, me dijo que su papá me quería ver. Carlos me dijo que iba a hablar con Fidel para resolverme el carro. Al rato, llegó su hijo y me dijo que me iban a dar un Lada 2107, que era el auto que yo quería.

Agustín Marquetti
Hansel Leyva Agustín Marquetti

¿Cómo fue afrontar el retiro?

Me hubiese gustado jugar un par de años más para llegar a los 2000 hits. Yo estaba preparado para el retiro, porque la pelota era mi vida, pero hay que estar listo para ese momento. Mira a Braudilio Vinent, que le sobraron años.

¿Qué hiciste después del retiro?

Estuve muchos años ayudando en la academia. Quería dirigir Industriales, pero nunca pasó, no sé por qué. Me pusieron de entrenador de bateo de los Metros y el equipo, ese año, fue el que más bateó en la Serie.

P: ¿Cambia mucho la vida a nivel económico cuando te retiras?

Claro, una vez que dejas de viajar vienen las crisis, porque siempre hay un dinero que te dan, más el regalito que te da fulano. Es distinto.  

¿Y a nivel de reconocimiento?

El reconocimiento también pasa. Si sigues en la pelota, aunque sea de coach, la gente te ve, pero si no, te olvidan. “Agua pasada no mueve molino”. Pero yo me considero que tengo suerte. Llegué a Miami en el 2010 y en el 2011 me hicieron un reconocimiento con más de 30 mil cubanos. Me dije: “Me hicieron un reconocimiento que no me habían hecho”.

Tienes un hijo que emigró, además en una época en que no estaba tan normalizado. ¿Cómo afrontó aquello Agustín Marquetti?

Mi hijo fue pelotero, llegó hasta Triple A. Eso siempre te afecta. Yo cogí depresión, a mi mujer la afectó también. Se me fueron los dos hijos, la hembra y el varón. Mi hija se casó con un italiano. Se me fueron casi juntos y uno los quiere mucho.

¿Te hubiera gustado jugar en Grandes Ligas?

Una vez vino la CNN a entrevistarme, cuando estaba retirado. Me preguntaron si me hubiera gustado ser pelotero de Grandes Ligas y les dije que sí. A veces, aunque no quieras, cuando hablas te coge la política. Soy de una generación de peloteros de los cuales muchos hubieran jugado en Grandes Ligas, pero no nos tocó.

A todo el mundo le gusta lo bueno. El estímulo es una de las mejores cosas que hay. Fuimos peloteros de conciencia revolucionaria. Quien diga otra cosa, está diciendo mentiras. A nosotros no nos interesaba el dinero, pero la vida te cambia, porque la vida es dialéctica. Eso está en el marxismo creo: la dialéctica de la vida. Lo que hoy es verdad, puede ser mentira mañana, porque la vida está en constante movimiento.

José Dariel Abreu, por ejemplo, gana 16 millones por jugar seis meses y nosotros jugábamos 11 meses. Ellos duermen en hoteles de cinco estrellas y tienen muchas cosas que nosotros no tuvimos. Así, jugábamos con amor, como no se juega allí, en Grandes Ligas. Nosotros jugábamos como quiera. Yo soy de esa generación, esta es otra, que no puede pensar igual que la mía. Felicidades, al que le tocó.

¿En tu momento no te pasó por la cabeza quedarte en algún país para jugar en Grandes Ligas?

No se podía hacer eso, porque eras un traidor a la revolución. Si te quedabas en mi tiempo, eso era un deshonor, era impensable. Fui a Canadá, a un evento juvenil y un scout me dijo que tenía referencias sobre mí, que me iban a dar 50 mil dólares por firmar con Cincinnati. Le dije muchas cosas, de todo. En la etapa de nosotros podías venir con el dinero que quisieras, nadie se quedaba. Llevábamos la revolución en la sangre. Ahora, la gente ya no piensa igual.

¿Por qué emigras en 2010?

En 2010, se me fue la nietecita que estaba criando. No la vi montarse en el avión, si no, me da un infarto. Después, yo estaba en México con Víctor Mesa, entrenando a las Águilas de Veracruz. Pero como Yadel Martí, un pícher cubano, fue para el equipo de nosotros, de Cuba mandaron a decir que los revolucionarios no podían estar con gusanos y traidores y un contrato de 7 meses terminó en tres. Cuando llegó a Cuba, mi hija me puso una carta de invitación a mí y a mi esposa. Mis hijos son mi vida, como mis nietos y por eso me quedé. Sin familia, ¿qué es uno? Uno de los grandes problemas que tenemos aquí es ese, que la familia está separada.

¿Te costó adaptarte a la sociedad?

No, me adapté desde el primer día en que llegué. Mi esposa, por ejemplo, quería venir para Cuba. Estoy “nice”. Hablo algunas palabritas de inglés.

¿Has trabajado allá?

Teníamos una academia, mi hijo y yo, pero nos duró unos cuatro meses. Teníamos que pagar unos 1500 dólares por el terreno. Hay muchos que no son peloteros allá, pero tienen academias y tenían su clan. Teníamos unos 200 muchachos y empezaron a irse. Con los que quedaron, ya no daba la cuenta. A mucha gente allá les he dado mi teléfono y algún padre me llama para que le dé una clínica a su hijo y con eso escapo, aunque es uno cada seis meses.   

¿Cómo ves la pelota cubana?

No está muy buena, por lo problemas que hay ahora. Se te van con 13, 14, 15 años. Hay que cambiar la mentalidad. No sé lo que hay que hacer, pero es necesario un cambio. En Grandes Ligas sí estamos bien, tenemos muchos, más los que están por llegar.

¿Es feliz Agustín Marquetti?

Me siento bien, realizado. En mi vida lo que hecho es el bien, ayudar a la gente. También, a mí me han ayudado mucho. Tengo una frase de una psicóloga que digo: “la vida es un boomerang, lo que tú das para allá, vira para acá”. Ayudé al mundo, y el mundo me ayudó a mí. Aquí, en Cuba, me ayudaron incontables personas y ahora, en Estados Unidos, me ayuda también mucha gente.

Por ejemplo, me chocaron el carro, pero la culpa la tuve yo, porque el tipo es americano y yo no sé hablar inglés. Mi hijo vino, pero era tarde ya. A mí no me cubría el seguro. Compré las piezas y un socio me buscó a alguien para que me ayudara. Esa persona, Aramís, me dijo que fuera a verlo. Él había sido pelotero. Entre el chapisteo y pintura del auto, el trabajo costaba 5000 dólares y no me lo cobró. Tengo la suerte de que la gente me quiere.

¿Qué se siente al tener el jonrón más icónico de la pelota cubana?

No vivo de eso, me siento contento. Uno como atleta hace las cosas, pero después es que las valoras, cuando terminas. Me dicen que todavía lo ponen en la televisión: quiere decir que todavía me quieren aquí.

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